El malestar que no cabe en una pastilla
En Chile, el sufrimiento psíquico crece como una marea silenciosa. La Encuesta Nacional de Salud 2023-2024 es implacable: uno de cada cuatro adultos (25,2%) presenta síntomas de salud mental que requieren atención. La ansiedad alcanza al 20,5% de la población; la depresión, al 15,8%. Mientras tanto, el consumo de psicofármacos se ha normalizado: un 12% de los chilenos toma ansiolíticos o antidepresivos de forma regular, una de las tasas más altas de la región según la OCDE.
Pero estas cifras, por sí solas, no explican nada. Son apenas el eco de algo más profundo: la reducción del malestar humano a un desorden químico, a una falla individual, a un cerebro que no funciona bien.
En una conferencia en 2024, en el Institut d’Humanitats de Barcelona, la psiquiatra Laura Martín López lo dijo sin anestesia:
“Las hipótesis cerebral y bioquímica del sufrimiento humano […] lo único que hacen es favorecer y alimentar ese componente de peligrosidad y de impredecibilidad”.
Porque decirle a alguien que su angustia es producto de la dopamina alta o la serotonina baja no es neutral. Es un acto político. Es desposeerlo de su historia, de su contexto, de su capacidad de entender qué le pasa. Y en un país como Chile —donde el 30% de los trabajadores reporta estrés laboral severo (OCDE 2025), donde la precariedad y la desigualdad son estructurales—, esa operación tiene un nombre: individualización del sufrimiento.
El diagnóstico como clausura de la pregunta
La psiquiatría dominante convierte el dolor en etiqueta. Una persona que colapsa porque no puede más debido a su condición de desempleada recibe un diagnóstico de depresión. Una mujer que vive atrapada en condiciones abusivas, de acoso sexual en la calle y vive en alerta constante: ansiedad. Quien escucha voces después de años de violencia institucional o abuso policial: esquizofrenia. Quien desconfía de un sistema que lo ha excluido sistemáticamente: paranoia.
Y entonces, como advierte Martín López:
“El diagnóstico viene a taponar las explicaciones. A que no nos hagamos más preguntas respecto a lo que le pasa a la gente”.
El diagnóstico cierra el caso. Ya no importa si esa persona migrante ha sufrido racismo en el supermercado, si ha dormido en la calle, si le han negado el acceso a la salud por su condición migratoria. Ahora “tiene un trastorno”. El problema ya no es social, ni biográfico, ni contextual: el problema es tuyo.
“En el momento en que ya tiene un diagnóstico, el problema es tuyo”, sentencia la psiquiatra.
Y entonces, la única salida que ofrece el sistema es individual: fármacos, terapia cognitiva, libros de autoayuda con frases de Mr. Wonderful. “Tú puedes”, “tienes las herramientas”, “depende de ti”. Pero, ¿cómo puede “tú puedes” frente a un contrato precario, una inflación diaria que devora el sueldo, una red de apoyo inexistente y un Estado que mira hacia otro lado?
El síntoma: ¿un déficit o una defensa?
Aquí está el giro radical que propone Martín López, y que debería sacudir los cimientos de toda práctica clínica y social:
“Si tú crees que el síntoma es un déficit […] la asistencia va dirigida a quitarlo. Pero si lo piensas como una defensa […] lo primero que haces es preguntarte por qué lo necesita”.
Un síntoma no es una falla. Es una respuesta. Un grito. Un mecanismo de supervivencia frente a una realidad hostil. Cuando una persona migrante, afrodescendiente en Chile se “apaga”, cuando deja de salir, cuando su cuerpo dice “no puedo más”, quizás no esté “disfuncional”. Quizás esté defendiéndose de un mundo que la hiere a diario.
La psiquiatría hegemónica, en cambio, actúa como un ariete contra esos síntomas. Le da psicofármacos a quien delira hasta que ya no pueda delirar. Y entonces dicen: “se ha deprimido”. No, dice Martín López: la dejaron sin fuerzas.
Respetar el síntoma como defensa implica una ética radical: primero preguntarse ¿por qué necesita esto? ¿de qué se está protegiendo? ¿Qué historia hay detrás del vértigo, del insomnio, de las voces?
