Día Internacional de la Mujer Afrolatina, Afrocaribeña y de la Diáspora: «estamos, habitamos y seguiremos estando». Entrevista a Noryis Dubain

En el marco del Día Internacional de la Mujer Afrolatina, Afrocaribeña y de la Diáspora —una fecha que vibra con memoria y dignidad—, conversamos con Noryis Elizabeth Dubain Alarcón, docente universitaria, investigadora de economías con enfoque de género e integrante del colectivo Negrocéntricxs. Desde su doble rol como académica en Duoc UC y la USACH, y su activismo en el Kilombo Negrocéntricxs, Dubain entreteje saberes técnicos y lucha política para confrontar el racismo estructural en Chile. Su historia no es solo personal: es un eco de las resistencias afro que, desde la invisibilización hasta la criminalización migrante, exigen reconocimiento y justicia.

En esta entrevista, Dubain desgrana cómo la sostenibilidad de la vida —física, emocional y económica— es el corazón de un activismo que rechaza el sacrificio romantizado. Habla de la urgencia de políticas públicas interseccionales, de la resistencia cotidiana de las mujeres negras en un país que aún niega su existencia, y del poder político de resignificar el cuerpo afro. En tiempos donde discursos de odio satanizan la migración, sus palabras son un recordatorio: «Estamos, habitamos y seguiremos estando».

¿A qué te dedicas actualmente y cómo combinas tu trabajo con tu activismo?

Actualmente me desempeño como docente universitaria en Duoc UC y del cuerpo académico de la Universidad de Santiago de Chile, como especialista en formulación y evaluación de proyectos, emprendimiento e innovación y gestión financiera con más de 18 años de experiencia profesional en el área. Esta trayectoria me ha permitido integrar herramientas técnicas y estratégicas al trabajo comunitario y político que realizamos desde el activismo.

Desde el espacio del Kilombo Negrocéntricas, venimos desarrollando una propuesta organizativa centrada en la sostenibilidad de la vida y del activismo. Para nosotras, resistir no es solo una consigna, sino una práctica cotidiana que implica cuidar nuestros cuerpos, nuestras emociones, nuestras redes y nuestros territorios. Por eso, uno de nuestros principales ejes de acción es precisamente construir estructuras que nos permitan sostenernos en el tiempo, sin romantizar el sacrificio ni reproducir lógicas de agotamiento que están muy presentes en los activismos.

Aunque actualmente me encuentro en una etapa de menor accionar interno y mayor visibilidad pública, sigo vinculada a los procesos organizativos. En el Kilombo estamos trabajando en ejes estratégicos que articulan acciones concretas para fortalecer la autonomía, la memoria, la economía comunitaria y el bienestar colectivo. No hay una separación entre lo personal y lo político, ni entre el “dentro” y el “fuera” del activismo: una vez que tomamos conciencia de su importancia en nuestras vidas, entendemos que es parte de todo lo que hacemos y decidimos.

Mi práctica profesional y mi activismo se entrelazan: investigó las economías de mujeres en zonas rurales y su impacto en la superación de la pobreza, enseño, gestionó y construyó desde una mirada crítica y situada. Tejo mientras pienso, y siento que cada hilo es una idea que se transforma en acción. En este acto, mi cuerpo traduce lo que siento en formas, palabras y acciones que buscan transformar lo que nos duele y afirmar lo que queremos sostener.

¿Qué tipo de trabajos, proyectos o espacios desarrollamos dentro y fuera del colectivo Negrocéntricas?

El 2024 fue un año de consolidación de la organización, cada paso, cada proyecto y cada alianza fueron testigo de la potencia negra, afrodiaspórica y decolonial, que se expande, desafía y transforma. tal como lo reflejamos en el documento de memorias kilomberas 2024. Es por ello que enmarcamos nuestro quehacer en los siguientes ejes:

