Migración como acto de fe

Estudiando psicología me enseñaron que el ser humano es consciente de sí mismo, lo que lo diferencia de otros animales –hasta donde sabemos–, al igual que su memoria biográfica, donde hay una vivencia en la que los días se hilvanan y forman una tapicería que otorga textura a que «yo soy yo», aún siendo distinto al yo de ayer, antier, de hace unos meses, o unos años. Hay un residuo que resiste al pequeño ensayo de muerte que llamamos dormir, siempre que esté la ausencia de trastornos como el Alzheimer o la amnesia, donde estas pequeñas certezas se pierden.  

Otro aspecto de la psique que me fascina es el funcionamiento de la memoria y el olvido, un dúo que actúa en una dialéctica formidable, poética y sensible. Como dije anteriormente, podemos recordar, y eso nos permite formular algo respecto a una continuidad –no sin tropiezos– en el orden del «yo soy, yo fui, yo seré, yo haré», etc. No obstante, sería inasible para la mente recordarlo todo, todo el tiempo, y por eso debemos olvidar, al menos a ratos, algunas cosas. De lo contrario no podríamos vivir, habría tanto ruido dentro de nosotros que sería imposible discernir cualquier cosa. 

Silenciamos los recuerdos de los amigos de kínder, las direcciones de nuestros padres, el número del carnet de identidad, la receta de los ñoquis, todos aquellos retazos de información que no necesitamos ahorita. Algunas cosas se olvidan para siempre, otras son tan intensas para nuestros recursos que no podemos recordarlas, y en cambio las actuamos, como si nunca hubiésemos escapado de aquel acontecimiento sísmico. A ratos nos acechan algunos recuerdos intempestivos, que nos hacen llorar sin motivo aparente para quien nos rodea, o sonreímos sigilosamente al revivir un flashback inapropiado durante la tediosa reunión de equipo un lunes por la mañana. 

Cuando la vida aprieta, a veces olvidamos lo inolvidable, o en cambio, a veces averiamos la capacidad de olvidar, y de forma inadaptativa, el post-it amarillo de la mente no deja de repetirse; lavar la ropa, secar la loza, pagar la cuenta, ir a la reunión de apoderados, barrer el piso, llamar a madre, cocer las lentejas. Cuando la vida aprieta, hay una gran dificultad en experimentar el aquí-ahora, y nos brindamos a medias a la contingencia de un tiempo demasiado vivo.

No obstante, hay una capa más existencial de lo que tomamos por sentado para poder vivir el aquí-ahora: debemos, en alguna medida, asumir que el sol saldrá de nuevo mañana, que no desfalleceremos en muerte súbita en medio de las ajetreadas alamedas, y que en el siguiente paso que demos, no desaparecerá por completo el camino que tenemos en frente. Debe haber alguna mesura de estabilidad para seguir edificando el día a día. Y aunque, en cierta medida es bueno tener algún nivel de conciencia de la fragilidad de la vida, es tormentoso en demasía vivir con el miedo de que un ser querido, un territorio, o una forma de vivir, desvanecerá repentinamente.

La neoliberalización de la vida trae consigo cada vez menos garantías del orden de lo social. Está todo en disputa en la arena del mercado; las acciones caen, los hospitales cierran, el agua se agota, los nichos se saturan, las tomas se desalojan. La única garantía que no caduca es la de alguna muerte, toda otra solicitud es cosa de zurdito marxista. Y cuando se está por fuera del orden de la ciudadanía, son pocas las certezas que operan en la edificación de la vida.

A medida que me reúno con amigos migrantes, escucho una y otra vez una desesperanza que me recuerda que la cuenta final del tiempo de los migrantes en Chile está en números rojos. Aunque no quiero caer en discursos de legitimidad de los buenos migrantes versus los malos, me parece necesario mencionar que el sistema de regularización no funciona, incluso para aquellos que cumplen con las métricas exigidas por el sistema migratorio chileno. He visto todo un umbral de personas migrantes, incluso con título profesional, cotizaciones, contratos laborales, criterios de reunificación familiar, entre otros, que han tenido respuestas desfavorables respecto a su proceso de regularización y residencia permanente. 