El DSM y la mentira de la objetividad
Detrás de todo diagnóstico se esconde una autoridad aparentemente incuestionable: el DSM, el manual de la Asociación Psiquiátrica Americana. Pero su construcción es mucho menos científica de lo que parece. Martín López denuncia con crudeza:
“El DSM se hace […] a mano alzada”.
No es una metáfora. Los criterios diagnósticos —cuántos meses de síntomas, cuántos ítems cumplir— se deciden por votación en una sala. Y esos psiquiatras, obligados por ley a declarar sus conflictos de interés, tienen vínculos documentados con la industria farmacéutica. ¿Casualidad? No. Es un sistema que fabrica enfermedades para vender tratamientos.
- Datos que duelen: salud mental migrante y racializada en Chile
En Chile, la población migrante —especialmente afrodescendiente, haitiana, colombiana, venezolana— enfrenta barreras estructurales que multiplican el sufrimiento. Según un informe de la Fundación Instituto de Migración (2025), la prevalencia de problemas de salud mental en personas migrantes en situación de vulnerabilidad alcanza el 38%, muy por encima del promedio nacional. Sin embargo, el acceso a atención psicosocial culturalmente pertinente es casi nulo.
El racismo cotidiano, el inacceso a vivienda, trabajo y salud de buena calidad, la irregularidad migratoria no aparece en el DSM. Pero provoca insomnio, hipervigilancia, ideación suicida. Y luego el sistema responde: “tiene trastorno de adaptación”. Como si adaptarse a la exclusión fuera una falla individual y no una herida social.
La salud mental es colectiva: más allá del cerebro aislado
No es casualidad que, en medio de este panorama, se insista una y otra vez en reducir la salud mental a una dimensión individual, orgánica y neuroquímica. Detrás de esa operación hay intereses concretos: una sociedad que apuesta por la psiquiatrización como forma de gestión del malestar.
Pero, como nos recuerda el movimiento de la reforma psiquiátrica —recogido en la voz del psicólogo Eduardo Torre—, es urgente sostener otra idea:
“Necesitamos dominar esa idea de que la salud mental es siempre colectiva y de que existe una dimensión individual y corporal, sí, claro, porque somos cuerpos, tenemos una dimensión orgánica, concreta, pero la salud mental es siempre social e histórica. Está siempre ligada a las formas en que producimos salud y enfermedad en la sociedad.”
Esta perspectiva no es un adorno teórico: es el núcleo de una lucha. Porque cuando se asume que el malestar es siempre social e histórico, la responsabilidad deja de recaer exclusivamente en el individuo y se desplaza hacia las instituciones, hacia las políticas públicas, hacia las formas de organización social.
La reforma psiquiátrica, en este sentido, no es solo una lucha del campo de la salud mental. Es una invitación a repensar las diversas instituciones sociales —la escuela, el trabajo, la justicia— y a cuestionar cómo producimos subjetividad en un orden que tiende a patologizar la diferencia.
La infancia capturada: cuando la escuela diagnostica antes de preguntar
Uno de los territorios donde esta lógica se despliega con mayor violencia simbólica es la escuela. Como advierten las voces críticas desde la psicología y la psiquiatría contemporánea —entre ellas, nuevamente, Eduardo Torre :
“Ha sido extremadamente común que la escuela sea el primer espacio en diagnosticar a los niños. La producción masiva de diagnósticos infantiles ha llegado ya a los consultorios, de forma muy abundante, incluso antes de que el propio psiquiatra realice el diagnóstico. La sociedad se ha ido acostumbrando a esto y se apropia de esos términos diagnósticos para designar los diferentes comportamientos infantiles. Esto es algo extremadamente grave.”
Lo que estamos presenciando es una verdadera psiquiatrización de la infancia: una captura de los diversos comportamientos infantiles bajo la lupa del trastorno mental. Cuando una niña o un niño no se ajusta a los ritmos exigidos por el sistema escolar, cuando su cuerpo se inquieta, cuando su palabra irrumpe o se silencia, la respuesta no es preguntar por su historia, por su familia, por el contexto que habita. La respuesta es etiquetar.
