Sonámbulo: un cuento de terror

Por: Wilson Charry

Ilustración: Gaviota Cercos

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Una casona de principios de siglo era famosa en el barrio no solo por su tamaño gigantesco y extravagante belleza, sino también por haber presenciado el trágico accidente, décadas atrás, de un niño de tan solo cinco años.

Una joven criada, cuando extendía la ropa húmeda sobre los alambres que atravesaban de lado a lado uno de los patios centrales, escuchó el golpe fatal a un metro de su distancia. Salpicó de rojo su pulcro uniforme. El porrazo terminó por quitarle la vida ipso facto al pequeño heredero del palacete, porque había resbalado desde uno de los balcones internos mientras jugaba en su caballo imaginario hecho con un palo de escoba.

Se dice que tal fue el evidente estado de defunción del menor en aquel momento, que la mujer ni siquiera se atrevió a acercársele para socorrerlo, sino que se limitó a lanzar un agudo alarido que traspasó los gruesos muros de la casa, hasta que los padres del niño y los demás sirvientes llegaron aterrorizados a la macabra escena.

Los progenitores no permitieron que su hijo fuera sacado de la casona: ahí mismo le hicieron el levantamiento, el embalsamiento y el posterior velatorio que duró tres días. Vecinos y sirvientes lo lloraron como si fueran parientes cercanos y el hecho fue tema de conversación en las mesas por varios días en el barrio.

Con una lápida de mármol, donde el rostro del niño se talló en alto relieve, fue enterrado en el cementerio central junto a sus antepasados. Los padres del menor, dueños de la propiedad con veinte habitaciones, tres patios internos, dos patios externos, dos cocinas y un jardín donde habían sembrados tres naranjos y dos limoneros, no pudieron soportar la pena que llevaron a cuestas durante meses y se marcharon tras vender la casona a precio de huevo.

El nuevo propietario, un adinerado inmigrante italiano, la convirtió, desde entonces, en un gigante inquilinato donde se arrendaban habitaciones a gente pobre, a precio de gente rica. Como los aposentos originales eran de gran tamaño, el avaro sujeto dividió cada uno en tres y hasta en cuatro para obtener más ganancias.

En uno de esos cuartos vivía Verónica con su hijo Hermes, quien estaba próximo a cumplir 13 años, y Marcos, el menor de la dinastía Ante, de tan solo cinco. Ya no quedaba ni rastros de los bellos acabados de lo que fuera alguna vez un palacio. Las termitas hacían un festín al comer de las maderas quebrantadas de sus pisos; toda clase de figuras de humedad y moho adornaban las paredes; oscuridades se divisaban a través de los cielos falsos a tres metros de altura; y los ratones, que se sentían con igual o más derecho que sus habitantes, se paseaban sin temor por todos los rincones de la casa. Esas eran las características que se imponían en el hogar de varias familias y de la desamparada mujer con sus dos hijos.

A Marcos se le reflejaban algunos moretones en su rostro y en partes del cuerpo, pero no eran producto de castigos proferidos por su madre ni de peleas con su hermano mayor, sino porque el infante tenía la mala costumbre de caminar dormido mientras gozaba del sueño. Era sonámbulo. Durante mucho tiempo lo llevaron a santeras y brujas de magia blanca para que le quitara el maleficio, pero ningún ungüento, baños de ruda, dientes de ajos en los pies o rezos ancestrales sirvieron para quitar el mal. Verónica y su hijo Hermes ya estaban acostumbrados —o tal vez resignados— del sonambulismo del pequeño Marcos y solo se limitaban a colocar almohadas en sitios estratégicos de la habitación para evitar nuevas equimosis.

Una noche cualquiera, después de una jornada rutinaria y de cenar chocolate con pan, como decía la tradición, la mujer y sus dos hijos se acostaron cerca de las once. El cuarto no quedó completamente a oscuras, porque las luces de los autos en la calle penetraban a través de las cortinas y hacían que se formaran figuras en las paredes con movimiento propio.

Dormían plácidamente: Verónica en una cama con Marcos y en otra cama, a tres metros de distancia, lo hacía Hermes. Al cabo de unas horas, los autos dejaron de pasar y la habitación quedó a merced de la tenue luz de la luna. Los gatos ya no gemían como bebés y cesaron sus correrías de romance sobre los tejados rotos. Todo quedó en silencio. Era un sigilo extraño como el que casi nunca se sentía porque, en aquella noche sin igual, ni siquiera los ratones se escuchaban intentar levantar las piedras de río que Verónica dejaba sobre las ollas de aluminio con la comida sobrante del día.

Solo se escuchaba el tic toc del reloj que envolvía el ambiente. Aparte del mutismo invasivo, fue también extraña una ola de frío, la que hizo despertar a Hermes. Se dio cuenta que tenía la piel de gallina. Miró el reloj de campana sobre el televisor de perillas y se dio cuenta de que eran las tres en punto de la madrugada. Decidió salir de la habitación para evacuar su vejiga. Se vio obligado a salir de la precaria habitación y atravesar un largo corredor para llegar al baño común. Sintió más frío. Bordeó justo el patio interior de balcones coloniales donde murió el niño décadas atrás, y cuya alma aún rondaba por todos los rincones. Al menos eso rumoreaban las malas lenguas del barrio.

Se decía que el muerto podría aparecer de dos formas: como un niño normal, inocente, sonriente y dulce, o veces se presentaba como un alma en pena y terrorífica que quería provocar daño a sus víctimas. Aunque también se comentaba que, cuando quería hacer cosas malignas, en realidad no era el alma del niño, sino que era un impostor demonio quien se había escapado de los infiernos. Nadie lo sabía a ciencia cierta.

De cualquier forma, era un hecho que alimentaba la imaginación morbosa de los vecinos, quienes tejían historias. Como la de una anciana solitaria quien, cuatro años antes, vivía en una de las habitaciones de la casona. Habría fallecido de una manera horrorosa debido a que se encontró con el alma en pena del niño muerto… ¿o quizá fue el demonio? Dicen que, una noche, mientras fumaba uno de sus tabacos en unos de los patios de la casa, junto a uno de los limoneros, se le presentó un niño.

Ella le entabló conversación porque pensó que él vivía en la casa, como muchos otros niños. Fue entonces que, en un abrir y cerrar de ojos, se transformó en un ser de pupilas negras, con piel agrietada y pálida. Se escuchó un inquietante chillido que caló por cada rincón de la casa sin que nadie supiera si fue emitido por la mujer o por el propio espanto. Más tarde la encontraron en medio de un fétido olor. Estaba casi disecada y con la piel traslúcida, como si alguien le hubiese robado el alma de un solo tajo. Tenía los ojos tan abiertos como su boca, en donde bailaban moscas a su alrededor.

A pesar de las historias, de los comentarios y de algunos testigos que aseguraban haber visto al alma en pena del niño, la incredulidad de Hermes por todo lo relacionado con fantasmas y demonios hizo que fuera indiferente ante la situación. Contrario a su madre Verónica, Hermes no creía en espantos, cábalas ni en supercherías. Había aprendido una frase al pie de la letra de su abuelo que decía: “No hay que temerles a los muertos, sino a los vivos”.

Hizo sus quehaceres orgánicos. Regresó campante y sin más preocupaciones que su sueño por el mismo corredor tenebroso para cualquier persona, menos para él. El extraño frío continuaba. Abrió la vieja y alta puerta de dos alas para entrar de nuevo a la habitación. Se tendió en el catre, después de levantar el toldillo remendado que lo protegía de unos zancudos que, de manera misteriosa, en aquella noche no habían hecho presencia. Se arropó. Minutos más tarde, cuando el sopor empezaba a hacer efecto, logró ver una silueta al lado de su cama. Era justo del tamaño de Marcos, por lo cual imaginó que su hermano menor estaría sonámbulo de nuevo. Con voz de entresueño llamó a su madre Verónica:

—Mamá, Marcos está sonámbulo otra vez.

La madre, a pesar de estar cerca, en la otra cama que compartía con su hijo menor, no le respondía. La llamó por segunda vez y fue en vano. La silueta seguía inmóvil, como observándolo de manera fija. Llamó por tercera vez a su madre, pero esta vez con mayor acento. Su madre Verónica seguía sin responder. De repente, la silueta se acercó un poco más hacia Hermes, como queriéndole hablar. No lo hizo, pero sí le tocó su mano. En efecto, era la mano de su hermano menor: pequeña y suave. Sin embargo, Hermes también notó algo particular en la piel de su hermano: estaba fría… muy fría. Tenía la mano como la de un muerto. Se convenció a sí mismo de que la piel fría era producto de la baja temperatura en el ambiente y de que Marcos estaba de nuevo caminando dormido. Llamó a su madre por cuarta ocasión para que se hiciera cargo, pero esta vez con un tono mucho más enérgico, porque la situación lo estaba haciendo alterar.

—¡¡¡Mamá, Marcos está otra vez sonámbulo, está acá al lado de mi cama!!! — Y agregó: —¡Marcos, despierta, vete a tu cama ahora!

El interruptor de la luz estaba lejos, justo al lado de la puerta, y Hermes no quiso pararse de nuevo. La silueta de Marcos no reaccionaba. Seguía mansa. Hermes no lograba detallar su rostro, pero él sabía que su hermano Marcos lo seguía observando de manera estable. Hasta que, de repente, la madre logró despertar de su sueño. Dijo:

—¿Qué pasa, Hermes? ¿Por qué me llamas, qué sucede?

—Mamá, es que Marcos está acá, al lado mío y me está tocando la mano. Está sonámbulo otra vez… y tiene la mano helada.

Verónica, durmiendo de medio lado y bajo los efectos de un sueño interrumpido, estiró su brazo hacia atrás sin mirar, para cerciorarse de que Marcos, su hijo menor, durmiera a su lado. Hermes recibió una respuesta por parte de su madre que lo aterrorizó por completo:

 —No, mijo, Marcos está aquí. Lo estoy tocando. Arrópate que esta noche hace frío.

Y la madre se dejó llevar por un sueño profundo.

Hermes perdió el aliento y se le aceleró el corazón. Le quitó de manera fugaz la mano a la silueta y se tapó con la cobija de inmediato de pies a cabeza. No quería dejar desprotegido ninguna parte de su cuerpo. A pesar del frío, empezó a sudar debajo de la cobija. Sentía los goterones correr por su frente. Ya no quedaba ni rastro del niño valiente que no creía en fantasmas de niños en pena, y se le olvidaron por completo las palabras sabias de su abuelo. Pero, a los escasos segundos, escuchó una voz infantil saliendo de la silueta que dijo:

—Hermes, despierta, soy Marcos. Llévame a mi cama con mi mamá. Pero dile a ese niño que está con ella que se vaya.

FIN

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