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Elecciones en Perú: el modelo no disgusta

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Hace unos años tuve la suerte de compartir con el gran intelectual peruano Julio Cotler, en el Instituto de Estudios Peruanos de Lima. Cotler, una de las mentes peruanas más brillantes, autor de Clases, Estado y nación en el Perú, un libro imprescindible para cualquiera que pretenda entender al vecino país, me explicó aquella vez que una de las cosas que más necesitaba y anhelaba la sociedad peruana era el establecimiento de una institucionalidad sólida, que le diera legitimidad a los procesos políticos peruanos y permitiera, por medio de este marco de regulaciones elaborado, impulsar el desarrollo real e inclusivo.

Las últimas elecciones, en las que Keiko Fujimori obtuvo la mayoría relativa con el 39,81% de los votos, seguida de Pedro Pablo Kuczynski (PPK) con el 20,99%, quizá vayan en la dirección que Cotler y muchos peruanos pretenden. Con la del pasado domingo ya son 4 elecciones presidenciales consecutivas en ese país, lo que demuestra un grado de madurez importante para una clase política habituada a la interrupción del proceso democrático. Un hecho inédito en la historia del Perú, un país al que el proyecto nacional y el desarrollo institucional, básico para aquello, le ha costado más del doble.

Desde la caída de Alberto Fujimori en 2000 se han sucedido en la presidencia Alejandro Toledo (2001-2006), Alan García (2006-2011) y Ollanta Humana (2011 hasta hoy), además del interinato de Valentín Paniagua luego del fin de la era Fujimori (2000-2001). Todo lo anterior revela una relativa consolidación de la institucionalidad más básica del país, que manifiesta el hartazgo de la sociedad peruana por gobiernos de corte autoritario o autocrático, en el entendido de que el desarrollo económico sin desarrollo de las instituciones y la participación popular no tienen mucho futuro.

Aun así, es necesario hacer algunos alcances con los resultados del domingo en la mano. Keiko, la candidata más votada, es hija del último autócrata peruano (aunque en rigor el régimen de Alberto Fujimori fue un híbrido difícil de encasillar). El fujimorismo, pese a lo que muchos de sus detractores sostienen, no contiene muchos elementos ideológicos. Más bien su andar corresponde al de una derecha pragmática, que habla por medio de los hechos y que no busca un relato, sino la construcción de un aparato de orden y poder funcional a ciertos intereses y visiones del momento. Fujimori padre, pues, terminó gobernando con el apoyo de lo que Andrés Allamand alguna vez definió como poderes fácticos: el empresariado, las fuerzas armadas, el sector conservador de la Iglesia Católica y algunos medios de comunicación.

¿Por qué el fujimorismo tiene tanto apoyo (como también oposición)? Quizá la respuesta tiene que ver con dos elementos: primero, que fue Alberto Fujimori el que instauró el modelo (neo) liberal en el Perú, una copia casi calcada del modelo chileno (leyes antimonopolios extremadamente permisivas, cuando no inexistentes; sistema previsional de AFPs, universidades-empresas, etc.) que ha sido la base del crecimiento económico tan destacado de los últimos años. Todo lo anterior acompañado de ciertas medidas de apoyo económico focalizado en sectores populares, énfasis en la seguridad ciudadana y, por supuesto, la lucha antiterrorista. El segundo elemento está directamente relacionado con el anterior: el fujimorismo es uno de los pocos sectores políticos (no hablemos de partidos) que, a ojos vista de muchos peruanos, puede dar gobernabilidad al país. Es decir, puede administrarlo sin que el buque naufrague. No por nada la bancada fujimorista en el congreso ha sido siempre fuerte, llegando en esta oportunidad a bordear la mayoría absoluta.

¿Por qué Kuczynski salió segundo? Primero por el veto del Jurado Nacional de Elecciones a dos candidatos que habían pateado el tablero y generado un mapa pre elecciones completamente distinto a lo que se vivió el domingo. Especialmente en el caso de Julio Guzmán, un hombre de ideas similares a las de PPK, pero ciertamente con mucho más carisma y llegada con un electorado particularmente emocional para los niveles latinoamericanos (lo que ya es mucho decir). Kuczynski, un hombre del sistema (economista, ex ministro, de clase alta) representa una derecha o centro derecha más funcional a la institucionalidad democrática, estrechamente ligada al modelo económico vigente. Tal vez podríamos decir, citando a Gilberto Aranda en su columna del pasado jueves 14 de abril en La Tercera, que Fujimori representa una derecha mesiánica y Kuczynski una derecha tecnocrática, pero sin desmarcarse el uno de la otra en este escenario.

Precisamente por aquí va la clave del asunto, ya que pese a la gran (y positiva) sorpresa de Verónika Mendoza, el peruano no mira con malos ojos el sistema. Un sistema instaurado por Fujimori padre, protegido por Toledo, profundizado por García y reajustado por Humala, un declarado antisistema que terminó abrazando a su antigua némesis. El peruano advierte los cambios positivos que el crecimiento económico le ha dado a su país, la fama de su gastronomía, el acelerado incremento del turismo y la mejoría en la creación del empleo vista en los últimos años. Y si Guzmán hubiera estado en la papeleta obteniendo la segunda mayoría, como era previsible que ocurriera, también sería un guiño al modelo, no lo contrario. Las voces disonantes con el actual estilo de desarrollo bordean solo el 26% (si nos permitimos agregar a Alfredo Barnechea), pero no llevan la voz cantante en el país. Entre Keiko y PPK el 60% del Perú da su bendición al modelo.

Probablemente esto se deba a la escasa visibilización de ciertos conflictos del interior del país (Bagua, regiones mineras, etc.), cuya exposición a Lima debiera ser más importante a la hora de discutir el tipo de desarrollo que quiere el Perú. Pero ciertamente la izquierda peruana tiene mucha responsabilidad en que los efectos negativos del sistema no tengan mucho debate y termine primando un discurso conservador en los foros políticos: crecimiento económico, seguridad ciudadana, etc. Históricamente atomizada, permanentemente cercada por la vía armada y nunca reunida en torno a un proyecto común, la izquierda peruana (que supo dar a América Latina nombres como José Carlos Mariátegui o Víctor Raúl Haya de la Torre) ha estado al margen de la discusión política. La sorpresiva irrupción de Mendoza puede ser el principio del fin de esa situación periférica, si es que esta vez la izquierda peruana analiza, explora y, sobre todo, explica los bemoles del sistema. Si vuelve a las guerrillas internas sin trascendencia esto no será más que un accidente.

Por mientras esperemos qué nos dice la segunda vuelta de junio, e independiente de quién se quede con el sillón de Pizarro, el Perú, tal como espera Julio Cotler, siga consolidando sus instituciones, pero esta vez con mayor y efectiva participación popular. Ahí veremos qué dice la izquierda.

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Columnas

Licenciado en Historia y Magíster en Estudios Internacionales de las Universidad de Chile. Periodista de la Universidad Alberto Hurtado. Académico de la Universidad Alberto Hurtado.

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