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Cartas a Bachelet: “No tengo nada contra los inmigrantes, pero…”

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A medida que Chile va diversificando su tonalidad de pieles producto de la inmigración, los buzones de La Moneda se colman de cartas de chilenos inquietos por el arribo de extranjeros a nuestro país. Las misivas, dirigidas a la Presidenta Michelle Bachelet, apuntan a los desafíos que tienen los países cuando abren sus puertas a los migrantes, poniendo a prueba la solidaridad y la tolerancia nacional ante los forasteros que ven en Chile una plaza de refugio y posibles oportunidades.

Fuentes de Palacio señalan que buena parte de los textos tienen un comienzo tan manido como hipócrita: “yo no tengo nada contra los extranjeros, pero…” Y es en los “peros” donde radican los fantasmas, los prejuicios ante lo diferente y ese atávico miedo de defender lo poco que se tiene, algo que se parece bastante al más pueril de los egoísmos.

Así, en las cartas se refleja el gatillante de la historia universal de la xenofobia: la presunta sustracción de los escasos bienes y servicios. Las fuentes relatan que el principal miedo de los chilenos, es que los extranjeros vienen a “quitar” los puestos de trabajo. En orden decreciente, las preocupaciones siguen con el uso de nuestro sofisticado sistema de salud pública y los generosos subsidios habitacionales. En este sentido, en los mensajes asoma una acusación generalizada: “vienen a aprovecharse”.

Incluso, algunas mujeres han reconocido en sus cartas ciertas preocupaciones de la vida íntima. Esto, pues supuestamente las mujeres inmigrantes vienen, cual hordas de Hunos, a robarles a sus hombres y, desde luego, a propagar exóticas enfermedades venéreas. Junto a ello, el presunto aumento de la delincuencia estaría explicado por la inmigración, dicen en las cartas. “Ya no se puede andar en las calles”, advierten en las cartas a la Presidenta.

El mapa geográfico de la “invasión” de extranjeros –sí, leyó bien, a veces se usa el término “invasión”- trazado en las misivas a La Moneda, se identifica también un orden decreciente: colombianos, peruanos, bolivianos y, en menor medida, haitianos. Pese al sombrío panorama, el chileno hace un esfuerzo y en sus escrituras reconoce uno de los aportes exógenos a nuestra patria: la gastronomía. Y eso.

Es así que los funcionarios de correspondencia de la sede de gobierno, leen, recopilan y sistematizan los mensajes a la Mandataria. También redirigen algunas de las cartas a ministerios y servicios estatales, cuando las inquietudes tienen un marcado perfil sectorial. Así, por ejemplo, desde La Moneda se contactan con las autoridades regionales de la II región para luego desmentir que la delincuencia en Antofagasta sea monopolizada por colombianos, pueblo que –destacan en el Ejecutivo- tiene una ínfima presencia en el presidio de la ciudad.

Cuando me contaron sobre las cartas en La Moneda, recordé una historia que me compartió una compañera de trabajo, quien de casualidad escuchó a una señora relatar el robo de su auto por parte de un grupo de delincuentes. El hecho, además, lo complementó con un frustrado intento de “portonazo” en su domicilio. Si bien los malhechores eran chilenos, la conclusión de la mujer fue casi un acto reflejo: “la delincuencia ha subido por los inmigrantes, es que hay tantos colombianos…”.

Es lamentable que ante los vaivenes de la economía de mercado, la xenofobia salga de su armario y se enseñoree en las conversaciones cotidianas, en las preocupaciones expresadas ante las autoridades. En La Moneda me decían que las cartas de preocupación por los extranjeros, muchas de ellas proveniente desde las regiones del norte grande –I y II regiones- tuvieron un aumento desde el último trimestre del año pasado, algo que coincide con el declive del ciclo minero cuprífero de la zona, el consiguiente cierre de algunas faenas y, a la postre, el despido masivo de trabajadores.

Hasta hace un tiempo, un ejemplo de convivencia intercultural era la Unión Europea. El llamado “Viejo Continente”, que de tan viejo y sabio venía de vuelta en su experiencia de asuntos sociopolíticos y que, por lo mismo, pudo hacer una economía y un espacio político entre una comunidad de naciones. Una modelo en entredicho luego que Inglaterra se saliera del pacto en los días del Brexit. Entonces, en una de las democracias más viejas de Occidente, asomaron nuevamente las muestras de xenofobia y racismo. De pronto, nos enteramos que en la isla británica los asiáticos y los polacos eran una lacra social.

Y claro, el Brexit ganó precisamente en un referéndum donde las masas emprobrecidas de ingleses tuvieron un rol fundamental.

Es paradójico. Cuando a los países les va bien, entonces se desata el engreimiento, ese hábito despectivo de relacionarse con los vecinos. Y cuando a las naciones les va mal, las primeras víctimas son los inmigrantes, esos pueblos trashumantes que se abren paso en el mundo buscando un refugio donde cobijarse de los males de la Historia. Siempre al hombro con sus dolores y sueños. Y no olvidemos que por cada inmigrante hay una familia, hay hijos que comienzan a conocer las complejidades culturales de nuestro país.

Pensemos en los niños, los niños colombianos, peruanos, bolivianos, haitianos: ¿Cómo les explicamos a ellos las veleidades de nosotros, los adultos de Chile? Y en Inglaterra, ¿quién responde por los enanos asiáticos y polacos?

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Columnas

Periodista de la Universidad de Chile. Escribe de Política. Afrodescendiente.

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