  • Gestión de conocimientos: Formación crítica con perspectiva antirracista, visibilizando saberes afro en América Latina. Generamos contenido teórico y práctico, que cuestionan las epistemologías dominantes.  Sistematizamos las experiencias con el propósito de que se convierta en un insumo pedagógico. La divulgación científica como herramienta esencial para que el conocimiento circule y rompa esquemas complejos, usando herramientas accesibles (podcast, gráficas, conversatorios). Y por último profundizamos en alianzas con universidades que tengan una visión crítica y centros de investigación.
  • Racismo ambiental y geográfico: abordamos la crisis socioambiental desde una mirada interseccional y antirracista trabajamos en el análisis del acceso desigual a territorios y recursos, impulsando la justicia territorial. pretendemos documentar testimonios, analizar datos con enfoque étnico-racial con la finalidad de co-crear informes alternativos para exigir justicia ambiental.
  • Letramento racial e identidad: Fortalecimiento de identidades afrodescendientes desde la infancia hasta la adultez. Porque entendemos que el letramiento racial es un proceso político y pedagógico fundamental para deconstruir el racismo. Prácticas como el laberinto antirracista, una intervención interactiva y pionera en Chile que persigue la reflexión a través de narraciones de situaciones de racismo cotidiano en Chile. El círculo de lectura y la formación permanente con autoras como Ochy Curiel, Fran Fanon Y Beatriz Nascimento. Nos permiten sin lugar a dudas avanzar en los proyectos.
  • Sostenibilidad y cuidado de los activismos: En este apartado se trata del cuidado emocional, físico y económico de quienes militan. Es el corazón que late para sostener a quienes sostienen las batallas. Entre las acciones que se destacan: protocolos de autocuidado y salud mental, redes de apoyo materiales en caso de emergencias; formación en áreas de bienestar, salud y seguridad; y por último espiritualidad ancestral que rescatan prácticas afrodiasporicas de sanación.
  • Comunicación antirracista: En este eje se producen contenidos que desafían narrativas hegemónicas, este eje no se limita a difundir información, sino que construye contra-narrativas disruptivas frente al racismo estructural.

¿Qué significa para ti conmemorar este día como mujer afrodescendiente migrante en Chile?

Conmemorar este día, como mujer afrodescendiente y migrante en Chile, es un acto profundamente político y vital. Es una afirmación de nuestra existencia, de nuestra historia y de nuestra dignidad en un territorio que muchas veces nos niega, nos invisibiliza o nos criminaliza. No se trata solo de recordar, sino de reconocernos en los cuerpos que habitamos, en las memorias que portamos y en las luchas que sostenemos día a día.

Desde Negrocéntricxs, entendemos esta conmemoración como parte de una praxis política enraizada en la experiencia afro en el territorio, que articula arte, pedagogía, militancia y espiritualidad para confrontar el racismo estructural. No hay separación entre lo que somos y lo que hacemos: una vez que tomamos conciencia de nuestra negritud, esa identidad se vuelve inseparable de nuestras acciones, de nuestras decisiones y de nuestras formas de habitar el mundo.

Este día es una oportunidad para decir que no solo existimos, sino que resistimos. Que estamos aquí, que caminamos con dignidad, que tejemos comunidad y que seguimos construyendo espacios donde lo colectivo, el orgullo y la memoria sean el centro. Es también un momento para entrelazarnos con otras personas y reafirmar que nuestros cuerpos no son solo lugares de opresión, sino también de creación, de gozo y de transformación.

Este año, en particular, la conmemoración adquiere un peso aún mayor. En un contexto marcado por discursos electorales que satanizan nuestra presencia como migrantes, y especialmente como mujeres migrantes negras, alzar la voz se vuelve urgente. Nos quieren convertir en los representantes de los males sociales, pero nosotras respondemos con organización, con memoria y con vida. Conmemorar este día es decir con fuerza: estamos, habitamos y seguiremos estando.

¿Por qué crees que es importante visibilizar esta fecha y lo que representa para las comunidades afrodescendientes?

 

Un día que surgió en la historia reciente del Primer Encuentro de Mujeres Afrolatinoamericanas y Afrocaribeñas, realizado en 1992 en Santo Domingo, República Dominicana, donde mujeres de más de 30 países se reunieron para denunciar la opresión y reflexionar colectivamente sobre el racismo, el sexismo y la exclusión social que nos atraviesan.

Conmemorar este día es reconocernos en lo que somos y en lo que hacemos, es entrelazarnos con otras mujeres negras del continente y de la diáspora, y es también proyectar lo que está por venir. Porque nuestra lucha no termina en la denuncia: se transforma en creación, en política, en comunidad. En este día se realizan acciones como la resignificación de nuestra estética del cabello, trenzado, historizar, ampliar los relatos.

