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Cultura educativa de los derechos humanos

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Con la llegada de un gran número de alumnos de procedencia extranjera desde mediados de los 90′, no debería parecer extraña la necesidad de una educación en derechos humanos. En Chile, estos se han situado desde el punto de vista político, pero muy pocas veces se ha incluido como un hábito cotidiano. Y es justamente este el principal desafío a considerar, sobre todo con el aumento progresivo de las matrículas en escuelas y liceos en los últimos años.

Según datos del MINEDUC, en 2010 habían 12.845 extranjeros en el sistema escolar, mientras que el 2015  la cifra se extendió hacia unos 17.880 niños que asistieron a clases. Evidentemente que el acceso de hijos de inmigrantes o extranjeros transeúntes va de la mano del tiempo de residencia de sus padres, por lo que esa cifra podría aumentar si tenemos en cuenta ese factor. Ahora bien, no se trata de ellos sino de cómo el contexto escolar genera herramientas para su inclusión.

Uno de las grandes tareas está en preparar y educar a los alumnos en el recibimiento y, sobre todo, respeto a los demás desde los derechos humanos. No planteamos aquí un deber moral-valórico, sino algo tan simple como la tolerancia y el acompañamiento de los pares en el proceso de integración a una nueva cultura y sistema educativo.

Desde el aula, es una tarea fundamental del docente retratar la relevancia de la educación en derechos humanos, de modo de contribuir a la Cultura de la Paz y lo es, porque la escuela es un pequeño reflejo de la sociedad en que vivimos y un laboratorio para que la comunidad practique aquellas bases de una sociedad democrática como lo son la tolerancia, la cooperación y el respeto (Barranco, 2011). Es por ello que se debe promover una escuela autónoma, flexible, democrática, conectada con su entorno cercano y el mundo global; una escuela que incluya a todos los niños y niñas de la comunidad, que valore la diversidad y que propicie el aprendizaje y la participación de alumnos, docentes y familias.

Un programa educativo que tenga en mente estas ideas, puede abarcar su proyecto desde el combate a la discriminación, fomentar una mentalidad integradora y enfocar lo positivo de cada etnia y cómo eso contribuye a una sociedad más democrática, en la práctica. Desde esa perspectiva, el Congreso Internacional sobre la Enseñanza de los Derechos Humanos congregado por la UNESCO en Viena, en 1978, señalaba que la enseñanza de los derechos humanos debería tener por objetivos motivar las actitudes de solidaridad, entregar los conocimientos sobre derechos humanos en sus dimensiones tanto nacional como internacional, y sobre las instituciones establecidas para su puesta en marcha, desarrollar en cada individuo la conciencia acerca de los medios por los cuales los derechos humanos pueden ser concretados en la realidad social. La educación en derechos humanos contribuye a mantener la exigencia de una sociedad libre y segura y le proporciona a la población instrumentos para ejercer la solidaridad. Contribuye a la disminución real de la violencia. Por eso no debiera hablarse de una enseñanza de los derechos humanos o sobre los derechos humanos, sino de una enseñanza desde la vivencia y para el ejercicio de los derechos humanos. Es pues la tolerancia, el principal elemento del cual carecen nuestras escuelas. La tolerancia radica aquí en la necesidad de aceptarnos como personas diferentes, pero, a la vez, como habitantes de la misma sociedad y, en definitiva, merecedores de una educación digna (Aracelli, 2002).

Como afirmábamos líneas arriba, la educación en derechos humanos desempeña un papel de carácter preventivo de la discriminación, así como educacional en sí mismo, convirtiéndose en elemento más que necesario para la protección de las violaciones en derechos humanos (Beltrán, 2004). La sociedad ha llegado a la conclusión de que la educación debe participar activamente para crear nuevos métodos de pensamiento y en construir una nueva moral, los cuales propicien una serie de comportamientos que conlleven al respeto incondicional del ser humano. Desde el momento en que una persona tome conciencia de que es sujeto de derechos y conozca el contenido de esos derechos que le son inherentes, tendrá en sus manos la posibilidad de hacer frente, así como de reaccionar, a las violaciones o intromisiones que sufra en su persona, haciendo valer sus derechos, y contribuyendo a que cada día a la cultura de los derechos humanos. Pero para llegar a la afirmación de estos derechos en las conciencias de los individuos y de los pueblos, el proceso pasa, de manera inevitable, por la educación (Beltrán, 2004)

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Columnas · Educación
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profesora de Historia, Geografía y Ciencias Sociales, Licenciada en Historia con mención en Ciencias Politicas, y Magister en Ciencia Política mención Instituciones y procesos políticos. Área de investigación enfocada en Historia Social, Historia Política, Políticas Publicas, Sociedad Civil, Transparencia, Derechos Humanos, Ética Social. Estuve como investigadora en Fundación Multitudes hasta el 2015, colaboré con el proyecto Educadores Libertarios gestando la primera Jornada Nacional de Educación Libertaria en 2011, junto a un equipo asesoré al Ministerio de Bienes Nacionales respecto a temas como transparencia y participación ciudadana, columnista e investigadora social. Actualmente trabajo en Bradford School y mi meta es contribuir como ciudadana a una democracia más inclusiva desde este metro cuadrado.

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