Amigos que llevan casi una década pagando impuestos en Chile, que han trabajado en distintos rubros, desde servicios, a puestos institucionales, que han ganado becas de posgrado, que han perfeccionado su perfil profesional, que se han enamorado y han entablado familias. Amigos que han sido explotados por su irregularidad, que han llevado a cabo trabajos de cuidado por mucho menos de lo que vale, que han tenido que soportar acoso y abuso por miedo de perder el contrato laboral. Que viven en condiciones hacinadas, que no pueden arrendar en condiciones formales. Y que sin embargo han hecho una vida en Chile. 

Lo anterior, en mi opinión, debe pensarse como un gran acto de fe, ya que todas las pistas ambientales apuntan a que no existe garantía alguna que incentive a las personas migrantes a insistir en hacer una vida aquí. Observamos en las noticias grandes esfuerzos por identificar a las personas que tienen estatus irregular, y una ciudadanía que aplaude las deportaciones masivas, mientras reproducen un discurso que es por lo bajo deshumanizante. A su vez, se obstaculiza la regularización sin importar el cumplimiento de los requisitos. 

Migrar es, contra todo pronóstico, apostar que el suelo bajo nuestros pies no se desintegrará de la noche a la mañana, aunque se observa un gobierno que consistentemente quiere privarnos de los derechos y garantías mínimas de vivir en sociedad. No quiero romantizar la precariedad, ni desincentivar a las personas migrantes que lean este texto, y nuevamente, no quiero legitimar un sistema que sólo valora a las personas migrantes en tanto aporte al PIB, porque eso solo pavimenta un camino de más horrores en nombre de la productividad. 

Lo que estoy intentando plasmar es, por una parte, la perversidad de un sistema roto que reúne en sus arcas millones de pesos en procesos de regularización con precios altísimos, y con cero reembolsos caso se obtenga una respuesta negativa. Operación que traduce en valor monetario las esperanzas de las personas migrantes. Por otro lado, quiero darle palabras a mi inquietud, a la desolación que me produce ver a mis amigos planear sus retornos a territorios que, atravesando las multi-crisis impuestas al sur global, no pueden proveerle las condiciones para vivir vidas dignas. 

En una sociedad neoliberal, una de las pocas cosas que se tiene es la ciudadanía, que sin duda es frágil. La nacionalidad no impide el sufrimiento sistemático, y con Estados mercantilistas y debilitados, hay soportes que sólo el dinero puede comprar. Y aunque puede protegerte de la deportación, no logra dar cuenta de los desplazamientos forzosos en el contexto de las multi-crisis. 

Día a día, vemos con angustia la dilución de los pocos sostenes públicos que existían en este país. Recortes de sistemas que, en la agraz medida de lo posible, habilitaban algunas descompresiones del empobrecimiento vivido por un gran porcentaje de la población chilena. Ya sé que ante mi queja emergerá de alguna boca la escueta sugerencia del «si no te gusta, ándate», que, aunque enfatiza la agencia individual del poder irse, también devela la aparente imposibilidad de poder pensar en hacer otra cosa. 

Por ahora, mientras algunos amigos juntan dinero para el retorno, o elaboran planes para nuevos horizontes, observo el mundo y veo cada vez menos lugares que logren proveer, tal como están, la capacidad de permitir que vivamos dignamente, sea en los territorios que nos otorgan la ciudadanía –liberal, medida en poder adquisitivo e individualista–, o en los países que se ensueñan mejores, y que nos provocan a realizar una nueva migración, en tanto acto de fe. En medio de toda esta angustia ¿hemos perdido del todo la fe de que podemos cambiar el mundo en que vivimos? El territorio que queremos habitar ¿existe? ¿Se puede alcanzar mediante un desplazamiento geográfico? ¿o hay alguna posibilidad de transformar el pedacito de tierra que habitamos en el aquí y ahora?