4 años atrás
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Paz para Colombia

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La paz, esa bajo la que han soñado vivir desde hace más de 50 años generaciones de colombianos, resulta cada vez menos quimérica. El Gobierno y la guerrilla de las FARC dieron, el pasado 23 de septiembre, un paso crucial en la consolidación de las negociaciones que se iniciaron hace casi tres años para poner fin a un conflicto que ha provocado más de 220.000 muertes. El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, y el líder de las FARC, Rodrigo Londoño, alias Timochenko, anunciaron, en presencia del mandatario anfitrión, Raúl Castro, un acuerdo sobre la justicia transicional y se dieron seis meses para firmar el acuerdo de paz definitivo.

Hace un par de programas, antes de sentarnos frente a los micrófonos, Wilson comentó con esperanza la noticia. Atendiendo su buena fe, me declaré escéptico ante el tema, no porque dude de la intención de las partes negociadoras, sino porque creo que en los últimos 50 años la violencia se ha enraizado en la sociedad colombiana y no proviene sólo de estos dos bandos.

Es fácil opinar desde Chile, habiendo vivido el conflicto por los diarios, la televisión, libros, internet y un cuanto hay. A eso sumemos que crecí en una ciudad tranquila y en un país cuya dictadura y democracia aplastaron cualquier intento revolucionario que se realizara por las armas.

Con esa tranquilidad y distancia he admirado el inicio la guerrilla, los campesinos del departamento de Tolima que se levantaron en armas a fin de conseguir el derecho a vivir tranquilos, fuera del yugo burgués que usufructuaba de su tierra, su trabajo, sus familias y demás. Entendido los giros que han debido dar las FARC con el transcurso de los años. Primero, con el país sumido en el narcoterrorismo, después la caída de las dictaduras socialistas en Europa, el fin de la Unión Soviética y los recursos que ella enviaba, el aislamiento de Cuba. Comprendo la necesidad de financiarse de alguna forma, debiendo participar del narcotráfico, secuestrar personas, robar a los campesinos que defienden y una larga lista de etc.

Que lo entienda, no significa que lo comparta o lo valide. Simplemente, desde la distancia, se que debieron buscar alguna forma de financiarse y mantener la guerra. Aunque duela, se transaron los principios, se olvidaron de los campesinos, hicieron la vista gorda por los de su clase y simplemente se financiaron para mantener el conflicto. Pero los combatientes de principios intransables de los 60, están buscando una salida política que evite que terminen como delincuentes.

¿Qué pasará con aquellos combatientes que llevan 40 años luchando? Los que no conocen otra cosa si no la guerra. ¿Cómo se insertan en la sociedad, como se acercan a la paz?

He comentado mis reflexiones, patudas y pelotudas, con varios amigos colombianos, de Bogotá, Cali y Medellín. Desde distintas miradas y posiciones políticas me permitieron conocer y debatir.

Quizás la conversación que más me marcó fue la que tuve con una buena amiga, del municipio de San Antonio, departamento de Tolima, quien me contó la historia de ella y su familia con las FARC.

Fue enfática en decirme su distancia y aborrecimiento contra las FARC. Sus padres son campesinos y trataron de criar a sus hijos en la tierra en que crecieron. Cada tanto, bajaban los guerrilleros del monte y se tomaban el pueblo. Los campesinos tenían la obligación de alojarlos, alimentarlos y darles parte de su ganado. En muchos otros casos, la guerrilla llegaba a exigir a  alguno de los niños, para unirlos a sus filas. A mi amiga, cuando era adolescente, se la quisieron llevar, para que sirviera a los guerrilleros, como cocinera y asistente en el mejor de los casos. El coraje de su madre evitó que acabara en el monte. El botín de la guerrilla antes de volver fueron sólo animales, en esa oportunidad.

Tras escuchar la historia  vuelvo a pensar en la paz. ¿Qué paz se les puede ofrecer a los familiares de los secuestrados? ¿Qué paz obtendrán los campesinos que han visto partir y morir a sus hijos e hijas? ¿Cómo acabarán los guerrilleros una vez desmilitarizados? ¿Cómo se reconcilia una sociedad marcada por la guerra? ¿Justicia en la medida de lo posible?

Sólo espero que la fe de Wilson acompañe el proceso de paz.

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Editor Revista Sur. Periodista y Magíster en Estudios Internacionales de la Universidad de Chile.

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