La injusta detención de un chileno en Brasil por un gesto racista. La comunidad haitiana en Chile puede explicar la injusticia

No todos los hechos que incomodan llegan solamente para avergonzarnos, porque a veces también traen una oportunidad para aprender algo. Hace siglos, el escritor francés Jean de La Fontaine lo recordó en su fábula El león y el ratón, donde escribió “On a souvent besoin d’un plus petit que soi”. En otras palabras, muchas veces quienes parecen más pequeños o menos importantes terminan enseñándonos algo valioso. Conviene aclararlo, no porque sean realmente menos importantes, sino porque algunos todavía se creen más grandes que los demás. Algo parecido ocurrió con la llegada de la comunidad haitiana a Chile. Durante años, el país tuvo frente a sí una oportunidad para aprender, entre otras cosas, sobre el racismo y la convivencia. Sin embargo, en lugar de detenerse en esos aprendizajes posibles, buena parte del debate público prefirió concentrarse en el prejuicio, la ignorancia y el espectáculo. Y aunque es justo reconocer el esfuerzo que han hecho algunas universidades y profesionales antirracistas para enfrentar el problema, el Estado en general ha mostrado muy poco interés frente a un tema que requiere educación, debate y políticas claras.

La discusión volvió a aparecer hace unos días en Brasil. Durante el partido de Copa Libertadores entre O’Higgins de Rancagua y Esporte Clube Bahia, disputado en el estadio Arena Fonte Nova, un joven chileno fue detenido por la policía brasileña tras ser acusado de realizar gestos racistas dirigidos a jugadores del equipo local. Las imágenes captadas por las cámaras del estadio mostraron al hincha imitando el gesto de un mono. Desde entonces, el joven permanece en prisión preventiva mientras la justicia brasileña investiga el caso.

A primera vista, podría parecer simplemente el caso de un hincha que cruzó un límite evidente. Sin embargo, la situación también obliga a hacerse una pregunta, quizás incómoda: ¿cuánto de lo ocurrido pertenece realmente a la decisión de un individuo y cuánto refleja un problema social mucho más profundo?

Sí, podría decirse que hay algo injusto en todo esto para el joven chileno detenido en Brasil. No necesariamente en la reacción de la justicia brasileña, sino al mirar la situación desde Chile. Durante años, en Chile, gestos como ese han circulado en estadios, redes sociales y conversaciones cotidianas sin provocar mayor escándalo. En ese ambiente, el racismo deja de percibirse como una agresión y comienza a parecer algo normal, a veces incluso acompañado de un cierto orgullo difícil de asimilar. Tal vez por eso las palabras de algunos familiares no sorprendieron demasiado cuando, en reportajes televisivos, se dijo que el joven ni siquiera sabía si lo que había hecho era realmente malo.

Una mirada rápida a lo ocurrido en los últimos años muestra que el problema no se reduce a un caso aislado ni a un episodio reciente. El racismo ha aparecido repetidamente en distintos espacios de la vida pública chilena sin provocar una discusión proporcional a su gravedad. En el deporte, por ejemplo, no han faltado casos que lo evidencien, desde el defensor haitiano Ricardo Adé, que terminó dejando el fútbol chileno, hasta el más reciente de Manley Clerveau, quien incluso recibió palabras de apoyo desde la FIFA tras sufrir ataques racistas. En el caso de las mujeres también existen antecedentes, desde Berline Castillo hasta Jenefer Jesunio.

Entre los muchos episodios que han marcado estos años, hay algunos que resultan difíciles de olvidar. Hace nueve años Santiago amaneció con los basureros comunales cubiertos de papeles donde aparecía la imagen de un mono acompañada del mensaje “Haitian go home”. Casi una década después, las redes sociales siguen mostrando escenas similares, donde usuarios desatan insultos racistas contra niños negros simplemente por aparecer vestidos con trajes tradicionales chilenos durante las celebraciones de Fiestas Patrias. Y cuando se revisan los comentarios que acompañan esas publicaciones, aparece una legitimidad que sorprende por su naturalidad, un orgullo difícil de ocultar que deja ver hasta dónde puede llegar la brutalidad humana.