Visibilizar esta fecha es fundamental porque no solo reconoce nuestra historia y resistencia, sino que también impulsa la acción concreta. Es una oportunidad para recordar que nuestras luchas están vivas y en movimiento. Un ejemplo de ello es nuestra participación actual, desde el Kilombo en estas instancias, en iniciativas que nos permiten seguir construyendo desde lo colectivo y lo territorial.

¿Qué importancia tiene que las voces de mujeres afrodescendientes estén presentes en estos espacios de decisión y diálogo global?

Es profundamente importante, porque las mujeres afrodescendientes hemos sido históricamente excluidas, invisibilizadas y oprimidas por estructuras de poder que se sostienen en el racismo y el patriarcado. Nuestra presencia en estos espacios no es solo una cuestión de representatividad: es una forma de reparar siglos de silenciamiento, de decir “aquí estamos” con la frente en alto, llevando nuestras realidades, nuestras urgencias y nuestras propuestas.

Estar sentadas en la mesa de decisiones globales nos permite visibilizar memorias, luchas y saberes que vienen de nuestras ancestras, saberes que han sido marginados pero que siguen latiendo y resistiendo.

También nos da la posibilidad de poner en el centro nuestras propias narrativas, contadas con nuestras voces, desde nuestras vivencias, sin ser filtradas ni interpretadas por miradas eurocentradas. Cuando hablamos desde lo que somos, desde nuestras propias experiencias, se transforma el relato. Y con ello, también se abre la posibilidad de transformar el mundo.

¿Cómo ha influido tu identidad afrodescendiente en tu camino personal y colectivo?

Mi identidad afrodescendiente ha sido determinante. Ser una mujer negra, en cualquier parte del mundo, lleva consigo una carga histórica profunda, tejida por siglos de colonización, esclavitud y exclusión. Esa historia no es abstracta: la vivimos en nuestros cuerpos, en nuestras familias, en las miradas que nos juzgan, en las puertas que se cierran sin explicación.

Desde muy pequeña comencé a hacerme preguntas. Recuerdo, con apenas nueve años, leyendo revistas encartadas en los periódicos sobre “el descubrimiento de América”. Aquello me desconcertó: nos narraban como si hubiéramos estado perdidos, como si nuestra existencia comenzara solo cuando fuimos encontrados. Las imágenes mostraban indígenas, pero nuestros ancestros africanos, que aún no habían sido esclavizados, no estaban. ¿Dónde estaban nuestras historias? ¿Dónde nuestras voces?

Un día en la iglesia, durante la misa, pregunté al sacerdote: “Si el descubrimiento fue tan bueno, ¿por qué trajo enfermedades y tanto sufrimiento?” La respuesta no llegó. Lo que vino fue una botella de agua bendita, una reunión con mi madre y una afirmación que me marcó: “Ella lee, es inteligente y por eso no la voy a castigar”. Mi madre, con su sabiduría silenciosa, validó mi derecho a pensar, a cuestionar, a resistir desde la palabra.

Mi cuerpo también fue campo de batalla. En la escuela, viendo las fotos de las reinas de belleza —todas blancas, rubias, de cabello liso— entendí que debía disputar ese espacio. Me postulé como candidata a reina de carnaval y recorrí los salones diciendo: “La mayoría de nosotras somos negras, también somos lindas, también somos inteligentes”. Tenía 11 años, pero ya sabía que el acto de afirmarse como negra era político.

Entré a la universidad siendo una de las pocas personas negras. Al final, la única. Comprendí que el racismo no solo era color de piel: era también pobreza, desigualdad estructural, exclusión de oportunidades. No bastaba con resistir; decidí ser de las mejores. Fui la primera de mi familia en llegar a la universidad. Cuando me gradué, mi familia celebró: la negrita lo había logrado.

Aún hoy, cuando entro a las salas de clase, mis estudiantes se preguntan si realmente soy la profesora. Muchas veces soy la primera mujer negra que les enseña en un aula. Esa presencia también es parte de la resistencia: ocupar un lugar que históricamente nos ha sido negado.

Mi historia es parte de una genealogía de mujeres negras que han resistido para que yo esté aquí. Vengo de una bisabuela que murió a los 104 años en las minas de Aroa, esclavizada por los Bolívar. De una abuela que murió sin saber leer ni escribir. De una madre que, con sus manos lavando ropa y limpiando casas, sacó adelante a sus hijas.

