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Que las rosas no silencien nuestras voces

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Varios son los enfoques que se le suele dar al día de la mujer, el común, aquel que se observa en la TV, publicidad, supermercados, empresas y en las calles, ese en que se “regalonea” se dan rosas, chocolates, etc. Es una manera de celebrar el ser mujer, ¿felicitarnos? ¿Qué es lo que se celebra del ser mujer? Aparentemente se nos felicita por el esfuerzo diario, por la maternidad, por trabajar, por la multiplicidad de roles con los que debemos cumplir para encajar en la categoría socialmente impuesta de “mujer”, entre esto, ternura, gentileza, amabilidad, delicadeza, etc. En todas estas formas de “celebrar” pareciera que la mujer adquiere un rol mayoritariamente pasivo, de esperar algo, esperar ser celebrada, festejada, felicitada, regaloneada ¿por quién? por hombres.

Resulta preciso preguntarnos ¿en que se aleja todo esto de nuestro devenir mujer? Pareciera que de igual manera nos hemos construido como tal en la espera, la espera de otro, un hombre, un hijo, la espera de ser deseada y amada por ese otro (la misma ceremonia matrimonial así lo refleja, somos entregadas por un hombre a otro). Desatarnos de la opresión que recae sobre nuestros cuerpos formados en este sistema de dominación masculina resulta complejo. En efecto, solemos anhelar todos esos sueños que se nos prometieron en la niñez. No obstante, ¿habrán podido esas promesas silenciarnos de alguna manera? Resulta profundamente relevante la necesidad de no quedarnos ahí, en la espera. ¿Qué sentido tiene esta manera de vivir el día de la mujer?

Un 8 de marzo, a finales del siglo xix, en Nueva York, cientos de mujeres trabajadoras murieron calcinadas al ser encerradas en la fábrica en que trabajaban, mientras protestaban por la reivindicación de sus derechos laborales. Se dice que el día no habría sido el que hoy se conmemora, ya que 8 de marzo habría sido día domingo. Sim importar la anécdota, pareciera que el sentido original es uno sólo, la lucha por nuestros derechos vulnerados a lo largo de la historia. Esta lucha se origina en los movimientos feministas, que se inician con el derecho a voto, situación que comenzó a visibilizarse en la revolución francesa, a pesar de que el lema “libertad, igualdad y fraternidad” no las incluía.

En efecto, independiente del verdadero día en que ocurrió la masacre mencionada, pareciera que esta viene a simbolizar a modo de conmemoración, una multiplicidad de debates, protestas, mesas de discusión, etc., en que mujeres de distintos países se unen con un único objetivo, la lucha en contra de las injusticias vividas solo por “ser mujer”

Actualmente, la lucha por esta injusticia basal cobra otro sentido, los motivos son más implícitos, menos directos, menos precisos, hoy se torna más difícil exigir y reclamar, ya que de una u otra manera se nos convence que los derechos de las mujeres han sido restituidos. Existe hoy una libertad aparente que intenta silenciar nuestras voces, se nos permite estudiar y trabajar pero ¿Cómo se compatibiliza lo anterior con lo que se exige de la maternidad? Se nos permite en cierta forma una vida sexual libre de juicios, pero ¿qué hacer si falla el método anticonceptivo y las circunstancias vitales para ser madre resultan altamente complejas?

A fin de cuentas, se nos continua estigmatizando como cuerpo reproductivo, se nos continua exigiendo la devoción a la maternidad por sobre cualquiera otro modo de realización personal, se nos continua exigiendo encajar en cánones de belleza que llegan incluso a enfermar. Continuamos siendo relegadas a lo pasivo / objeto. En base a esto pareciera importante preguntarnos si dejarnos “regalonear” en este día ¿no refuerza esta pasividad a la que se nos intenta relegar?

Como dice Rosa Luxemburgo “quien no se mueve no siente el sonido de sus cadenas”. Movámonos, hagamos de este día, un día de lucha, movilicémonos en la vida diaria, enfrentémonos con los límites que el sistema masculino opresor impone a nuestros cuerpos, pensemos, cuestionemos, critiquemos, reclamemos. Se dice muchas veces de las mujeres feministas que son “despechadas”, que cargan odio y rabia por experiencias personales y que eso que dice llamarse lucha está cargado de rencor. Efectivamente es probable que algo de rencor haya, cierta violencia, la rabia mueve como se dice, ¿cómo no enfurecerse ante la desigualdad, ante la injusticia, ante el control sobre nuestros propios cuerpos?

No permitamos que el “regaloneo” y las rosas nos conformen y silencien nuestras voces, salgamos a marchar, luchemos no solo hoy y mañana, hagamos una batalla diaria al punto de intervenir en el lenguaje que incluso nosotras usamos, detectemos la injusticia en aquello que antes no veíamos, no tengamos miedo a ser llamadas feministas. Al respecto, Rebecca West refiere “yo lo único que he sido capaz de averiguar de lo que es el feminismo, es lo siguiente, solo sé que la gente me llama feminista siempre que expreso pensamientos que me diferencian de un felpudo”

No nos detengamos conformes con lo que nuestras antepasadas han logrado, la lucha continua.

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Columnas

Psicóloga, Universidad Católica del Norte. Magíster en Psicología Clínica, Mención teoría y clínica Psicoanalítica, Universidad Diego Portales.

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