ARTE, PEDAGOGÍA Y PSICOLOGÍA: El encuentro que transforma la distancia en refugio

A lo largo de mi trayectoria como profesora de teatro y actriz, he encontrado en las artes escénicas una forma de acercarnos a aquello que, muchas veces, las palabras no alcanzan a expresar. El cuerpo, el juego y la imaginación pueden abrir caminos hacia nuestras emociones y hacia los demás. Sin embargo, durante mi práctica profesional para optar al título de psicóloga, desarrollada en RATT Chile, esta convicción adquirió una profundidad nueva. En el taller “Entre nosotras: voces e historias femeninas”, que facilité en la Fundación Scalabrini junto a un grupo de mujeres venezolanas, comprendí cuánto puede significar un espacio donde alguien nos mire, nos escuche y nos haga sentir que nuestra historia tiene un lugar.

Al comenzar, varias participantes se describieron como tímidas o introvertidas y manifestaron el deseo de querer “sacar más la voz”. Bastaron algunos encuentros para que aparecieran conversaciones espontáneas, risas compartidas y abrazos que fueron dando una calidez especial a nuestros saludos y despedidas. Aquellas mujeres tenían mucho que contar, y sus historias empezaron a encontrar una verdadera escucha.

Entonces me pregunté: ¿cuánto de ese silencio era timidez y cuánto podía estar relacionado con la falta de espacios para expresarse? ¿Qué ocurre con nuestra voz cuando pasamos los días resolviendo urgencias, trabajando y sosteniendo a otros, sin encontrar a alguien que nos pregunte cómo estamos y se detenga a escuchar la respuesta?

Vivimos en una sociedad que suele medir el valor del tiempo según lo que produce. Entre obligaciones, metas y preocupaciones, el encuentro queda relegado para después. Pero conversar sin apuro, jugar, recordar y acompañarnos también son necesidades humanas. A veces, eso que desde fuera parece como si se estuviese perdiendo el tiempo, pero eso es precisamente lo que nos permite recuperar algo de nosotras mismas.

Las cifras ayudan a dimensionar este contexto. La estimación del Instituto Nacional de Estadísticas y del Servicio Nacional de Migraciones, publicada en 2024 y referida a diciembre de 2023, registró 939.012 mujeres extranjeras residentes en Chile, aproximadamente el 48,9 % de la población extranjera estimada. El mismo informe situó en un 17,6 % la proporción de personas extranjeras en situación migratoria irregular, considerando al conjunto de esa población. Por su parte, la IV Encuesta de Violencia contra la Mujer, realizada en 2020, informó que un 41,4 % de las mujeres encuestadas había vivido violencia intrafamiliar alguna vez en su vida. 

La perspectiva de la interseccionalidad de Kimberlé Crenshaw (1991) permite comprender cómo las desigualdades de género, origen y clase se entrecruzan, creando experiencias particulares de exclusión. En el taller, esa reflexión encontraba una expresión concreta en las dificultades que las participantes compartían y en el esfuerzo cotidiano con que sostenían sus vidas. Habían mujeres que combinaban hasta tres trabajos para salir adelante, y aún con el cansancio acumulado, hacían un espacio para asistir puntualmente a nuestros encuentros. Ese gesto me conmovía, porque entre tantas responsabilidades, también estaban reservando un tiempo para ellas. Un tiempo para respirar, reír, recordar y dejarse acompañar.

Migrar puede implicar mucho más que cambiar de país. Puede significar aprender a vivir lejos de quienes nos conocen desde siempre, extrañar las voces familiares y reconstruir rutinas en un lugar donde todavía no nos sentimos del todo parte. Ellas relataron experiencias de discriminación, situaciones que habían aceptado por miedo o necesidad y la exigencia de mantenerse fuertes incluso cuando estaban agotadas. Escucharlas me hizo pensar en el peso de esa fortaleza que tantas veces se espera de nosotras, las mujeres, las cuales debemos seguir trabajando, cuidando y resolviendo.

Desde mi práctica en RATT Chile he comprendido la importancia de abordar las condiciones de aislamiento y desprotección que pueden facilitar distintas formas de abuso y explotación. Conversar sobre la trata de personas en el taller permitió vincular la prevención con algo cercano, como reconocer señales de alerta, saber que podemos pedir ayuda y comprender que nadie debería enfrentar una situación de violencia en soledad. También me recordó que detrás de cada acción de concientización hay vidas que merecen cuidado, respeto y protección.

