Chile entre el “tener” y el “ser”: cuando el bienestar se mide en metros cuadrados de almacenamiento.

En un episodio de la serie CSI: Investigación de la escena del crimen (Temporada 11, Episodio 5, “La casa de los acaparadores”), la investigación de una escena marcada por la acumulación extrema abre una reflexión más profunda: no se trata solo de desorden, sino de una forma de relación con el mundo. En ese capítulo, aparece una referencia clave al filósofo Erich Fromm y su distinción entre dos modos de existencia: el «tener» y el «ser«.

Esta distinción no es abstracta. Es profundamente política y social. Y, si observamos con atención, describe con inquietante precisión la trayectoria reciente de la sociedad chilena.

Fromm sostenía que una sociedad organizada en torno al «tener» prioriza la posesión, la acumulación y el consumo como fuentes de identidad. En cambio, una sociedad orientada al «ser» privilegia la experiencia, la relación con otros, la creatividad y el sentido. El problema —advertía— no es solo moral, sino estructural: cuando el «tener» domina, las personas eligen dejar de vivir para convertirse en consumidoras.

Sin embargo, los datos más recientes nos muestran una paradoja brutal: mientras más poseemos materialmente, menos «somos» como sociedad. Esta semana, en el Día Internacional de la Felicidad, Chile cayó a su peor posición histórica en el ranking global de bienestar, ubicándose en el lugar 50 . Hace solo una década estábamos en el top 20. El puntaje de 6,302 sobre 10 evidencia que algo profundo está fracturado en nuestra forma de habitar el mundo .

Un dato mencionado en ese episodio de CSI ilustra esta transformación en Estados Unidos: el almacenamiento público prácticamente no existía en los años 60. Hoy, supera los 2.000 millones de pies cuadrados. Es decir, hay más espacio dedicado a guardar objetos que muchas personas no usan, que a satisfacer necesidades humanas básicas. No es simplemente una curiosidad estadística; es el síntoma de una civilización que produce más de lo que puede habitar.

Chile, aunque con una historia distinta, no está ajeno a esta lógica. Como trabajadora social, lo veo cotidianamente: hogares endeudados no por necesidades vitales, sino por la presión constante de consumir. Familias que acceden a bienes —electrodomésticos, ropa, tecnología— a costa de una precarización silenciosa de su bienestar emocional. Barrios donde la desigualdad no solo se expresa en ingresos, sino en la angustia de no poder «tener lo suficiente».

El modelo económico chileno, consolidado durante décadas, ha promovido un ideal de progreso basado en el acceso al consumo. El crédito fácil ha funcionado como mecanismo de inclusión simbólica: aunque no se tenga, se puede parecer tener. Pero ese acceso es frágil, condicionado y muchas veces violento. No empodera; sujeta.

La evidencia actual es contundente: el malestar no es solo material, es existencial. Un 74% de los chilenos se declara feliz en el plano personal, y sin embargo, el país cae estrepitosamente en los rankings internacionales de bienestar . Esta brecha entre la percepción individual y las condiciones estructurales revela exactamente lo que Fromm advertía: estamos intentando llenar con objetos un vacío que solo el «ser» —los vínculos auténticos, la pertenencia, la dignidad— puede colmar. Los estudios confirman que, en Chile, la felicidad depende más de la calidad de los vínculos familiares y la salud mental que del ingreso económico . Pero el sistema nos empuja en dirección opuesta: al consumo, al individualismo, a la acumulación.

Aquí es donde la lectura de Fromm se vuelve urgente. Porque la acumulación no llena el vacío que produce una vida desconectada del «ser». De hecho, lo profundiza. La lógica del consumo genera individuos aislados, competitivos, constantemente insatisfechos. Y cuando esa insatisfacción se vuelve estructural, aparecen fenómenos que en el trabajo social conocemos bien: depresión, ansiedad, violencia intrafamiliar, rupturas comunitarias.

La olla a presión social que advertimos desde los territorios no es una metáfora. Este mes de marzo, más de 100.000 personas salieron a las calles en rechazo a retrocesos ambientales , mientras estudiantes y organizaciones sociales se movilizan ante el aumento del costo de la vida y las primeras medidas del nuevo gobierno . La conflictividad no es caprichosa: es la expresión de una sociedad que sabe que el mero «tener» no alcanza, que exige reconocimiento, participación y un proyecto país donde quepamos todos, todas y todes con dignidad.

Chile ha sido presentado durante años como un «modelo exitoso» en América Latina. Sin embargo, ese éxito se ha medido principalmente en términos de crecimiento económico y acceso a bienes. ¿Pero qué ocurre cuando preguntamos —de verdad— cómo se sienten las personas? ¿Qué ocurre cuando miramos más allá del «tener»?

Las movilizaciones sociales de los últimos años ya dieron una pista clara: el malestar no es solo material, es existencial. No basta con consumir más si eso no se traduce en mayor dignidad, mayor tiempo libre, mayor sentido de pertenencia. El hecho de que Chile haya retrocedido 12 puestos en el ranking de felicidad en apenas tres años es la señal de alarma que no podemos ignorar .

Volver al «ser» no es una consigna romántica. Es una necesidad urgente. Implica repensar políticas públicas que no reduzcan el bienestar a indicadores económicos. Implica fortalecer lo comunitario, lo colectivo, lo relacional. Implica también cuestionar un sistema que convierte a las personas en medios para la acumulación, en lugar de fines en sí mismas.

Como trabajadora social, sé que las transformaciones profundas no ocurren solo desde arriba. Pero también sé que no ocurren sin cuestionar las bases del modelo. Y hoy, más que nunca, Chile necesita preguntarse: ¿queremos seguir siendo una sociedad que mide su valor por lo que posee, o una que se construye desde lo que es?

Porque al final, como advertía Fromm, la diferencia no es menor: en el «tener», la vida se nos escapa entre las manos; en el «ser», por primera vez, nos pertenece.