Hay una idea sencilla que suele aparecer cuando se habla del aprendizaje humano. Nadie nace sabiendo que el fuego quema. Un niño puede acercar la mano con curiosidad porque ignora el peligro y solo aprende cuando alguien se lo advierte o cuando la experiencia le muestra que aquello hace daño, momento a partir del cual el gesto desaparece, no porque el niño se vuelva moralmente superior, sino porque finalmente comprende.

Con el racismo parece haber ocurrido algo distinto. Durante más de veinte años Chile ha convivido con una comunidad haitiana visible, trabajadora y presente en la vida cotidiana del país, una convivencia que bien pudo convertirse en una oportunidad para aprender algo tan elemental como reconocer al otro en igualdad. Sin embargo, para muchos esa presencia terminó transformándose en otra cosa y el racismo pasó a ser motivo de burla y de entretención. En ese ambiente no resulta extraño que algunos terminen creyendo que se trata de algo inofensivo porque lo ven como una grandeza, una creatividad espontánea o una señal de superioridad frente a quienes consideran diferentes, lo que revela hasta qué punto el problema no se limita al acto de una persona sino a una cultura que durante demasiado tiempo ha tratado el tema con una ligereza preocupante.

Las propias reacciones de la familia del joven parecen reflejar esa misma incomprensión. En declaraciones públicas, su madre llegó a señalar que, si era necesario pagar dinero para que su hijo regresara a casa, estaba dispuesta a hacerlo, una frase que introduce un elemento inesperado en medio de un caso marcado por el racismo. El deseo de una madre de ver a su hijo de vuelta es comprensible, pero resulta revelador que la conversación termine desplazándose con tanta rapidez hacia una cuestión de dinero. Esa forma de abordar el problema también se observa en muchos debates televisivos de Chile donde, incluso con la presencia de expertos internacionales, la discusión se centra simplemente en cuáles son las fórmulas para que el joven regrese al país, así el racismo que provocó el conflicto desaparece del debate y termina apareciendo implícitamente como algo normal.

La reacción del padre apunta en la misma dirección cuando pide disculpas al “bello país que es Brasil”. La frase puede sonar respetuosa, pero deja una sensación extraña, porque en ella aparece el país y la cortesía diplomática, mientras desaparecen precisamente las personas a las que iba dirigido el gesto racista. Habla de manera correcta, pero no desde la sensibilidad que exige lo ocurrido, como si el problema fuera el lugar donde sucedió el episodio y no el gesto en sí, lo que hace difícil que aquello se transforme en un aprendizaje real.

En ese sentido no podemos culpar al joven. Es más, probablemente deberían dejarlo volver tranquilamente a Chile, porque en realidad no tiene plena conciencia de lo que hace. Lo entiende como algo admirable. Si culturalmente ese comportamiento se presenta como algo ingenioso o incluso digno de admiración, ¿quién no querría ser admirable?

Si los abogados del joven quisieran construir una defensa coherente, podrían empezar por ahí. No tendrían que hablar demasiado del muchacho. Bastaría con recordar el contexto en el que creció y la forma en que durante años este tipo de gestos circularon entre bromas y risas. Después de todo, Chile ha convivido por más de dos décadas con una comunidad haitiana que bien pudo haber sido una profesora silenciosa sobre lo que significa el racismo. Sin embargo, esa oportunidad parece perderse frente a una soberbia demasiado extendida. Una soberbia que termina por volver invisible el dolor que el racismo provoca en adultos y en niños, y que explica por qué ese sufrimiento no se traduce en verdadera sensibilidad social, en políticas públicas decididas o en una educación capaz de anticiparlo y enfrentarlo.

Tal vez por eso, tarde o temprano se terminará entendiendo que el problema no afecta únicamente a las personas que reciben el racismo, sino que también alcanza a los jóvenes que lo repiten creyendo que se trata de algo ingenioso o admirable, sin advertir que el mundo es más grande que el ambiente en el que crecieron y que, fuera de él, las cosas que normalmente tienden a celebrar no despiertan admiración sino desconcierto.