América Latina enfrenta un panorama geopolítico alarmante o tranquilizador dependiendo de qué posición ocupas en la estructura social y racial de la región. El ya tan anunciado avance de la ultraderecha nos obliga a pensar en las lógicas detrás de este fenómeno. ¿Qué es lo que sustenta a las ultraderechas en América Latina? ¿Qué cuerpos y qué intereses se mantienen en el poder? ¿De qué color son sus pieles? ¿De qué color son sus ojos? y así mismo, ¿qué cuerpos pagan este avance? ¿Qué carne es deshumanizada, y convertida en un no-ser para justificar sus acciones? ¿De qué color son sus pieles? ¿De qué color son sus ojos?
Traigo estas preguntas a colación porque es evidente, aunque sigilosa e intencionalmente ignorado, que en América Latina y el mundo gobierna democráticamente o no, una élite racial. Quienes defienden al capitalismo, a la depredación de los territorios en nombre del crecimiento, que defienden la impunidad y el negacionismo constituyen una élite con un color de piel y una posición específica en la estructura de poder de las sociedades americanas, lugar que ha sido ocupado por las mismas corporalidades durante siglos.
Donald Trump, Javier Milei, Nayib Bukele, Nasri Asfura, Luis Abinader, Laura Fernández, Rodrigo Paz, Daniel Noboa, Santiago Peña y José Antonio Kast, son, a excepción de Laura Fernández, hombres blancos que, por medio de sus cuerpos, así como de sus fratrías determinadas por el cruel mandato de la masculinidad (Segato, 2018), dan continuidad a un proyecto colonial que astutamente se actualiza y se renueva en cada uno de los rincones del continente.
La filósofa brasilera Sueli Carneiro en su libro “Dispositivo de la racialidad” (2023) nos habla de Charles Mills, filósofo caribeño estadounidense que vivió gran parte de su vida en Jamaica y que en 1997 escribió “El Contrato Racial”, en el cual propone que el racismo, o como nómina la “supremacía blanca global” es un eje de la estructura que Europa impone en América por medio de la colonización y que permiten la instauración del modelo capitalista. El Contrato Racial sería por lo tanto un acuerdo tácito y, a veces, explícito, pero no reconocido, para defender y promover la supremacía blanca en todo el mundo, entendiendo esta como un “sistema político, un poder particular que estructura la regla formal y la informal, el privilegio socioeconómico, las normas de distribución de la riqueza y de las oportunidades, de los beneficios y de los deberes.” (p.3). En esta línea, la raza articula relaciones y jerarquías que discriminan que vidas importan y cuáles no. Los intelectuales latinoamericanos de finales del siglo XX ya habían evidenciado que la raza no era solo una categoría de clasificación, si no la categoría que, junto a otras como el género, articulan las relaciones de poder en América Latina luego de la llegada de Colón.
En América, la idea de raza fue un modo de otorgar legitimidad a las relaciones de dominación impuestas por la conquista. La posterior constitución de Europa como nueva identidad después de América y la expansión del colonialismo europeo sobre el resto del mundo, llevaron a la elaboración de la perspectiva eurocéntrica de conocimiento y con ella a la elaboración teórica de la idea de raza como naturalización de esas relaciones coloniales de dominación entre europeos y no-europeos. Históricamente, eso significó una nueva manera de legitimar las ya antiguas ideas y prácticas de relaciones de superioridad/inferioridad entre dominados y dominantes. (Quijano, 2000, p.79-80)
Dominados y dominantes, colonizados y colonizadores, racializados y racistas. Parece que la racialidad en América se constituye a base de dualidades y oposiciones, aunque existan también estas zonas grises ocupadas por el mestizaje, y por aquellas comunidades que, aunque crean que no son ni de aquí ni de allá, ocupan también un lugar, porque en el fondo lo que se diferencia entre el yo y el otro, es como Sueli Carneiro nos indica, el ser y el no ser, o “la construcción del otro como no ser como fundamento del ser”. Pensar la racialidad como un dispositivo de poder, nos permite entender que lo que se pone en juego por medio de esta ecuación es la humanización o deshumanización de los sujetos. Las vidas que valen o no la pena.
