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Cala: un inmigrante latino en Estados Unidos

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Ismael Cala, whose nightly interview show has been broadcasting from Miami since November, is meant to be the network’s Larry King.     The New York Times.

Ismael Cala es hoy -después de su paso por la televisión latina de Canada, varios canales de La Florida y Televisa, en México una de las figuras más prometedoras de la televisión norteamericana. El actual presentador de CNN en Español es un provinciano cubano que emigró a Estados Unidos donde triunfa con el empuje que le caracteriza. Tuve la suerte de conocerlo hace muchos años y aquí va mi recuerdo de un colega y un amigo.

En más de una ocasión he hecho referencia en mis notas a Ismael Cala. Sólo que no he mencionado su nombre. Lo conocí en La Habana, cuando apenas él llegaba de Santiago de Cuba, provincia oriental donde ya tenía una carrera en los medios. Aterrizaba en la capital para estudiar Animación Turística, en ese afán de crecer que le descubrí desde el inicio, con esas ganas de no contentarse con el triunfo de hoy si mañana pueda tener más aplausos, con ese olfato de saber dónde están las oportunidades… Creo que tan sólo por eso llegó a vivir a aquel hospedaje, en una de las esquinas de El Prado habanero, donde varios jóvenes de diferentes lugares intentaban reinventarse, en medio de la crisis económica que sólo ofrecía un respiro para quienes estaban vinculados al mundo del turismo.

Pero su llegada a La Habana tenía un fin mejor: buscarse un espacio en los medios nacionales. Debo decir que, con el talento y la simpatía que le caracteriza, le costó muy poco entrar, crecer y posicionarse como una de las figuras más prometedoras del medio. Se presentó en Radio Rebelde, la más oficial de las emisoras cubanas, creada por Ernesto Che Guevara y Fidel Castro durante la lucha de guerrillas. Inmediatamente fue puesto en antena.

Estuve en la cabina de transmisiones, el primer día de Ismael como lector de noticias en Exclusivo, un desaparecido noticiario nocturno que fue tristemente reemplazado para amplificar la tristemente célebre Mesa Redonda Informativa de la televisión cubana, otro legado o imposición  de Castro en los días en que la campaña ´por el retorno del entonces niño Elian González terminó atormentando la vida doméstica de los cubanos.. La hermosa Cuqui Dueñas era la directora de emisión del noticiario y me comentó que se estrenaba un nuevo locutor oriental. Subí con ella para escuchar y verlo. Y al terminar la primera nota, recuerdo, miré a Cuqui y le dije: ¡Excelente¡

Nos conocimos ese día y comenzamos una excelente amistad profesional que terminó entregándomelo como amigo para toda la vida. Poco a poco fue llamando la atención de todos. Cuando en el año 1996 (o 97), el entonces director de programación de la radio, Félix Betancourt quiso renovar ciertos espacios de la parrilla le propuso a algunos que le presentáramos propuestas de los programas que queríamos hacer. Recuerdo que aprobó tres nuevos programas: uno, del muy culto periodista Andrés Machado Conte; Pretextos para un Domingo, mi proyecto; y Estaciones, de Ismael Cala.
De todos, la iniciativa más ambiciosa era la de Cala, un programa nocturno franjeado con varios desafíos, entre ellos tomar en cuenta la opinión y participación de los oyentes, algo que se prohibió desde que una madrugada en el programa Sonido, un oyente gritara al aire una frase en contra de “el líder”.

Creo que nunca le conté a Ismael. Pero tras la primera semana de estreno de nuestros programas, la envidia y la mala energía se percibía en aquellos pasillos. Se murmuraba y se hablaba a escondidas. Es casi anecdótico, la misma persona -influyente persona de la radio- que me dio su opinión cuestionadora y confidencial de Estaciones daría a otros su opinión cuestionadora y “confidencial” acerca de Pretextos para un Domingo. A mí me dijo que no le gustaba Estaciones porque le parecía radio de provincia. A muchos otros, les dijo que no le gustaba Pretextos porque no era un programa para Rebelde sino para Radio Ciudad de La Habana, una emisora que se desmarcó de la programación habitual de la radio cubana para entregar una propuesta cultural que identificó a toda mi generación. No sé si a Ismael le costó defender su proyecto o tuvo que hacer concesiones, pero a mí semana a semana se me pedía que hiciera cosas que yo no quería hacer. Nunca iba a producir un programa como querían otros. Algún día contaré la suerte y las presiones de esos años, que terminaron por desmotivarme y por darle la dirección del programa a la fallecida locutora Gladys Goizueta.

A pesar del conventillo y las envidias, ajeno al entorno, Cala logró posicionar Estaciones como uno de los mejores programas de la emisora. Se ganó la buena crítica, incluso, del periódico oficial Granma y lo más importante la audiencia de miles y miles de cubanos que noche a noche esperaban su voz y la de Jossie Jiménez.