Hoy, mi negritud no es solo herencia: es fuerza, es identidad, es camino. En el andar colectivo he encontrado otras voces que también resisten, que también luchan, y que me invitan a seguir construyendo. Para mí, el Kilombo representa eso: una construcción en movimiento, una casa de memoria y futuro, donde tejemos, cada día, una historia diferente para nosotras y para las que vienen.

¿Cómo ha influido tu identidad afrodescendiente en tu camino personal y colectivo?

Mi identidad afrodescendiente ha sido determinante. Ser una mujer negra, en cualquier parte del mundo, lleva consigo una carga histórica profunda, tejida por siglos de colonización, esclavitud y exclusión. Esa historia no es abstracta: la vivimos en nuestros cuerpos, en nuestras familias, en las miradas que nos juzgan, en las puertas que se cierran sin explicación.

Desde muy pequeña comencé a hacerme preguntas. Recuerdo, con apenas nueve años, leyendo revistas encartadas en los periódicos sobre “el descubrimiento de América”. Aquello me desconcertó: nos narraban como si hubiéramos estado perdidos, como si nuestra existencia comenzará solo cuando fuimos encontrados. Las imágenes mostraban indígenas, pero nuestros ancestros africanos, que aún no habían sido esclavizados, no estaban. ¿Dónde estaban nuestras historias? ¿Dónde nuestras voces?

Un día en la iglesia, durante la misa, pregunté al sacerdote: “Si el descubrimiento fue tan bueno, ¿por qué trajo enfermedades y tanto sufrimiento?” La respuesta no llegó. Lo que vino fue una botella de agua bendita, una reunión con mi madre y una afirmación que me marcó: “Ella lee, es inteligente y por eso no la voy a castigar”. Mi madre, con su sabiduría silenciosa, validó mi derecho a pensar, a cuestionar, a resistir desde la palabra.

Mi cuerpo también fue campo de batalla. En la escuela, viendo las fotos de las reinas de belleza —todas blancas, rubias, de cabello liso— entendí que debía disputar ese espacio. Me postulé como candidata a reina de carnaval y recorrí los salones diciendo: “La mayoría de nosotras somos negras, también somos lindas, también somos inteligentes”. Tenía 11 años, pero ya sabía que el acto de afirmarse como negra era político.

Entré a la universidad siendo una de las pocas personas negras. Al final, la única. Comprendí que el racismo no solo era color de piel: era también pobreza, desigualdad estructural, exclusión de oportunidades. No bastaba con resistir; decidí ser de las mejores. Fui la primera de mi familia en llegar a la universidad. Cuando me gradué, mi familia celebró: la negrita lo había logrado.

Aún hoy, cuando entro a las salas de clase, mis estudiantes se preguntan si realmente soy la profesora. Muchas veces soy la primera mujer negra que les enseña en un aula. Esa presencia también es parte de la resistencia: ocupar un lugar que históricamente nos ha sido negado.

Mi historia es parte de una genealogía de mujeres negras que han resistido para que yo esté aquí. Vengo de una bisabuela que murió a los 104 años en las minas de Aroa, esclavizada por los Bolívar. De una abuela que murió sin saber leer ni escribir. De una madre que, con sus manos lavando ropa y limpiando casas, sacó adelante a sus hijas.

Hoy, mi negritud no es solo herencia: es fuerza, es identidad, es camino. En el andar colectivo he encontrado otras voces que también resisten, que también luchan, y que me invitan a seguir construyendo. Para mí, el Kilombo representa eso: una construcción en movimiento, una casa de memoria y futuro, donde tejemos, cada día, una historia diferente para nosotras y para las que vienen.

¿Qué te motivó a sumarte a Negrocéntricas y qué significa para ti ser parte de esta organización?

Mi motivación nació desde un lugar muy profundo: la desesperación de no encontrarme, de no ver reflejada mi identidad en ningún espacio dentro de este territorio. Un día, simplemente escribí en el buscador: “mujeres negras en Chile”. Apareció un evento en una biblioteca cerca de la estación Santa Ana. Fui. Entré. Vi a Paola. Escuché. Al final, hablé. Y ahí comenzó todo.

Sabía que necesitaba construirme un lugar distinto. El Kilombo fue la puerta de entrada a esa posibilidad: la de formar parte de algo más grande que yo, de una comunidad que piensa, sueña, lucha y se cuida desde la negritud.