“El dispositivo de la racialidad, al demarcar la humanidad como sinónimo de blancura, irá a redefinir las demás dimensiones humanas y jerarquizarlas de acuerdo con la proximidad o distanciamiento de ese patrón. De este modo, lo blanco se torna un ideal de Ser para los Otros” (Carneiro, p.30, traducción propia)
Ahora es válido preguntarnos de qué manera pensamos la raza y la racialidad en un contexto como el chileno, en el que tanto duele mirarse al espejo. El caso chileno es un ejemplo ideal, pues desde sus negaciones y puntos ciegos confirmamos lo importante de la raza en las relaciones sociales. Este pequeño país atrapado entre el Océano Pacífico y la Cordillera de los Andes que en 1973 fue la cuna experimental del neoliberalismo, hoy observa como la historia se repite como un espiral y cada pieza encuentra su lugar en este perverso rompecabezas. Si no, ¿cómo nos explicamos que uno de los jóvenes defensores y militantes de la dictadura en que se asesinaron y desaparecieron a más de 3000 personas, hoy sea el presidente de la República con más votos en la historia de Chile?
Si el cuerpo es un símbolo ¿qué simboliza un hombre de piel blanca y ojos azules, descendiente de migrantes alemanes, cuyo padre fue afiliado al Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, que puede mantener a 9 hijos mientras que en Chile año tras año disminuye drásticamente la tasa de natalidad, que acumula un patrimonio de alrededor de 5.200 millones de pesos, a parte de lo que no sabemos que puede tener en Paraísos Fiscales, y que además es férreo defensor de violadores a los Derechos Humanos? Nuestro presidente simboliza la continuidad de un proyecto colonial y capitalista, que, por medio de la aniquilación del pensamiento crítico, de los tejidos sociales y de la instrumentalización del miedo, instala en el imaginario social la figura de los enemigos de la patria, que, dado que pierden la calidad de Ser, se transforman en chivos expiatorios que justifican el avance del fascismo y el uso legítimo de la violencia.
Por estas razones, la ocupación, el despojo y la violencia en el Wallmapu tiene directa relación con la deshumanización, criminalización y persecución de las personas migrantes (siempre y cuando sean racializadas). Porque en el proyecto colonial capitalista, son vidas a las que se les ha sustraído el ser, y que se les ha cargado sobre los hombros la culpa por las crisis y las grietas de un sistema que cuelga de un hilo, justificando así la mano dura, la expulsión, el encarcelamiento, la persecución, la deshumanización, y si es necesario, la muerte. No solo del pueblo mapuche y de migrantes, sino que de todo aquel que no se someta ni por la razón, ni por la fuerza a continuar el proyecto colonial; estudiantes organizados, trabajadores sindicalizados, defensores ambientales, diversidades sexuales, defensores de DD. HH, pueblos indígenas, etc.
Sin embargo, no hay mal que dure mil años, y las comunidades se organizan y se levantan. así nos muestra el movimiento obrero campesino de Bolivia, que desde hace un mes tiene a Bolivia paralizada con cortes de carretera y bloqueos, negándose a la invasión estadounidense y exigiendo la renuncia del presidente Rodrigo Paz.
Referencias
Carneiro, S. (2023). Dispositivo de racialidade: a construção do outro como não ser como fundamento do ser. Río de Janeiro: Zahar.
Mills, C. (1997) The Racial Contract. Cornell University.
Quijano, A. (2000) “Colonialidad del Poder, Eurocentrismo y América Latina.” En: Cuestiones y horizontes: de la dependencia histórico-estructural a la colonialidad/descolonialidad del poder. Buenos Aires: CLACSO, 2014. ISBN 978-987-722-018-6
Segato, R. (2016) La guerra contra las mujeres. Madrid: Traficantes de Sueños.
