En vísperas del 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres Trabajadoras, y de la toma de mando del nuevo gobierno en Chile, me hago una pregunta que no deja de hacerme ruido: ¿y las mujeres migrantes, dónde estamos?
Fronteras militarizadas. Más de 500.000 personas en situación de irregularidad (por negarnos la regularización). Pactos políticos transversales para sostener un clima de criminalización hacia la migración y desmantelar derechos conquistados. Un gobierno saliente que profundizó la política de expulsión de Piñera y un gobierno entrante que cosechó votos con propuestas racistas y xenófobas.
Hemos repetido hasta el cansancio, durante años, en múltiples voces y en todos los espacios posibles, las problemáticas que atraviesan a nuestra comunidad (altamente estigmatizada, por cierto), y en particular a las mujeres y diversidades. Y, sin embargo, es como si ya no importara en absoluto. Como si la indiferencia ya hubiese echado cimientos en el asfalto. Se ha instalado un consenso social que normaliza el estigma y relativiza la garantía de derechos para “personas que no son de aquí”. El rechazo y la sospecha se volvieron automáticas.
Hoy parece que ya no alcanzan las palabras para explicar algo tan simple: ser migrante no significa ser delincuente y migrar no es un delito. El miedo es una herramienta de dominación feroz. Los gobiernos lo saben y lo utilizan: para controlar, para disciplinar, para construir enemigos externos, para reforzar identidades que jerarquizan unos cuerpos por sobre otros: blanco versus no blanco, bueno versus malo, nacional versus migrante. En esas dicotomías dejamos de ser personas y nos convertimos en cuerpos obligados a asimilarse, ser mercantilizados, tener una actitud de sumisión o sino somos descartables. Cuerpos sin permiso para existir en un territorio donde no nacimos (aunque muchas veces esos mismos territorios hayan sido los que nos expulsaron).
Como si las migraciones internas y externas no hubieran construido hace siglos el país que se conoce hoy. Como si los antepasados que cruzaron océanos no formaran parte de las historias familiares que hoy se cuentan como orgullo nacional. Como si ciudades enteras no se levantasen sobre tierras que fueron robadas a quienes eran realmente originarias de ellas, en los procesos de colonización y genocidio. Defender los territorios ancestrales y devolver las tierras robadas a los pueblos originarios es una deuda histórica que compartimos. Junto con ello, también reivindicamos que los seres humanos somos gente de la tierra, y no podemos ser despojadas de ella a cualquier lado que vayamos, como si fuéramos intrusas en el mundo.
Todas las semanas me preguntan de dónde soy. Respondo: de Valparaíso, la tierra que me acogió desde que llegué a Chile. Y la respuesta incomoda: me corrigen, me dicen que no, que de ahí no soy, que soy de otra parte. Lo dicen por mis rizos, mi tez morena, mi acento caribeño.
Es extraño habitar un lugar, amar sus cerros, su mar, caminar por sus calles durante años, construir vínculos, y que aun así te digan que no perteneces. Cuando el arraigo se va tejiendo desde que llegamos, nutriendo sus raíces con diferentes savias. En los procesos de arraigo vamos entramando la vida punto por punto: en los afectos, en la presencia cotidiana, en los vínculos de vecindad, de amistad, de compañerismo, en la solidaridad que sostiene los días. Allí también se construye territorio.
Me pregunto cada vez más cómo se forjan nuestras identidades en movimiento. Cómo se habita el mestizaje del presente cuando se nos niega el derecho a nombrarlo, a sentirlo, a habitarlo (desde eso que llaman interculturalidad). Nuestro espíritu se transforma y profundiza con las experiencias vividas, pero el relato dominante insiste en fijarnos en un origen inmóvil.
El alma se alimenta de los pueblos a los que llegamos, de la comida que compartimos, de los paisajes que se quedan fijados en nuestras pupilas, de las rutas que seguimos para llegar a un destino que posiblemente no sea el final, siguiendo la pista de nuestro corazón. Casi como un rito inevitable, cada año emergen las mismas preguntas -para miles de personas, y para mí-: ¿qué hago acá? ¿De dónde soy? ¿Hacia dónde voy?
Cuando hablamos de inclusión no pedimos un pedazo de país o buscamos desatar una competencia de derechos, de unos por sobre otros. Queremos que se reconozca que somos comunidades enteras que convivimos y construimos en este territorio en conjunto.
No estamos aquí para amenazar. Estamos aquí porque existimos en movimiento, somos parte de este presente y también somos un pueblo valiente que no va a permitir que nos devore la injusticia porque haya ganado la deshumanización. Nuestra insistencia es por la vida.