Ser parte de Negrocéntricas significa habitar un espacio donde podemos reconocernos, nombrarnos y construir juntas. No desde la catarsis, sino desde la acción. Desde la memoria y la palabra, pero también desde el tejido constante de experiencias que nos permitan proyectar un futuro diferente para nosotras y para las que vienen. Para mí, el Kilombo no es solo una organización: es territorio, es refugio, es trinchera y es hogar.

 

¿Qué formas de resistencia afro crees que siguen vivas hoy en las mujeres afrodescendientes en Chile?

Resistir significa oponerse con fuerza a algo. Y hoy, para muchas mujeres afrodescendientes en Chile, esa resistencia está atravesada por el simple acto de sobrevivir. Cuando la vida se sostiene en condiciones precarias —con empleos mal remunerados, sin redes de apoyo para el cuidado de les hijes, y con una carga doméstica abrumadora— las fuerzas son escasas. Y, aun así, resistimos.

En contextos como el actual, marcados por discursos políticos que criminalizan la migración y profundizan el rechazo social, nuestra mera presencia en el territorio es incómoda. Se nos observa con sospecha, se nos cuestiona incluso con la mirada, como si no tuviésemos derecho a habitar esta tierra. Se nos responsabiliza de males estructurales que no causamos. Es una forma de violencia que desgasta, que agota, que a veces llena de rabia, pero que también reafirma por qué seguimos aquí.

Vivimos en un país que aún se niega a sí mismo su diversidad. Un país donde se sigue diciendo que “en Chile no hay negros”, negando no solo nuestra historia, sino también la existencia de niñas, niños y jóvenes afrodescendientes, nacidos en este territorio, a quienes llaman “nuevos chilenos” como si fueran una excepción. Lo vimos hace poco con la publicidad del Día de la Madre de Falabella: cuando una mujer negra apareció como madre chilena, la respuesta fue un aluvión de comentarios racistas como “ella no nos representa” o “las madres chilenas no somos así”. Y esos discursos no son marginales: son parte del tejido social.

En este contexto, nuestra resistencia adopta formas silenciosas pero poderosas. No huir. Seguir trabajando. Caminar con la frente en alto. Criar con dignidad. Sostenernos en comunidad. Conectarnos con nuestra fuerza ancestral más allá de los discursos, más allá de las redes sociales. Esa es la lucha de todos los días, de cada hora, de cada minuto.

También resistimos desde lo simbólico: el cabello afro, las trenzas, la piel negra celebrada y no escondida. Reivindicar nuestra estética, proponer un canon de belleza propio que rompa con lo eurocentrado, es un acto político. Resignificar nuestro cuerpo como bello, valioso y digno es, sin duda, una de las formas más visibles y necesarias de nuestra resistencia hoy.

¿Cuáles consideras que son los principales desafíos que enfrentan hoy las mujeres afrodescendientes en Chile y América Latina?

Uno de los principales desafíos sigue siendo el reconocimiento. Según el último Censo 2024, de un total de 18.480.432 personas encuestadas, solo 174.190 se reconocieron como afrodescendientes. Esto equivale al 0,91 %, una cifra que visibiliza nuestra existencia, pero también deja en evidencia cuánto falta por avanzar en términos de autoidentificación y visibilidad. Aun así, el solo hecho de que, por primera vez en la historia de Chile, se haya incluido una pregunta para el reconocimiento afrodescendiente es un paso importante, una victoria ganada desde la insistencia de las organizaciones.

Otro gran desafío es el acceso a una estructura legal robusta y efectiva. En Chile, si bien existe la Ley N.º 20.609, conocida como la “Ley Zamudio” o Ley Antidiscriminación, promulgada en 2012, su aplicación sigue siendo limitada. Esta ley fue creada para enfrentar actos de discriminación arbitraria, pero en la práctica, no siempre logra garantizar justicia. No basta con que la ley exista: se necesita voluntad política e institucional para que realmente funcione como una herramienta de protección y reparación.

Desde una mirada latinoamericana, los desafíos se profundizan aún más cuando intersectan la racialización, el género, la clase y el territorio. La falta de representación en los espacios de poder, el acceso desigual a servicios básicos, la precariedad laboral, la violencia estructural y simbólica, y la ausencia de políticas públicas con enfoque interseccional siguen siendo parte de la realidad cotidiana de muchas mujeres afrodescendientes en la región.

El reconocimiento legal y simbólico, el acceso a derechos, y la transformación estructural no son concesiones: son demandas históricas que deben ser respondidas con acciones concretas y sostenibles.

