Casa Columna Juan Vásquez

Columna Juan Vásquez

Castigo a la diferencia – 12 de marzo de 2012

Ahí está Daniel Zamudio, conectado a un sinnúmero de aparatos que buscan salvarle la vida. La intolerancia pudo más y nuevamente nos enfrentamos a hechos reprochables que se contradicen con la modernidad, con una sociedad globalizada, de puertas abiertas, que requiere, como condición mínima para la convivencia, el respeto por la diversidad.

Este joven de 24 años, dibujante y cocinero aficionado, lucha por sobrevivir. Ser gay lo condenó y un grupo neonazi se encargó de castigarlo. Lo golpearon con alevosía y marcaron su cuerpo con esvásticas trazadas con pedazos de vidrio.

Hace unos meses atrás, en Plaza Brasil, en el casco antigua de Santiago, ayudé a un joven que había sido brutalmente apaleado. Sus atacantes se encargaron de gritar a viva voz que “esto le pasa a los ladrones”. Mentira, le pegaron por ser peruano.

Y casos como estos no son novedad. La prensa está lleno de ellos y se sabe que muchos otros, al no ser tan dramáticos, no concitan la atención de los medios de comunicación. Aquí no hay intereses creados. Seguramente Daniel Zamudio no pertenece a una familia poderosa y está claro que la agresión al joven peruano no va a encender ninguna alarma. En conclusión, podrán aparecer versiones que reivindiquen los derechos de las minorías, que llamen al orden y la tolerancia pero en definitiva, no se tomarán las medidas necesarias para enfrentar un problema complejo que afecta a miles de nacionales y extranjeros. Queda la sensación de que existen ciudadanos de segundo nivel y en consecuencia, mientras ellos sean los afectados, es probable que la reacción de las autoridades no tenga el vigor que requiere una realidad como esta.

Profesar otra religión, ser inmigrante, ser homosexual, estar enfermo, pertenecer a un estrato social bajo, tener deudas, etc., son razones suficientes para ser maltratado. A veces con desprecio, otras con humillaciones y muchas con golpes que hieren la dignidad y que a veces cuestan la vida.

No puede ser que hechos como estos se repitan. No más ignorancia. Es deber del Estado y de los gobiernos de turno preocuparse por educar a los ciudadanos y contribuir a generar un ambiente de bienestar social, inclusivo y plural.

Sólo queda concentramos en enviarle toda la fuerza a Diego y a su familia para que sobreviva. Estamos seguros de que a través de su lucha se crea conciencia y se fortalecen valores que velan por el respeto de la individualidad. Si bien es un aporte que se agradece, sobre todo teniendo en cuenta el contexto de dolor desde donde se genera, es de esperar que se tomen las decisiones necesarias que tiendan a hacer de Chile un país que se preocupa por la integración.

 

La única forma de exigir respeto, es entregar respeto – 13 de febrero de 2012

Soy colombiano, pero no por eso narcotraficante.

Nunca, ni por casualidad, estuve cerca de Pablo Escobar o de algún otro mafioso conocido. No consumo de “la buena”, no tengo vínculos con la guerrilla de las FARC y por ningún motivo estaría dispuesto a convertirme en “cafiche” y “tratar” con las mujeres de mi patria.

Llevo más de diez años viviendo en Chile y es una constante que, luego de conocer a las personas, muchas de ellas redunden en el chiste odioso y formulen las preguntas típicas que, tras una curiosidad natural, esconden prejuicios marcados a fuego como consecuencia de una larga exposición a información parcial, poco objetiva, tendenciosa y muchas veces morbosa en relación al conflicto interno que ha marcado el devenir histórico de Colombia durante los últimos 30 años.

Tuve la oportunidad de acceder a la universidad, de formarme como profesional, de perfeccionar mis conocimientos y, de a poco, abrirme espacio dentro de una sociedad ajena y distinta. Más allá de la anécdota, del chiste de asado y de la talla rápida y espontánea, ser colombiano en Chile obliga a convivir con el estigma. No basta el curriculum, las recomendaciones, la experiencia y la necesidad. Durante una entrevista de trabajo muchas veces el acento es determinante. El esfuerzo de muchos años se disuelve de cara a la ignorancia, a los prejuicios y a un temor injustificado.

Convivimos en una sociedad que –sobre todo en el último tiempo- da muestras de intolerancia flagrantes: algunas personas homologan pobreza con delincuencia; se desconfía de nanas y obreros por el hecho de ser pobres y se les humilla y obliga a vestir uniformes que apuntan a resaltar la diferencia; se trata de “putas” a alumnas de colegios en toma; se sindica como “terroristas” a jóvenes y mapuches que luchan por derechos sociales, sin mediar pruebas. Se llega a conclusiones hilarantes como que los peruanos vienen a robar el trabajo de los chilenos o que los colombianos andan detrás de alguna maldad.

Ya está bueno. Es momento de pasar de la retórica a los hechos. No cuesta nada abrir la mente, conocer y advertir que con cada extranjero que llega a Chile crecen las oportunidades, aumentan las posibilidades de ser una sociedad más generosa, tolerante y conciente de que muchos de los suyos alguna vez fueron obligados a marchar y que en esas experiencias también fueron maltratados y discriminados. Me pregunto, por último, si aquellos que hoy discriminan a otros hermanos latinoamericanos debido a sus naciones de origen o a las clases sociales a las que pertenecen, estarían dispuestos a aceptar éste tipo de trato hacia sus seres queridos en instancias similares. Si exigimos respeto debemos dar ejemplo y entregarlo sin importar nuestra nacionalidad, color de piel, acento o situación socio-económica. No olvidemos que antes de predicar debemos practicar.

 

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