A la par, llegó a la edición de cierre del Noticiero Nacional de la televisión cubana desatando otro huracán. Con él reemplazaban al rígido locutor de la emisión. Eso le costó una campaña desatada en su contra. Lo conversamos varias veces y me impresionó la manera en la que asumía sus desafíos. Si había guerra, la guerra era de otros, no la de él. Cala se enfocaba en hacer su trabajo, y cada vez mejor.

Por lo mismo, cuando el famoso comunicador Vicente González Castro quiso revivir los programas de participación en la televisión local –hasta entonces excluidos de la parrilla socialista- y sacó en las tarde del sábado un espacio de concursos y regalos, pensó en Cala para la conducción. Eran tres animadores pero de todos – y no porque sea mi amigo – el único que lo hacía bien era él. Recuerdo a su compañera de animación y se me erizan aún los pelos, al revivir la cantidad de errores que cometía.

Todo lo llevaba de la mano con sus espectáculos turísticos en importantes hoteles de la ciudad. Una de esas presentaciones lo llevaría a Canadá… un viaje sin retorno definitivo.

DIGAN LO QUE DIGAN

Las radios chicas a veces pueden ser unos oasis de libertad en medio de la vigilancia y el control. Por eso, al margen de que yo trabajaba en medios nacionales, nunca dejé de hacer cosas en emisoras de La Habana. En Radio Cadena Habana creé un programa para las mañanas de domingo. Lo promocioné como “un programa sin nombre”. Y los oyentes concursaron el primer día para colocarle título. Quedó la propuesta de un auditor: DIGAN LO QUE DIGAN.

Cada semana llevaba a un personaje público a quien invitaba a hablar de sus frustraciones, de sus sueños, de sus inconformidades y de alguna manera los incitaba a hablar de temas que se comentaban “bajito”; ese personaje ponía el tema para participación de los oyentes.

Vicente González Castro el director de televisión de Ismael Cala fue mi invitado, tras la confirmación de que Ismael no regresaría a Cuba; o sea, ya se había dicho la frase lapidaria “se quedó”. Invité al profesor de televisión para hablar de su programa, pero en realidad  mi motivo oculto era preguntarle por Ismael. En Cuba todos comentan acerca de los que se quedan, menos los medios. Cuando un personaje público decide vivir fuera, se hace un resquicio de todo lo que huele a él y la prohibición es permanente. Nunca se ha informado de quienes se van del país; y lo encuentro hasta lógico; no habría espacio para hablar de otros temas tomando en cuenta la cantidad de gente que arranca a la menor oportunidad.

Pensé que me iba a costar más, hacer que Vicente hablara. Sin embargo, apenas mencioné el nombre de Cala, el teórico de la comunicación se explayó. Lo nunca antes visto. Conversamos y debatimos acerca del derecho o no de un cubano a quedarse fuera del país. Mientras aquel programa transcurría mí yo interior decía “este puede ser el último programa”. Apenas puse un disco, me llama el controlador: “Álvaro, teléfono”. No tenía dudas. De la dirección de la radio, me pedían por favor que “cortara” el tema, porque nos íbamos a buscar un problema. Casi lo sentí como una súplica. Era domingo, los directores estaban en la casa y nosotros teníamos los micrófonos abiertos. El poder estaba en nuestras manos.

Lo recuerdo como el mejor capítulo que me tocó hacer de Digan de lo que Digan, ese fue quizás el único capítulo en el que tuve oportunidad de ser coherente con el nombre del programa. Al menos por la sensación de libertad y la satisfacción de haber hablado de un tema “imprudente”. Le dije a Vicente, vamos a tener que ir cerrando el tema de Ismael. ¿Y por qué? – respondió González Castro. ¡Adivina¡ – concluí. A la vuelta de la música, el profesor había quedado atragantado, con cosas por decir, y retomó el asunto.

Vicente defendió firmemente el derecho de Cala a quedarse en el país que le diera la gana. Pero estaba dolido. Había perdido la mejor carta de su programa, ya cuestionado por haber incluido empresas auspiciadoras. También hablamos de las presiones que recibía del ICRT por el tema de la publicidad… Lo noté todo el tiempo dolido. Dijo firmemente: “yo no lo perdonaré jamás”. ¿Y por qué tendrías que perdonarlo? – me asombro ciertamente su afirmación. ¿Será por haber “traicionado a la patria”? – me lo cuestioné internamente porque eso sí no lo podía decir al aire. Y entonces entendí mejor. Vicente estaba furioso porque Ismael no le contó de su decisión. ¡Yo me consideraba su jefe y su amigo¡ Le di toda la confianza del mundo y él no confió en mí para contarme que no regresaría – concluyó. Cala no podía contar que se iba, como casi ninguno lo cuenta. El secreto es parte del éxito en las operaciones de escape de Cuba.

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Periodista, director y fundador de Chile Ajeno.

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