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Fidel Castro: homo latinoamericanus

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La muerte de Fidel Alejandro Castro Ruz fue al mismo tiempo sorpresiva y esperada. Sorpresiva por la hora en que se produjo y en tiempos en que la voz del carismático guerrillero cubano no se oía muy seguido. Esperada porque a sus 90 años, y con su maltrecha salud, era un evento que más temprano que tarde sacudiría a la opinión pública mundial.

¿Cuál será el legado e imagen que Castro legará al mundo? Sin ninguna duda es muy temprano para cualquier veredicto, la historia es una nebulosa que solo aclara con el tiempo. Sin embargo, creo que podemos ir adelantando algunas conclusiones.

Decir que Fidel Castro fue un dictador no me parece que esté en discusión. Pero a diferencia de la larga lista de dictadores y tiranos que han infestado el continente, Castro, al menos, lo hizo por otras vías y por otros designios. A diferencia de la mayoría de sus “colegas”, Castro hizo una notable diferencia: enfrentarse a los más grandes poderes de este rincón del planeta, no defenderlos para congraciarse con ellos. No debemos olvidar que se trata de un tipo que consagró los mejores años de su vida, dejando de lado una prometedora carrera de abogado, en intentar algo por su país, luchar por lo que él creyó ser un mejor porvenir para los cubanos, por entregarle a esa noble isla un escape a la omnipresencia estadounidense y a un capitalismo extractivista, rentista y opresor. Fue capaz de hacerlo y, la verdad sea dicha, ganar la partida de manera notable, derrotando a la corrompida y entreguista élite local, a Washington y la CIA.

Pero en esta parte del relato hay que poner un punto en claro y que suele pasarse por alto: Castro no fue tanto fruto del marxismo internacional como de las condiciones económicas, sociales y culturales de América Latina, que se hunden en lo más profundo de nuestro pasado colonial. No debemos olvidar que, al triunfo de la Revolución Cubana, en 1959, ésta aún no tenía un cariz comunista, eso solo comenzó en 1961 y en gran medida debido a las lógicas de la guerra fría imperante. El impulso de los revolucionarios comandados por Castro no era la construcción del socialismo, sino sacudirse de la gran plaga histórica del continente, las dictaduras y el caudillismo represor, rapaz y sumiso con las grandes potencias. En términos sencillos, una revolución de carácter nacional y popular. Si Fidel se transformó en un símbolo continental no fue tanto por un comunismo que abrazó tarde y después del triunfo, leyendo con sagacidad las dinámicas políticas internacionales de su tiempo, sino porque demostró a todos los derrotados del continente que la derrota no es eterna, que se puede derribar a los poderosos y que América Latina quizá tiene más alternativas y oportunidades que un mero extractivismo seudocapitalista en manos de unos cuantos sinvergüenzas. No sería mala idea tener esto presente en los momentos en que vivimos.

Fidel Castro, por lo tanto, es el resultado de la propia historia de América Latina y debe ser analizado como un producto de su tiempo y espacio, un líder latinoamericano que se rebeló contra la larga lista de tiranuelos locales, adictos al servilismo, protectores de una economía extractivista-rentista de materias primas (muchas veces simples monocultivos, como en Cuba) y con tendencia a la cleptocracia. Sobre esa base se asentó el oportunismo de un hombre consciente de sus debilidades, de la fragilidad de la revolución y con el suficiente pragmatismo para acercarse a una superpotencia alternativa y su ideología, que automáticamente le entregaban una fortaleza y capacidad de maniobra que, en solitario, probablemente habría significado su fracaso. Por eso es un error mirar a Castro exclusivamente como uno de los líderes del comunismo internacional, sino que es necesario rescatar lo más profundo de su carrera política, su lado, por decirlo de alguna manera, más genuinamente latinoamericano. Y creo que la gente común y corriente, más que los políticos de carrera o analistas internacionales, se dan más cuenta de ello. Castro, además, fue el líder de la Revolución Cubana, sin ninguna duda el episodio más importante y trascendente de la historia del siglo XX en nuestro continente, un momento capaz de condicionar prácticamente toda la política continental durante décadas. Y su impacto simbólico perdura hasta hoy. Por eso su importancia y trascendencia histórica, a pesar de todos sus excesos y arbitrariedades, que sin ninguna duda las hubo, aunque lejos de la represión a destajo de otros regímenes autoritarios del barrio.

Entonces, ¿cuál es la conclusión? Tal vez sea temprano clarificar todo lo que Fidel y la Revolución Cubana nos dejará. Muchos, obviamente, se quedarán con el dictador, el tirano, el hombre que de las más grandes esperanzas revolucionarias solo añadió una dictadura más a la larga lista. Pero me temo que la cosa no es así de fácil. Probablemente al final pasará a la historia (que no lo absolverá de ninguna manera en todo caso) como el revolucionario latinoamericano más importante del siglo XX, y quizá de toda la historia de América Latina. Puede ser lo uno o lo otro. O ambas cosas. ¿Quién sabe? Dejemos la puerta abierta…

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Columnas

Licenciado en Historia y Magíster en Estudios Internacionales de las Universidad de Chile. Periodista de la Universidad Alberto Hurtado. Académico de la Universidad Alberto Hurtado.

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