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#Doyesperanza a las víctimas de trata. Día Mundial contra la Trata

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Todavía es común escuchar la expresión “trata de blancas”. Aunque poco a poco ha ido quedando en desuso. Porque hace tiempo que la trata no es sólo de “blancas” sino también de personas afrodescendientes, de niños y niñas, de trabajadores y trabajadoras. No son pocas las personas que hoy se ven forzadas, bajo la la violencia, a trabajar en fábricas, construcción o minería, en el comercio sexual o en grupos armados. Todos ellos amenazados por la violencia.

La trata es un delito internacional que consiste en considerar que un ser humano puede ser una posesión, un bien de consumo o un commodity. Es decir, consiste en el comercio ilegal de personas con fines de explotación sexual, trabajo forzado o para la extracción de órganos. Se trata del tercer negocio ilícito más lucrativo del mundo, después del tráfico de armas y de drogas. En su origen hay un denominador común: el hambre, el miedo, la pobreza, el legítimo deseo de mejorar las oportunidades laborales y económicas. Todas causas que hacen de una persona alguien mucho más vulnerable a ser engañado. Como negocio, afecta hoy a alrededor de 21 millones de personas y, según datos de la Oranizacion del Trabajo, las mujeres representan el 59% del total de personas tratadas.

Chile es uno de los 134 países del mundo en que la trata de personas es un delito. Así lo señala la ley 20.507 y nuestra adherencia al Protocolo de Palermo, en el año 2000, el cual además fue ratificado en febrero de 2014. Y nuestro país ha legislado sobre la materia porque, lamentablemente, la trata de personas no es un asunto ajeno. De hecho, desde la promulgación de la ley señalada el año 2011 hasta fines de 2015, se formalizaron 20 causas por este delito, con un total de 187 víctimas.

El Estado ha avanzado en esta materia y se agradecen iniciativas como la creación de una Mesa Intersectorial sobre Trata de Personas con el objetivo de coordinar las acciones, planes y programas en materia de prevención, represión y sanción, especialmente en casos de mujeres y niños en Chile. Sin embargo, aún quedan algunas deudas pendientes.

La primera consiste en comprender que la relación entre trata y tráfico, por un lado, y migración y refugio, por el otro, es estrecha. Especialmente para las personas que migran como parte de flujos más grandes. Por eso, que la mejor manera de prevenir la trata (después de terminar con la exclusión en el origen, por supuesto) radica en entender que todas las personas que migran son sujetos de derechos humanos que los Estados del mundo se han comprometido a proteger.

La segunda consiste comprender que aunque en Chile las cifras de personas tratadas son bajas y que el Estado está haciendo su parte, no es raro encontrarse con múltiples formas de aprovechamiento y explotación de migrantes. Sobre todo en el trabajo y en la vivienda.

Mientras Chile siga abordando la migración con la ley más desactualizada de la región; mientras siga estableciendo políticas restrictivas como la discrecionalidad en el ingreso en la frontera o la visa consular a nacionales dominicanos; mientras el Estado no se embarque en la elaboración de una política migratoria integral; y mientras los chilenos sigamos siendo xenófobos y racistas, seguiremos generando condiciones propicias para la explotación y le vulneración de los derechos fundamentales de muchas personas que vienen a nuestro país a contribuir con su cultura y su trabajo. Estamos a tiempos de convertirnos en un país modelo de buenas prácticas en el combate del crimen organizado internacional y en la promoción de la dignidad y los derechos de las personas que migran.

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http://www.sjmchile.org

Director Nacional del Servicio Jesuita a Migrantes.

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