En las estadísticas oficiales del Ministerio de Salud en Chile, la causa de muerte suele resumirse en dos palabras clínicas: «Diabetes Mellitus tipo 2» o «Paro Cardiorespiratorio». Sin embargo, para una mujer migrante de tercera edad, originaria del Caribe o de los limítrofes, esa diagnóstica es sólo el capítulo final de una larga novela de precariedad. Afirmar que estas mujeres migrantes «mueren de diabetes» es un acto de despolitización de la muerte. Es ignorar que sus cuerpos no fallaron por azar biológico, sino que colapsaron bajo el peso de trayectorias vitales marcadas por el racismo institucional, la feminización de la pobreza, de la migración y la exclusión sanitaria.
En Chile, si bien las enfermedades cardiovasculares y la diabetes encabezan las listas de mortalidad en mayores de 60 años, el riesgo no se distribuye de manera equitativa. Se concentra en los quintiles de menores ingresos y, dentro de estos, en poblaciones con acceso tardío a la prevención, como lo reconoce el propio Ministerio de Salud (MINSAL, 2023). El Instituto Nacional de Estadísticas complementa el panorama: la población migrante se concentra en empleos precarios y altas tasas de informalidad (INE, 2022). Sin embargo, Chile carece de una epidemiología con lentes de género y raza. No hay datos desagregados que midan el impacto específico en la mujer migrante mayor, lo que constituye la primera violencia epistémica y geriátrica: lo que no se mide, no existe, y lo que no existe, no amerita política pública.
El cuerpo como archivo: cuando la opresión deja marcas metabólicas
La ciencia médica contemporánea, avalada por la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2022), sostiene que las enfermedades crónicas no transmisibles son moldeadas por determinantes sociales y económicos. Para la mujer migrante mayor en Chile, esta no es una abstracción teórica. Es la traducción fisiológica de una vida en resistencia.
La hipertensión y la diabetes aparecen aquí como inscripciones corporales de lo que se conoce como «aluostasis» —el desgaste del organismo por la activación crónica de la respuesta al estrés—. Haber vivido procesos migratorios forzados, trayectorias laborales confinadas al trabajo doméstico y de cuidados no remunerados, además de la constante negociación de barreras lingüísticas y administrativas, genera un estado inflamatorio basal. El infarto no es entonces un evento súbito, sino la gota que rebasa un vaso lleno de décadas de dificultades de inserción socioeconómica en el territorio receptor— racismo cotidiano y exclusión en todo ámbito—.
La falacia del plato: colonialismo alimentario y entornos obesogénicos
Existe una tendencia reaccionaria a culpar a estas mujeres por sus hábitos alimenticios, racializando la comida como un factor cultural inmodificable. Esta visión ignora la historia de la «transición nutricional» en el Sur Global. La introducción masiva de azúcares refinados, harinas blancas y productos ultraprocesados no fue una elección cultural autóctona, sino una imposición de la agroindustria colonial y neocolonial (Popkin, 2017).
Al llegar a Chile, estas mujeres no solo cargan con esa historia, sino que se insertan en los llamados «entornos obesogénicos» de las periferias urbanas. Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS, 2021), los barrios pobres tienen menor acceso a alimentos frescos y una sobresaturación de productos ultraprocesados de bajo costo. La dieta no es una elección en un mercado de opciones restringidas.
Sistema sanitario segmentado: el doble castigo de ser mujer y migrante
El sistema de salud chileno, segmentado entre lo público y lo privado, opera como un reproductor de desigualdades. Las mujeres migrantes mayores, usuarias mayoritarias de la atención primaria pública, se enfrentan a una «doble violencia».
La primera es estructural: consultas exprés, burocracia para acceder a controles, y una prevención cardiovascular que rara vez considera sus trayectorias de vida. La segunda es simbólica y clínica. La literatura internacional es contundente: las mujeres, y en especial las mujeres racializadas, reciben diagnósticos más tardíos y tratamientos menos agresivos para enfermedades cardiovasculares que los hombres blancos (Davis et al., 2020). Sus síntomas de infarto —que suelen diferir del clásico dolor en el pecho— son minimizados o atribuidos a la ansiedad, al estrés o a la «somatización cultural». El sistema no está entrenado para escuchar sus cuerpos.
Conclusión: Hacia una salud pública con memoria
Las mujeres migrantes mayores en Chile no constituyen un «grupo de riesgo» por su genética. No hay un gen migrante que predisponga a la diabetes. Lo que existe es un sistema social que vuelve patógenas las condiciones de vida.
Nombrarlas como víctimas de enfermedades crónicas es insuficiente si no se nombra la causa raíz: el racismo estructural, la precariedad laboral histórica y la negligencia institucional. Sus enfermedades no son fallas personales, sino memorias corporales del colonialismo. Leer sus cuerpos como archivos históricos es el primer paso para que el Estado chileno a través del Ministerio de Salud pase de administrar la muerte de estas mujeres a garantizar su derecho a una vida sana y digna.
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Texto Inspirado tras leer el articulo “Immigration, colonialisme et maladies chroniques : ce que disent les corps de nos mères”
Farton Bink, Frustration Magazine.
¡Que su abuela descanse en paz!