El psicólogo Eduardo Torre —durante su intervención publicada por TV Cultura y el espacio Café Filosófico CPFL recientemente — lo sintetiza con precisión:
“La patologización de la infancia en el ambiente escolar refleja un movimiento de psiquiatrización de la sociedad que prioriza el rótulo en detrimento de la escucha. Cuando el comportamiento de un niño es inmediatamente convertido en diagnóstico, el sistema educacional interrumpe la investigación sobre las causas simbólicas de aquel malestar. El diagnóstico pasa a funcionar como una nominación rígida que fija al niño en un lugar de insuficiencia, ignorando que el síntoma es, muchas veces, una respuesta del sujeto a los impasses del lazo social y del lenguaje.”
Este mecanismo no es nuevo, pero se ha intensificado. Aunque la reforma psiquiátrica combatió el aislamiento geográfico de los antiguos hospitales, asistimos hoy a un confinamiento simbólico a través de las clasificaciones precoces. En la escuela, el foco en la conducta observable —en aquello que “molesta” o “no rinde”— reemplaza el análisis de la posición que la niña o el niño ocupa en la estructura familiar, institucional y social.
El sufrimiento infantil, entonces, no es un dato aislado. Es una manifestación que solo cobra sentido dentro de una red de relaciones. Restituir el derecho a la singularidad implica tratar el comportamiento no como una falla a ser corregida con fármacos o con adaptaciones curriculares vacías, sino como un discurso —un discurso que demanda ser descifrado más allá de las rejas diagnósticas.
Si en la vida adulta el diagnóstico tapa las explicaciones sociales, en la infancia tapa también la posibilidad de una escucha atenta a lo que el síntoma dice sobre la familia, sobre la escuela, sobre un mundo que se ha vuelto inhóspito incluso para los más pequeños.
Las preguntas que nos negamos a hacer
Desde el trabajo social crítica, la pregunta no puede ser “¿qué tiene esta persona?”. La pregunta es “¿qué le ha pasado?”.
¿Qué le ha pasado a esa mujer migrante que escucha voces que la insultan? ¿Alguien más la ha insultado antes? ¿Cuál es su historia de racismo, de abandono, de violencia?
¿Qué le ha pasado a ese niño que vive en un hogar público en la periferia de Santiago, que ha visto morir a su compañero ahogado en una piscina frente a la indiferencia de los adultos responsables, y que ahora le dicen que tiene “trastorno de conducta”?
No nos hemos preguntado. Como insiste Martín López:
“No nos hemos preguntado qué les pasa”.
Y esa falta de preguntas no es inocente. Es la maquinaria del silencio que sostiene al orden neoliberal: patologizar lo que debería ser politizado, medicalizar lo que debería ser justicia social.
Hacia una salud mental situada, liberada y justa
Replantear la salud mental en Chile y en América Latina implica romper con el espejismo del cerebro aislado. Implica entender que el malestar es también histórico, político, territorial. Que no hay síntoma sin contexto, ni cura sin justicia.
Para quienes habitamos la intersección de migración, racialización y precariedad, esta no es una discusión académica. Es una cuestión de dignidad. Porque cuando el diagnóstico tapa la historia, lo que se pierde no es solo comprensión clínica, sino también la posibilidad de reparación.
Martín López nos deja una enseñanza ética fundamental: si el síntoma es una defensa, lo primero que debemos hacer es respetarlo. Y lo segundo, preguntarnos: ¿de qué necesita defenderse esta persona? Y esa pregunta, bien hecha, siempre termina apuntando hacia afuera: hacia el sistema, hacia el Estado, hacia un orden que produce sufrimiento a granel.
Pues ahora, desde la infancia hasta la vida adulta, desde la escuela hacia el trabajo, desde el territorio migrante hasta el consultorio, debemos agregar: tampoco el comportamiento infantil es una falla; es también un síntoma que defiende, que habla, que reclama. Es por eso que la pregunta no puede ser “¿qué trastorno tiene este niño?”, sino “¿qué le ha pasado? y ¿Qué quiere que entendamos?