¿Qué significa para ti resignificar el cuerpo afro y cómo lo trabajan desde el arte, la estética o la palabra?

Históricamente, nuestros cuerpos han sido estigmatizados, reducidos y malinterpretados. Han sido objeto de hipersexualización y exotización: mujeres negras vistas como siempre disponibles para el placer ajeno, cuerpos fuertes destinados al trabajo físico, y figuras voluptuosas convertidas en fetiche. Se nos ha encasillado en estereotipos que no nos representan, que nos deshumanizan y que perpetúan violencias.

Resignificar el cuerpo afro significa, para mí, romper con esas miradas coloniales. Es construir una visión propia, digna y plural de nuestros cuerpos. No solo desde el arte o la estética, sino desde una ética del reconocimiento: entendernos como sujetas políticas, sensibles, pensantes, capaces de aportar desde múltiples espacios —no solo desde la danza o la cultura popular— sino también desde la ciencia, la literatura, la docencia, la investigación, la gestión, el deporte y cualquier ámbito que decidamos habitar.

Hoy parece estar de moda llevar trenzas, usar el cabello afro o tener labios gruesos. Pero eso, lejos de ser un avance, muchas veces es otra forma de apropiación, vaciada de sentido. Lo “afro” se vuelve tendencia mientras nuestras realidades siguen siendo ignoradas.

Por eso, resignificar el cuerpo afro es también una forma de resistencia: decir que nuestros cuerpos no son solo bellos, sino también legítimos. Que no existimos para el consumo estético de otros, sino que encarnamos memorias, luchas y futuros. Salir de la caja del entretenimiento, del folklore, y disputar el concepto de belleza desde la autenticidad, el orgullo y la autodeterminación. Esa es una tarea urgente y profundamente política.

 

¿Qué rol juegan el autocuidado y la autonomía en su forma de hacer activismo?

Juegan un rol fundamental, aunque cada vez es más difícil sostenerlos. En el Kilombo lo hemos vivido de manera muy concreta, y por eso creamos un eje específico llamado “Sostenibilidad de los activismos”, que busca justamente responder a esta urgencia. Desde mi experiencia y formación en proyectos y emprendimientos, quiero aportar especialmente al ámbito económico, porque entendemos que, sin autonomía material, emocional y social, el activismo se vuelve insostenible.

Muchas mujeres negras enfrentan condiciones de vida marcadas por la triple jornada laboral, empleos precarizados, y tareas de cuidado no reconocidas. Si a eso sumamos la condición migrante, y en muchos casos la falta de documentos, el panorama es aún más complejo. Hay momentos en los que simplemente no se puede parar, porque llevar el pan a la casa se vuelve la prioridad absoluta. Y en medio de esa urgencia, el activismo empieza a doler, a pesar de ser también refugio.

En esos contextos, el autocuidado no es un lujo, es una estrategia de resistencia. Cuidarse para poder cuidar, esa es una consigna que en el Kilombo tratamos de vivir y no solo decir. Cuidarnos entre nosotras implica reconocer los límites, distribuir las cargas, valorar el descanso, sostener los procesos, y sobre todo, construir una militancia que no nos agote, que no nos consuma, sino que también nos permita sanar, vivir y seguir. Porque el activismo sin autonomía ni cuidado, no es sostenible; y nosotras merecemos sostener la lucha, sí, pero también la vida.

¿Cómo se articulan las luchas de las mujeres afro con otros feminismos y movimientos sociales?

La articulación ha sido un proceso complejo y, muchas veces, desigual. Las mujeres afrodescendientes hemos tenido que disputar espacios dentro del feminismo hegemónico, porque ese feminismo —el que más se visibiliza, el que marca la agenda pública— muchas veces tiene un color que no es el nuestro. Nuestras realidades han sido históricamente invisibilizadas o reducidas a una categoría más dentro de un “nosotras” homogéneo que no reconoce la profundidad de nuestras vivencias.

