8 años atrás
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La única forma de exigir respeto, es entregar respeto

Escrito por

Autor: Juan Vásquez

Soy colombiano, pero no por eso narcotraficante.

Nunca, ni por casualidad, estuve cerca de Pablo Escobar o de algún otro mafioso conocido. No consumo de “la buena”, no tengo vínculos con la guerrilla de las FARC y por ningún motivo estaría dispuesto a convertirme en “cafiche” y “tratar” con las mujeres de mi patria.

Llevo más de diez años viviendo en Chile y es una constante que, luego de conocer a las personas, muchas de ellas redunden en el chiste odioso y formulen las preguntas típicas que, tras una curiosidad natural, esconden prejuicios marcados a fuego como consecuencia de una larga exposición a información parcial, poco objetiva, tendenciosa y muchas veces morbosa en relación al conflicto interno que ha marcado el devenir histórico de Colombia durante los últimos 30 años.

Tuve la oportunidad de acceder a la universidad, de formarme como profesional, de perfeccionar mis conocimientos y, de a poco, abrirme espacio dentro de una sociedad ajena y distinta. Más allá de la anécdota, del chiste de asado y de la talla rápida y espontánea, ser colombiano en Chile obliga a convivir con el estigma. No basta el curriculum, las recomendaciones, la experiencia y la necesidad. Durante una entrevista de trabajo muchas veces el acento es determinante. El esfuerzo de muchos años se disuelve de cara a la ignorancia, a los prejuicios y a un temor injustificado.

Convivimos en una sociedad que –sobre todo en el último tiempo- da muestras de intolerancia flagrantes: algunas personas homologan pobreza con delincuencia; se desconfía de nanas y obreros por el hecho de ser pobres y se les humilla y obliga a vestir uniformes que apuntan a resaltar la diferencia; se trata de “putas” a alumnas de colegios en toma; se sindica como “terroristas” a jóvenes y mapuches que luchan por derechos sociales, sin mediar pruebas. Se llega a conclusiones hilarantes como que los peruanos vienen a robar el trabajo de los chilenos o que los colombianos andan detrás de alguna maldad.

Ya está bueno. Es momento de pasar de la retórica a los hechos. No cuesta nada abrir la mente, conocer y advertir que con cada extranjero que llega a Chile crecen las oportunidades, aumentan las posibilidades de ser una sociedad más generosa, tolerante y conciente de que muchos de los suyos alguna vez fueron obligados a marchar y que en esas experiencias también fueron maltratados y discriminados. Me pregunto, por último, si aquellos que hoy discriminan a otros hermanos latinoamericanos debido a sus naciones de origen o a las clases sociales a las que pertenecen, estarían dispuestos a aceptar éste tipo de trato hacia sus seres queridos en instancias similares. Si exigimos respeto debemos dar ejemplo y entregarlo sin importar nuestra nacionalidad, color de piel, acento o situación socio-económica. No olvidemos que antes de predicar debemos practicar.

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