En ese proceso, el arte, la pedagogía y la psicología fueron encontrándose. La pedagogía ayudó a organizar experiencias accesibles y participativas; el teatro ofreció recursos para expresarnos mediante el cuerpo, la voz y la imaginación; y la mirada de la psicología comunitaria orientó la escucha y la construcción de vínculos.

Con el ritmo, el trabajo coral, los juegos y los ejercicios teatrales aparecieron momentos de una alegría sencilla y profunda. Nos dimos permiso para equivocarnos, improvisar y reír sin tener que hacerlo todo bien. Por instantes, las obligaciones parecían aflojar su peso. Había espacio para jugar, para sorprendernos y para reconocer en otra persona un dolor parecido al propio.

Recuerdo especialmente un momento, donde pregunté “¿Quién necesita un abrazo?” y todas asintieron en silencio, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. La sencillez de ese gesto me acompañará por mucho tiempo. En esa respuesta había una urgencia de cercanía que ninguna explicación podía expresar mejor. Nos dimos un momento para estar juntas, sin exigir palabras y sin apresurar lo que cada una sentía.

El término de nuestro taller fue especial, decidimos hacer una celebración de la Navidad venezolana, la festividad que ellas más extrañaban de su país. La gaita, las hallacas y el pan de jamón llenaron el espacio de música, aromas y recuerdos. Compartieron sus tradiciones con una generosidad que nos permitió acercarnos a una parte entrañable de sus historias. Por un rato, aquello que la distancia había vuelto difícil de alcanzar estuvo presente entre nosotras.

Esta experiencia también me hizo cuestionar la idea de que quienes migran deben ser siempre quienes se adapten. Cuando esperamos que una persona deje atrás sus costumbres para pertenecer, perdemos la oportunidad de conocerla y de ampliar nuestro propio mundo. Compartir sus tradiciones fue una forma de reconocer que sus recuerdos, sus saberes y sus afectos también tienen un lugar aquí.

Hacia el cierre, reunimos fragmentos de sus cartas (escritos personales dedicadas a alguna persona que extrañaran) y con ellas se escribió una sola  historia colectiva. Allí aparecieron personas queridas, ausencias, esfuerzos y añoranzas. Cada voz conservó algo propio y, al mismo tiempo, encontró resonancia en las demás. Escuchar ese relato fue sentir cómo experiencias distintas podían sostenerse unas a otras, sin borrar sus diferencias.

El taller fue un espacio comunitario de encuentro y expresión, cuyo alcance reconozco con cuidado. No podía resolver las dificultades económicas, la discriminación ni la distancia de los seres queridos. Sin embargo, pudimos construir un refugio compartido, hecho de risas, lágrimas, escucha y respeto. Pudimos reconocer el cansancio, darle lugar a la tristeza y recordar que también merecemos recibir cuidado.

En una sesión les dije que, si alguna noche me encontraba caminando sola por la calle y veía a cualquiera de ellas, sentiría alivio. Reconocería un rostro cercano, una presencia en la que confiar. Esa imagen expresa lo que significó para mí este proceso, porque habíamos comenzado a tejer una red y saber que ellas aún mantienen contacto, me reafirma que no fue solo un taller.

Hoy recuerdo a cada participante con gratitud y ternura. Recuerdo sus voces, su disposición a compartir y el esfuerzo que hicieron para estar presentes. Me llevo también la certeza de que facilitar un espacio así exige aprender a escuchar y dejarse transformar por el encuentro. El arte, la pedagogía y la psicología encontraron allí un sentido compartido, abriendo un lugar donde cada mujer pudiera sentirse reconocida. Y en ese lugar, entre historias, juegos, cartas y abrazos, la distancia se volvió un poco más llevadera.

 

Referencias

  • Crenshaw, K. (1991). Mapping the margins: Intersectionality, identity politics, and violence against women of color. Stanford Law Review, 43(6), 1241–1299.
  • Instituto Nacional de Estadísticas & Servicio Nacional de Migraciones. (2024). Estimación de personas extranjeras residentes habituales en Chile 2023: Informe de resultados.
  • Subsecretaría de Prevención del Delito. (2020). IV Encuesta de Violencia contra la Mujer en el Ámbito de Violencia Intrafamiliar y en Otros Espacios: Informe de resultados.