Si bien la Agenda Regional de Género ha avanzado en los últimos 40 años —incorporando acuerdos y compromisos por parte de los Estados para enfrentar la desigualdad que vivimos las mujeres afrodescendientes—, todavía enfrentamos un desfase importante entre lo que se declara en los consensos y lo que se vive en los territorios. La adopción del enfoque interseccional, especialmente a partir del Consenso de Santo Domingo en 2013, ha sido un paso significativo, porque reconoce que las múltiples formas de discriminación —por género, raza, clase, etnia, edad— no operan por separado, sino que se entrecruzan y se refuerzan mutuamente. Sin embargo, en muchos casos la interseccionalidad se queda en el discurso, sin traducirse en políticas públicas concretas ni en prácticas dentro del mismo movimiento feminista.

La experiencia de nosotras las mujeres afro está marcada por violencias históricas y estructurales que no siempre encuentran eco en los feminismos dominantes. La lucha por el reconocimiento, la visibilidad y la justicia racial ha tenido que abrirse paso con garra, con insistencia, con cuerpo. Hemos construido alianzas, pero también hemos tenido que incomodar y tensionar.

Articular nuestras luchas con otros movimientos sociales es fundamental, pero requiere voluntad de escucha real, disposición a revisar privilegios y una mirada amplia que no nos instrumentalice ni nos reduzca a una cuota de diversidad. Lo afro no es un adorno: es un lugar político desde donde también se piensa, se organiza y se transforma.

Hoy, más que nunca, necesitamos tejer desde la diferencia, sin borrar nuestras particularidades. Porque si no incorporamos de forma efectiva las voces afrodescendientes en las luchas feministas y sociales, seguiremos reproduciendo las mismas exclusiones que decimos querer erradicar.

¿Qué alianzas crees que son urgentes o estratégicas hoy para fortalecer las voces de mujeres racializadas?

Hoy más que nunca, es urgente trenzar y converger. Muchas de nosotras ya nos conocemos, sabemos del trabajo que realizamos desde distintos territorios y organizaciones, pero a veces seguimos funcionando de manera fragmentada. No se trata de competir entre agendas, sino de construir una fuerza común que permita visibilizar nuestras demandas desde una perspectiva integral y colectiva.

Las mujeres racializadas no estamos pidiendo un lugar: lo estamos creando. Pero ese esfuerzo requiere que nos acerquemos entre organizaciones y movimientos para confluir en un bloque que dialogue, cuestione y proponga con fuerza. No se trata de afirmar que nuestras luchas son más importantes, sino de reconocer que históricamente han sido más invisibilizadas y que eso exige un compromiso ético y político mayor.

Desde el Kilombo hemos buscado articularnos con espacios que trabajan con esta misma intencionalidad, como el Laboratorio de Innovación en Política para Mujeres Negras Améfrica, y estamos proyectando nuestra labor desde una visión territorial, colectiva y afrocentrada, bajo el espíritu de Abya Yala, que significa “tierra viva y en florecimiento”. Para nosotras, construir no es solo hablar: es también hacer. Por eso, por ejemplo, impulsamos una campaña previa al Censo en diversas localidades del país, para socializar su importancia y fomentar el autorreconocimiento afrodescendiente.

Pero sabemos que las alianzas no pueden limitarse al mundo de las organizaciones sociales. Es clave generar vínculos con universidades, centros de investigación, espacios de pensamiento crítico y discusión política, porque ahí también se produce discurso, se legitiman ideas y se forman nuevas generaciones. Necesitamos que esos espacios se abran a nuestras voces, no como un gesto de inclusión simbólica, sino como un compromiso con la transformación del conocimiento y de la institucionalidad. Que se investigue con nosotras, no sobre nosotras.

Finalmente, urge tejer alianzas institucionales reales, que permitan el diseño y la implementación de una política pública intercultural, diversa, identitaria y respetuosa, que no se quede en la retórica o en invitaciones decorativas, sino que se traduzca en acciones concretas, sostenibles y con presencia territorial. Porque fortalecer nuestras voces no es un gesto de buena voluntad: es una deuda histórica. Y estamos aquí para saldarla, juntas.

 

¿Qué sueñas para las niñas y jóvenes afrodescendientes que comienzan a reconocerse y organizarse?

Sueño con verlas libres. Libres de los estigmas, de las miradas que pesan, de los silencios impuestos. Sueño con que caminen por el mundo sabiendo que su existencia no solo es válida, sino poderosa. Que no tengan que pedir permiso para ser, para hablar, para ocupar, para brillar.

Nuestras ancestras, desde los quilombos, desde las trenzas convertidas en mapas, desde los cantos, los rezos y las fugas, nos señalaron un camino. Ellas nos advirtieron, desde la escasez, la violencia y el despojo, a qué lugares no debemos volver. Y desde ahí, nos invitaron a construir futuro con dignidad, con memoria, con piel y en alto.

