La cosa es contigo, conmigo y con todes

El año pasado no fui a la marcha del 8 de marzo porque a pesar de que creo profundamente en la importancia de los feminismos para lograr una sociedad equitativa, me ganó el cansancio acumulado. Las horribles cifras de mujeres y diversidades sexuales maltratades y/o asesinades no mejoran, la brecha laboral sigue existiendo pese a algunos avances, las labores de cuidado siguen  

recayendo mayoritariamente en mujeres, el mundo ha dado un vuelco a un tradicionalismo  recalcitrante que nos violenta cada vez más y ha encontrado en redes sociales un nicho de  masificación de la violencia. Claro que a veces hay noticias buenas y con perspectiva de género – la  despenalización del aborto en Argentina, Colombia, México, la licencia menstrual en España, etc.- que, además, son las primeras que se ponen en duda al cambiar el mandato de turno. 

Ad portas de esta fecha, en unos días más subirá un gobierno de ultraderecha con una ministra de la mujer que legitima los rosarios sobre los ovarios y un presidente que en sus políticas amenaza de frente nuestro derecho a la movilidad humana. Montado en la misma ola global de conservadurismo, Chile vuelve a un nacionalismo exacerbado que constantemente nos recuerda “Chile para los chilenos” y “Por la razón o la fuerza”. 

Si a la violencia de género le sumamos la migración, la sensación de agotamiento es doble. Antes que nada, debo resaltar la valentía de migrar y la fuerza para sostenernos lejos de nuestros círculos creando y nutriendo nuevos vínculos, lo anterior sin la pretensión de hacer algún tipo de olimpiadas  de la opresión. 

Sin embargo, ser mujer migrante implica además convivir con la exotización, con el constante “dime papacito” -y sus múltiples versiones según la nacionalidad-. Si me dieran 1000 pesos por cada vez que menciono que soy colombiana y me lo dicen de vuelta, ya tendría casa en Zapallar y otros 1000 pesos por cada “devuélvete a tu país”, casa en el lago Ranco también. Es curioso ver cómo el deseo y el rechazo del otro hacen las veces de departamento de extranjería y migraciones, convirtiendo  mi cuerpo en mi primera frontera, siendo aceptado sólo si permite ser mirado o rechazado si tomo agencia del mismo. 

Por si fuera poco, dentro de esas cifras que parecen no cambiar, daré un ejemplo un poco reduccionista por cuanto es experiencia personal pero bastante ad hoc a todo lo expuesto anteriormente: Hace poco una mujer de otra nacionalidad subió un video con visibles hematomas en su cara, denunciando que su ex pareja había violado la orden de alejamiento y la había golpeado. Decía: “si algo me pasa, el responsable es él y el Estado”, pues el tipo andaba libre tras un fallo de la corte. Ésta situación es tristemente posible en el país de cada lector, pues el problema no es la nacionalidad sino la estructura de poder. No obstante, más allá de lo dolorosamente obvio, el video en el momento que lo vi tuvo muchas reacciones y reposteos, lo cual dentro de mis contactos de Instagram noté que 40 personas lo habían compartido, 39 mujeres y disidencias, pero 1 solo hombre cisgénero. 

UNO SOLO. 

Un hombre que había decidido no ser indiferente ante la violencia de género; tal vez sea mi algoritmo, los perfiles que sigo y mis amistades, que me salen tantas publicaciones sobre feminismo, y en un ojo que ha encontrado una alerta que no es tan invisible, me puse a indagar y descubrí que quienes seguimos esas páginas somos mayoritariamente mujeres. ¿Por qué?, ¿por qué esta conversación es mayoritariamente femenina?, ¿por qué pasa desapercibida sólo porque no se padece en carne propia? Porque para quien no lo vive, muchas de estas cosas ni siquiera parecen violencia, o simplemente “no es mi problema”. 

El patriarcado no es algo que sólo nos pase a nosotras, es una forma de relacionarnos que asigna poder y privilegio de manera desigual, y que, al mismo tiempo, impone mandatos rígidos sobre cómo deben existir las personas. Y si quienes sostienen mayoritariamente esa estructura no logran entender, empatizar o ser cuestionades – porque claro, ¿quién quiere soltar una posición de privilegio porque sí? -, corremos el riesgo de convencernos de que estamos avanzando mientras el sistema sólo se adapta al furor del momento. 

Siendo la población masculina el 50,5% de la población mundial, la búsqueda de la equidad de género no puede construirse únicamente entre mujeres. Un sistema sostenido también por masculinidades no cambia si estas permanecen fuera de la conversación. 

Mientras debatimos entre nosotras y hablamos con expresiones cada vez más académicas, se  margina al mismo tiempo a un grupo no menor bajo la lógica de “hay mucha información en internet  y te puedes informar solitx, no tengo por qué educarte”. Es verdad, abunda la información -y la  desinformación- , también es cierto que las personas pueden ser independientes y aprender de  forma autodidacta. Pero yo no aprendí de feminismo sola, claro que busqué, pero a mí me enseñó  mi mamá sin saberlo, me enseñaron, amigas, compañeras, autoras, psicólogas y no importa el  género de quién nos enseña, yo aprendí porque me enseñaron, y asimismo enseñando se aprende,  la incomodidad se comparte para que sea llevadera pero también hay que tener apertura para  educarse. 

Los avances de los feminismos han sido innegables, han transformado leyes, lenguajes, espacios y vidas. Pero ninguna evolución cultural se consolida desde un lado de la relación. Si el diálogo no  logra involucrar a quienes nunca se sintieron parte del problema entonces el sistema se mantiene  intacto -¿por qué tantas personas se permiten no escuchar? -. Y mientras nos quedamos hablando  sólo entre convencides alimentando esta diferenciación dicotómica simplista entre “yo buenx y tú malx”, se genera un efecto rebote que se puede evidenciar en la aparición de la machosfera y los  gurús de masculinidad. 

La equidad de género se logra incluyendo a todas las personas, con una perspectiva interseccional que entienda que no todes vivimos las mismas violencias porque no es lo mismo cuando el cuerpo  también es migrante, racializado, precarizado o disidente. Una visión abierta a expresar y a enseñar  pero que al mismo tiempo exige cuestionar para que las masculinidades desde sus experiencias interpelen comportamientos machistas, más allá de pensar “otra vez” es “¿por qué esto es normal?”. Enseñar desde la empatía y aprender desde la empatía. 

En un contexto político donde nuestros derechos fundamentales se vuelven a poner en duda y se endurece la retórica, este año volveré a marchar con la perspectiva de que, si el sistema es relacional, la transformación también debe serlo y eso implica preguntarnos qué y cuánto de lo que hacemos -o no- contribuye a que todo siga igual.