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HAITIANOS

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Ya vienen castigados. Vienen de aquella isla ya castigada por la Historia, probablemente la única isla del Caribe que no está asociada a la alegría. Vienen del país que no funcionó, el “Estado Fallido” como lo conceptualizan los entendidos. Vienen del país donde los índices sociales son una mala broma para los foros internacionales, donde el VIH -por ejemplo- es tan pandemia como en cualquier pueblo perdido de África, donde sus mujeres han sido abusadas por los soldados de la ONU, precisamente los encargados de la “ayuda humanitaria” . Estos son los haitianos. Ya vienen castigados.

Y llegan a acá, a proporción de 200 por día, a este cajón de tierra cercado por montañas, desierto y mares. Llegan al fin del mundo, a la tierra que por suerte no se cae del continente. Y lo hacen con un bajo perfil que desconcierta; con sus ropas sencillas, sus zapatos de alguna liquidación, careciendo de todo tipo adornos y joyas tan propio de la estética centroamericana. Uno los ve con la mirada huidiza, como queriendo encontrar una certeza que huye a la vuelta de la esquina. Los haitianos vienen tan castigados, que es poco frecuente que uno los vea reír cuando andan en grupo.

¿Y de qué podrían reír?  Más que una opción, la inmigración económica siempre es una huida, pero el camino en el próspero, ordenado y solidario Chile, tiene harto de exclusión. El pago de 1.000 dólares de ingreso (¿Hay una explicación racional para cobrarle esa plata a un haitiano? Digo racional, ni siquiera ética), el hacinamiento en espacios miserables, el desconocimiento de su formación académica -los que tienen títulos universitarios los hacen retroceder a cursar la educación media-, las enfermedades respiratorias producto de la crudeza del frío austral, además de hacer frente a los pasajes endémicos del inmigrante que toca la puerta para subsistir; empleo precario, jornadas abusivas, remuneraciones que, más bien, suelen ser propinas. Sí, los haitianos siguen castigados en el país al que apostaron a su salvación.

Y aislados. ¿Alguien tiene alguna noción del créole? Hay un abismo de incomprensión que, además, separa al haitiano del resto. Ese idioma que mezcló el francés colonizador con los remanentes de lengua negra, sólo complica la autodefensa contra el abuso y la humana necesidad de pedir ayuda. A diferencia de la soltura del colombiano, el desparpajo del cubano, la musicalidad del dominicano o el carisma del brasilero, a ojos del chileno -el mismo que se ha criado más de dos siglos enclaustrados ante lo diferente- los haitianos se transforman en aquellos negros que hablan un “dialecto” raro. ¿Quién responde por esta soledad, por ese ostracismo de lenguaje? Adivinen: el pobre profesor de escuela municipal, que acoge a los niños pobres de aquí y de allá, que hace lo imposible por acercar a esos morochos con chilenos y colombianos, y peruanos…el pobre profesor municipal, otro castigado en Chile. Pero esa es otra historia…

Mientras, se van a acumulando las más de 1000 solicitudes de permanencia definitiva en Extranjería, se van haciendo un lugar en Quilicura, San Bernardo, Estación Central o las edificaciones medio abandonados del Centro. Los más sencillos de la negritud inmigrante, los castigados de origen…los haitianos.

*Basado en datos del Boletín Informativo N 1 del Departamento de Extranjería y Migración.

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Columnas

Periodista de la Universidad de Chile. Escribe de Política. Afrodescendiente.

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