A ti, niña, joven negra, que comienzas a reconocerte en el espejo con amor, que empiezas a cuestionarlo todo, que te sientes sola en una sala o en una calle, quiero decirte que no estás sola. Que todas estamos contigo. Que nuestros ojos también buscaron representación y solo encontraron ausencia. Que también nos dijeron que no éramos inteligentes, que no éramos suficientes. Pero aquí estamos, organizadas, resistiendo, abriendo grietas para que tú y las que vengan puedan pasar sin agachar la cabeza.

Mi sueño es que nunca confundas resistencia con sufrimiento. Que no creas que ser fuerte es tu único destino. Que sepas que puedes reír, llorar, descansar, equivocarte y aun así ser revolución. Que hagas de tu historia una trinchera, pero también un jardín.

Y, sobre todo, que historices tu existencia. Que la mires con ojos amorosos y críticos. Que entiendas que tu vida es parte de una larga línea de lucha, y que organizarse no es solo una estrategia política, sino una forma de cuidarse, de sostenerse, de vivir en comunidad. Que no te conviertas en objeto de un sistema que se disfraza de aliado para volver a oprimirte. Que tu resistencia sea consciente, colectiva y hermosa.

Tu pobreza no te define.

Tu mujeridad no te define.

Tu negritud no te define.

Te defines tú.

Con tu voz, con tu caminar, con tu decisión de habitar el mundo sin pedir permiso.

Porque el futuro tiene tu rostro, tus palabras, tus pasos. Y porque nuestros sueños más profundos caminan contigo.

 

¿Qué mensaje te gustaría dejar hoy, en este Día Internacional de las Mujeres Afrodescendientes de Chile y de América Latina y el Caribe?

En este Día Internacional de las Mujeres Afrodescendientes de Chile, América Latina y el Caribe, mi mensaje es de honra, reconocimiento, dignidad y lucha colectiva.

A todas las mujeres afrodescendientes:
Hoy no solo celebramos una identidad. Celebramos la fuerza ancestral que habita en sus cuerpos, el saber que ha sobrevivido al intento del olvido, la memoria insurrecta que se niega a desaparecer. Celebramos cada paso dado, cada palabra alzada, cada espacio conquistado con firmeza y amor. Porque cada una de ustedes abre caminos no solo para sí misma, sino para todas las que vendrán.

Su existencia es profundamente política. Su voz no es decorativa, es necesaria.
En este continente marcado por el racismo estructural, la colonialidad y el patriarcado, ustedes han sostenido la vida cuando todo parecía caerse. Han sido raíz y semilla, sombra y horizonte. Han convertido la exclusión en creación, el dolor en potencia, el silencio en palabra, y la palabra en fuego transformador.

Que este día no se quede en la conmemoración simbólica.
Que sea un pacto colectivo, una declaración de principios que nos convoque a luchar por un mundo donde:

Ser mujer negra no sea motivo de violencia, sino de orgullo, de liderazgo y respeto.
Sus territorios, saberes y cuerpos sean reconocidos, protegidos y celebrados.
Sus voces no sean exóticas ni excepcionales, sino esenciales en la transformación social.

A ustedes, mujeres negras de Chile, de América Latina y del Caribe:
Gracias por cargar la historia en sus espaldas sin dejar de mirar al futuro.
Gracias por recordarnos que no hay revolución sin ternura, ni ternura sin justicia racial.

Hoy las celebramos, las honramos, y caminamos junto a ustedes, sembrando futuro en la dignidad del presente.

agregaría:

Y en medio de este reconocimiento colectivo, quiero dar las gracias más profundas a mi madre, mujer sabia, valiente y libre, que con su forma de amor y siempre firme me mostró el camino. Feminista por convicción, aunque quizás nunca se nombró así, porque me dejó ser, y al dejarme ser, me hizo libre.

“Estudia, mi hija”, me decía siempre. “Somos tan pobres que eso es lo único que te puedo dejar. Recuerda que un libro pesa menos que un muchacho”.
Sus palabras fueron mi primer manifiesto político. Su vida, mi primer ejemplo de dignidad.

Y a todas las madres kilomberas, gracias. Sé que, como la mía, nos abrieron la vida al abrirnos una puerta. