EN PRO DE HACER RUIDO: Una meditación en torno al asesinato de Yaidy Garnica Carvajalino

En diversas conversaciones que he tenido con amigos y conocidos chilenos, ha emergido de distintas bocas, en diversos contextos, una frase que hoy aparece como el mal augurio de lo que vendría: «Lo que pasa es que los chilenos somos muy callados, muy fríos; nos choca que los extranjeros sean tan ruidosos». Esa aseveración, elevada al estatus de indubitable certeza, siempre me incomodó e intentaba debatirla sin destruir demasiado el ambiente.

Sucede que vivo en Chile hace 20 años, más precisamente en Santiago de Chile, habiendo conocido, habitado y transitado diversas comunas de esta ciudad. No me consta del todo que las y los chilenos sean homogéneamente callados o ajenos a generar bulla o algarabía en uno que otro momento o contexto.  Fiestas de casa, asados, caravanas, ferias, partidos de fútbol, conmemoraciones, vendedores ambulantes, cantantes en micros y vagones del metro, colegios, juntas en espacios públicos, patios universitarios, restaurantes, discotecas, playas, paseos… Ejemplo tras ejemplo de un grupo de personas que puede ser ruidoso.

Llevar tantos años conociendo las prácticas y culturas locales ha implicado experimentar distintos momentos sociopolíticos durante las últimas décadas. Se me vienen a la mente mis años viviendo en La Florida con mi familia. Habitábamos en una zona de la comuna que suele describirse como “tranquila y familiar”, es decir, allí vivían las familias de clase media, en casas de ladrillo contenidas en pasajes cerrados por rejas y con un garaje para albergar al menos un auto: gente que soñaba con la suburbia de primer mundo avistada en las películas estadounidenses y en las teleseries.

Había colegios particulares subvencionados, jardines con metodologías educativas experimentales y pequeños parques con áreas verdes, lugares aptos para los hijos e hijas de las clases aspiracionales. A ratos, la demografía adolescente-juvenil, parida y criada por estos mismos ciudadanos de bien, hacían de las suyas en las plazas públicas, hechos que infrecuentemente culminaron en arrestos o intervención policial. Era lo esperable de los —temporalmente— desafiantes jóvenes de la clase media-medio alta, que se concibe a sí misma como más cercana al 1?% de los superricos del país que a la masa gigantesca de «los otros».

Hace 20 o 15 años ¿quiénes eran estos otros? En mi experiencia barrial, eran los y las pobladoras de las casas situadas al otro lado del canal de la villa. Para el infortunio de las fantasías Lo Barnechescas de las y los vecinos, el desorden, el ruido, la delincuencia y el sedimento antisocial residían peligrosamente cerca: a un puente de las ordenadas calles cuadriculadas que habitaban “decentemente”.

Al otro lado del canal se avistaban mediaguas, casas construidas a pulso, retazos de construcciones que no se mimetizaban parejamente y delataban los procesos de palimpsesto y precariedad en el cual se erguían estas viviendas. Allá habitaban los patos malos, lanzas, drogadictos, todos bulliciosos, flaites e indecentes, cuya presencia fracturaba los imaginarios del santiaguino que cree habitar el Jaguar de Latinoamérica. Ese era el discurso que se escuchaba de las y los habitantes del lado bonito del canal: la homogenización de un vasto grupo de personas a quienes el Chile neoliberal condenó al abandono y a la exclusión.

Una clase obrera que producía y se integraba a pulso a una sociedad que no le otorgaba casi ningún acceso ni usufructo. Ese canal de La Florida daba cuerpo a una separación de clases socioeconómicas infranqueable. Aquello que aterra a las clases medias —y a quienes fantasean con formar parte de ellas— ya existía allí, al otro lado del canal, mucho antes de que la «ola migratoria» comenzará.

Volviendo a nuestra situación actual, el asesinato de Yaidy Garnica Carvajalino emerge como un nuevo nivel de la creciente dificultad de las sociedades para soportar la presencia del otro. Esta calamidad no debe pensarse como un acto aislado, perpetrado por personas aberrantemente agresivas, sino como la expresión cruda de un momento histórico atravesado por el fascismo, el nacionalismo y el triunfo de la ultraderecha al dar nueva forma al chivo expiatorio, que invariablemente deben apuntar para que expíe, en lugar del Estado y a las élites de las falencias y contradicciones de una sociedad que históricamente abandona a un gran porcentaje de su población.

Los regímenes autoritarios suelen desplegar un conjunto de estrategias coordinadas para normalizar la violencia hacia comunidades que buscan someter e inculpar. Una de las primeras tácticas consiste en redefinir a ese grupo como una amenaza: se les acusa de corromper valores nacionales, infiltrar instituciones, o actuar como enemigos internos. A través de medios de comunicación controlados e influenciados por la élite, se instalan estereotipos persistentes que degradan su imagen pública, generando desconfianza, miedo y desprecio social.

Paralelamente, se promueven leyes discriminatorias que restringen derechos y libertades, bajo la apariencia de mantener el orden o preservar la seguridad colectiva. Estas medidas suelen escalar gradualmente, lo que permite que sectores amplios de la población se habitúen a la exclusión como algo natural. Otro recurso clave es crear un marco moral que justifique la represión, presentándola como una obligación patriótica o un acto de defensa legítima. Cuando estas narrativas logran instalarse, la violencia física —ya sea policial, militar, paramilitar, o por parte de la «sociedad civil»— aparece como un paso “inevitable”. En ese punto, la represión deja de percibirse como abuso y se convierte en rutina. La historia nos muestra que estos mecanismos han sido efectivos para acallar resistencias de los pueblos designados como resto u otredad, y para instalar la idea de que ciertas vidas valen menos o merecen ser dominadas.

Los estereotipos que se dirigen hacia los extranjeros son varios, y reflejan una plétora de estrategias discursivas que buscan reforzar un sentimiento de chilenidad que no deviene en solidaridad alguna entre las diversas clases sociales que habitan este país, sino que solo refuerza un imaginario que no da lugar a la diversidad propia de la población chilena, y a su vez, deshumaniza a los migrantes sur-sur, especialmente aquellos que no somos blancos, o a los que migran en situación de pobreza. Esto no es al azar, sino que, sirve varios propósitos sociopolíticos propios del momento cultural actual.

De buenas a primeras, la deshumanización es clave para que incrementalmente podamos normalizar e incluso incentivar la explotación de la clase trabajadora, depredando la situación de pobreza e irregularidad de la población migrante para someterlos a regímenes de trabajo con nulas garantías, sobreexplotación y pésimas condiciones de seguridad. Aquí emerge la objetificación de los migrantes; el problema con los venezolanos, haitianos, colombianos, etc, no aparece cuando estos son los cuerpos explotados en aplicaciones de transporte o entrega de comida, subcontratados para proveer servicio de construcción y aseo, para limpiar las chilenas casas y cuidar sus chilenos hijos. El problema es cuando estos cuerpos existen fuera del régimen de productividad, cuando festejan con sus amigos, o hacen asados con sus familias, cuando critican los regímenes del país al que migran, cuando celebran sus propias festividades. Los migrantes molestan cuando tienen voz, cuando hacen bulla, cuando no aceptan el borramiento absoluto de sus propias culturas como supuesto precio inherente de migrar a otro país.

La xenofobia actualmente es denunciada por pocos. Incluso sectores más progresistas, o auto-declarados como de izquierda se han abstenido de la discusión, o peor aún, han sido partícipes de la normalización de la violencia hacia las personas extranjeras, y la subsecuente eliminación progresiva de sus derechos supuestamente inalienables. Uno de los argumentos que he escuchado de amigos y conocidos, a quienes consideraría personas habitualmente comprensivas, es que una de las fuentes de la aversión severa hacia la comunidad venezolana tiene que ver con que estos son (generalizadamente) de derecha o “fachos”.

Incluso si esto fuese cierto –digo si fuese, porque he tenido el gusto de conocer personas venezolanas que tienen un buen discernimiento político, haciendo las críticas necesarias al régimen actual de su país de origen y también a Chile–, me parece extremadamente curioso que el “fachismo” de los venezolanos les parezca tan inflamatorio, cuando actualmente hay tres candidatos presidenciales que niegan el horror de la dictadura y reverberan las mismas lógicas del pinochetismo chileno. ¿Cómo se enfrenta la población chilena al fascismo de sus propios coterráneos? ¿Cómo se enfrentan los individuos chilenos al fascismo de sus propios familiares, compañeros de trabajo, vecinos y amigos? ¿Cuál es el anhelo de autoritarismo y totalitarismo que todos albergamos, de forma menos o más consciente en nuestros discursos y prácticas? ¿Qué credibilidad –y efectividad– tiene esta crítica tan selectiva hacia algunos posicionamientos de derecha, pero no a todos?

Pensar el fascismo, y más importante aún, combatirlo, requiere una serie de conversaciones y reflexiones incómodas respecto a la micropolítica del deseo, a la afinidad más o menos declarada que podemos exhibir ante regímenes autoritarios, y por supuesto, sobre el morbo que habita en nosotros, nuestros anhelos más sádicos y ocultos que, si negados, pueden ser movilizados inconscientemente, para hacernos parte del engranaje que construye sociedades cada vez intolerantes, en la que sus integrantes niegan que el asesinato a sangre fría de una mujer venezolana por “hacer ruido” con su familia en una celebración es un crimen de odio, y la culminación de una odiosidad que se ha cultivado paulatinamente todos los días.

Luego de dos décadas viviendo en Chile, he observado el ápice de la xenofobia, y lamentablemente sé que este seguirá en alza, escalando a horrores cada vez más deshumanizantes, y a la vez, normalizados. No traigo una receta para escapar de este paradigma, pero desde mi lugar exijo el roznido de la indignación, para que nuestro espíritu no se habitúe a que este tipo de cosas ocurran y sigan ocurriendo. Creo que es necesario honrar el silencio contemplativo que cae sobre nosotros cuando la muerte y la desesperanza rondan, pero también anhelo con ansias volver a escuchar como suena esta población cuando hace ruido; pulmones, gargantas y diafragmas sin fronteras que se atrevan a indignarse, y que actúen cómo si las vidas humanas aún valiesen algo, porque sospecho que esa es la única forma de que realmente lo valgan.