Abordar la perspectiva vivencial de la existencia desde la segregación, el despojo, la exclusión, la precarización, la racialización resulta más que un fenómeno migratorio como objeto de estudio psicosociocultural. Debería considerársele como una inevitable condicionante directa en la construcción de la propia subjetividad de quienes, una vez que migran, habitan nuevos espacios. Lxs cuales no sólo son vulneradxs desde lo más visible – la incapacidad de lograr convivir sin limitantes socioculturales -, sino también por prácticas políticas e institucionales que ejercen control y amenaza de deportación.
Es aquí, donde nos enfocaremos: en la deportabilidad. En la experiencia cotidiana, el hecho de ser identificadxs como sujetos irregulares – legal y administrativamente hablando -, se representa en la psiquis como un sobrevivir a partir de un estado de alerta constante. En el horizonte de posibilidades está siempre presente el momento en que puedan llegar a ser expulsadxs del territorio actual.
Si bien los efectos del riesgo de deportación resultan importantes de considerar en el análisis a nivel psicológico – a partir de la sintomatología específica de ciertas afecciones de salud mental – como el de ansiedad, de depresión o estrés postraumático, entre otros-, también es relevante tener presente, a nivel de imaginario colectivo, el origen político de las consecuencias del riesgo de deportación en la salud mental de quienes inmigran. Este origen se identifica a partir de una compleja conceptualización: el régimen de deportabilidad, el cual se fundamenta como una estructura de poder. Desde la vigilancia, este régimen determina a lxs inmigrantes como personas, además de “ilegales”, como “indeseables”; un sistema global que produce y mantiene jerarquías raciales y sociales, determinando a la población migrante como una mercancía explotable y desechable.
Tras mencionar esto, podemos retomar la condición de irregularidad. Esta trasciende lo administrativo-jurídico, pues permea lo más profundo de la existencia. Por lo tanto, estamos ante una problemática que, si bien es psicosociocultural, también es política. Es a partir de todas estas variables, que es posible validar que la salud mental de quienes viven en permanente riesgo de ser deportadxs, es afectada de una cruda manera.
Ya de plano en el campo de la salud mental, podemos comprender lo que se ha denominado como síndrome de deportabilidad. Es desde el racismo institucional -como factor político- que se desencadena un ciclo pernicioso: una etapa administrativa que establece la condición de irregularidad provocando como consecuencia experiencias traumáticas. Estas últimas refieren a que un malestar psicológico – sentimientos de desesperanza y tristeza profunda – experimentado en lo cotidiano a partir del miedo generalizado a todos los aspectos vitales. La incertidumbre sobre el propio futuro y ante una posible ruptura de lazos sociales y familiares es abrumadora.
El temor, como el resultado de la elaboración interpretativa de la propia vida, se forja por el miedo a verse en una situación de aislamiento. Aquí la autopercepción de quien inmigra, reafirma la sensación de ser alguien imposibilitadx de acceder a redes de contención significativas; le es muy difícil zafar de la estigmatización producto de esta violencia estructural. Lo anterior, permite determinar que la subjetividad es negada: se les niega a lxs migrantes la agencia, derechos, dignidad y ciudadanía.
Esta negación, entendida como la supresión del ejercer la voluntad como derecho humano, posibilita que sea pertinente referirnos a quienes migran como humanxs representadxs como cuerpos violables; cuerpos que ocupan espacios físicos y simbólicos sin derecho a significarlos como propios. Es por esto que reforzamos la aseveración de que, la categoría del “ser-migrante” implica, a menudo, la ausencia de derechos. Sin embargo, a pesar de vivir en un estado de excepción -irregular- contínua, es realista el querer resignificar-se
como sujeto de derechos y re-significar lo colectivo; a través del desarrollo de estrategias de resistencia, de contención mutua, de lealtad e incondicionalidad.
Referencia Bibliográfica
Aguilar, M; Buraschi, D. El síndrome de deportabilidad:
un efecto del racismo institucional. https://ruidera.uclm.es/server/api/core/bitstreams/5c277f9d-667e-432e 9627-4ecbf49bcfbc/content. Instituto Internacional de Ciencias Sociales aplicadas IICSA https://institutoicsa.com/publicaciones. 2021.
