El pasado domingo 22 de marzo, la comunidad mexicana en Chile despertó con una noticia que nos dejó heladas: México estaba «en llamas». A través de mensajes de WhatsApp, noticieros sensacionalistas o redes sociales, circulaba la información sobre la violenta respuesta de los cárteles tras la captura de «El Mencho», uno de los narcotraficantes más buscados del país, especialmente en los estados de Jalisco, Nayarit y Michoacán.
Hechos como este no son nuevos para quienes conocemos de las violencias en México y deben analizarse cuidadosamente para evitar caer en respuestas punitivistas que priorizan la militarización sin solucionar las problemáticas sociales de raíz. 20 años de guerra contra el narco nos han demostrado que esa estrategia no funciona.
Entre las conversaciones que surgieron esos días, una preocupación nos atravesó a quienes hablamos sobre derechos humanos se hizo presente: el riesgo de que el miedo alimente discursos que piden mano dura, como si la solución a la violencia fuera más violencia.
Por poner un ejemplo, al día siguiente, varias personas tanto en México como en el exterior compartían videos del CECOT en El Salvador como modelo de «seguridad», diciendo que los derechos humanos estorban. Como si fueran un lujo que no nos podemos permitir. Ver eso preocupa, porque sabemos que ese camino no lleva a la paz, sino a más exclusión, más persecución y más dolor para quienes ya viven en los márgenes. Y en un mundo donde los autoritarismos crecen disfrazados de soluciones rápidas, es más urgente que nunca defender lo que nos ha costado décadas construir: la dignidad de todas las personas, sin excepción.
Pero más allá del análisis político, lo que esa semana nos demostró es que las crisis se viven en el cuerpo y en las emociones de quienes estamos lejos. Porque una cosa es entender la violencia desde la razón, y otra muy distinta es sentirla en el estómago cuando no sabes si tu familia está bien. Esa complejidad de emociones —miedo, impotencia, ansiedad- no se resuelve con análisis, sino con apapachos que, aunque sean virtuales, sostienen.
Para quienes tenemos familia en los estados afectados, la angustia se multiplica. Duele no estar, duele no saber. Ese día vivimos impotencia, miedo y una calma culpable por encontrarnos lejos. La incertidumbre crecía con cada mensaje. Y como suele pasar, el morbo de algunos conocidos chilenos apareció: «¿Es verdad que quemaron tiendas?», «¿Hay balaceras cerca de tu casa?». Preguntas que, sin mala intención, reviven el trauma y profundizan la soledad.
Esta actitud no es nueva en Chile. Entre mexicanas es común quejarnos de cómo nuestra cultura se reduce al Chavo del 8 o la telenovela Carrusel y casi siempre termina con chistes sobre narcotráfico. Esperan nuestra comprensión ante frases como «¿Y eres familiar del Chapo?» o «no la hagas enojar, es mexicana». Incluso llaman «la mexicana» a un tipo de robo entre grupos del crimen organizado. Un pésimo chiste para una situación nada graciosa.
Pero frente a la crisis, surge el cuidado colectivo. Junto a RATT Chile, la Red de Mexicanas en Chile y La Carnalita, organizamos un encuentro virtual de primeros auxilios psicológicos. Doce mujeres de distintos estados nos reunimos para conversar. Una psicóloga especializada en Primeros Auxilios psicológicos de RATT Chile nos guió en el encuentro. Además, otra compañera activista migrante, al enterarse, ofreció cuatro sesiones de acompañamiento terapéutico a quien más lo necesitara.
En el encuentro compartimos sentires que creíamos sólo nuestros. Dimos nombre a lo que nos atravesaba y nos permitimos no ser siempre fuertes. Llorar, enojarnos, sentir miedo. Hablamos de lo difícil que fue seguir con la rutina. Y entendimos que, ante la violencia, también está permitido detenerse.
Una de las emociones que más apareció fue la impotencia ante la lejanía. ¿Cómo calmas a tu mamá o a tus sobrinos? ¿Cómo te calmas a ti misma cuando sientes que no entienden tu angustia? Esa mezcla de querer ayudar y no poder desde la distancia fue un tema central.
Gracias a RATT Chile, aprendimos a alejarnos de redes sociales que solo acumulan estrés, a identificar señales previas a una crisis de ansiedad y técnicas para detener conversaciones hirientes o «hacer tierra» ante la angustia en el cuerpo.
La soledad en la migración duele más en crisis. Pero el encuentro demostró que no estamos solas. Que vale la pena tejer redes entre personas y organizaciones. Acercarnos a otras comunidades que enfrentan violencias semejantes, como la colombiana, y apoyarnos en medios y colectivas feministas que difunden estas iniciativas.
Aprovecho este espacio para agradecer a Teresa Perez Cosgaya, a RATT Chile, a la Red de Mexicanas en Chile por su apoyo en la organización como a los medios y cuentas que apoyaron en la difusión como Revista Sur, Radio Brasil, OK Radio, Radio Universidad de Chile, Medio Libre La Zarzamora, Coordinadora Feminista 8M, InvestigAccionate, Teatro Comunitario Novedades, Raíces de Resistencia, y a otras muchas organizaciones y emprendimientos de mujeres y diversidades mexicanas que se sumaron al cuidado mutuo.
El acompañamiento colectivo sirve. Ayuda a transformar la angustia en comunidad, y la distancia en abrazo. Porque cuando nos escuchamos, también nos cuidamos.
