Me gustaría hablar de Antonia Mardones como quien habla de una cientista social, candidata a doctora de la Universidad de California. Pero no puedo. Porque la Anto tiene una cercanía “de barrio”, esa que molesta a los siúticos, pero que al común de los nacionales nos obliga a agregar un artículo definido antes del nombre. Es “la” Anto.  Y eso es algo muy chileno. En Argentina o en España se nombra a la gente a secas: Antonia, Miguel, Federico.

La dureza de nuestras sequedades nacionales, sin embargo, nos ha llevado a adoptar formas del habla que son muy tiernuchas. “Aquí está el tesoro/ el cristal de Castilla/ la soledad de Chile/ la pícara inocencia/ y la guitarra contra el infortunio/ la mano solidaria/ y la palabra repetida en el canto/ y transmitida”. Y estas formas, que Neruda rescata en su Oda a los Poetas Populares, son nuestra riqueza cultural.

Aquí precisamente es donde la Anto apuntó en su documental Una Escuela llamada América, junto a sus compañeros María Paz Espinosa y Pablo Mardones. La cinta, que dura poco más de media hora, se estrena este miércoles 28 de abril a las 19:30 horas a través en este Facebook Live. Y en opinión del que escribe, si no estuviese todo tan patas para arriba en este país, debiera ser un contenido urgente para la televisión pública. Porque en tiempos de tan acelerada deshumanización, resulta urgente encontrarnos con los fundamentos de la vida en comunidad que nos pueden entregar los niños.

El documental es la aproximación infantil a una escuela pública de Arica con una altísima tasa de niños inmigrantes. Joaquín, un chiquillo afrodescendiente que ausculta las líneas en el mar como quien busca las huellas de un largo camino que ha dejado atrás. Deyna, una niña que llega desde El Alto paceño y se transforma en dirigente estudiantil de la escuela, pese a las resistencias culturales. Ricardo, un niño venezolano- bien papeao como dicen ellos- que debió recorrer medio continente para encontrar su nuevo hogar, al que intenta integrarse a través del fútbol. Y Dilan, un cabro chico chileno, bueno pa los chistes y bien regalón de su abuelita, que migró desde Curacautín.

Ellos son los protagonistas de este documento que es, como diría Germán Carrasco, “un chisporroteo lingüístico en que todo se mezcla con todo”. Y son muy simpáticos. Por eso la metáfora es perfecta: esa escuela llamada América es la nueva geografía de un continente del que Chile nunca debió desintegrarse. Un continente con sabores, olores, sonidos y colores propios.

Con sus problemas y sus traumas también: mientras se grababa el documental estalló la revuelta de 2019 en la que siete de los 34 fallecidos fueron migrantes. Frente a esta realidad, conmueve la reflexión de Ricardo, un niño venezolano con familiares repartidos por todo el continente: “Fue raro cuando estalló todo porque pensé que éramos los venezolanos los que veníamos arrastrando los disturbios”. ¿Aparte de consolarlo, qué otra cosa podemos hacer ante la herida de estas vidas desplazadas?  Explicarles que no, supongo. Que ni venezolanos, ni colombianos, ni haitianos, ni ninguno de los que llegaron nos arrastraron hasta donde estamos. No. Los chilenos hemos armado nuestro propio lodazal que iremos limpiando juntos, poco a poco, con estos niñes y los que quieran venir. Esa es la invitación que abre el documental de la Anto. Y en el panorama actual resulta tan refrescante que debiera transformarse en material ineludible para las escuelas.

“Iniciativas escolares interculturales como las de la Escuela América pueden inspirar al Estado a diseñar programa y currículos que apunten a la inclusión de la niñez migrante”, aclara la misma película antes de los créditos. Y lo comparto. Es lo que hizo en 1928 Gabriela Mistral cuando visitó junto al ministro José Vasconcellos una pequeña escuela rural de México para proyectar desde allí la transformación cultural que pondría en marcha un nuevo latinoamericanismo.

¿Por qué no repetir entonces esa experiencia? Una Escuela llamada América resulta un impulso más para dar vuelta esta página miserable de la historia, en que nuestro Estado ha discriminado y sembrado odios. En el nuevo Chile que está naciendo tendremos que reformar la  ley de migraciones y abrir oportunidades para todos estos niños y niñas que quieren crecer y florecer con su nueva Patria. Que quieren aprender a quererla con nosotros. Quién sabe si en el futuro nos dejan bien parados en California y le devuelven una mano al país, como hoy hace la Anto.

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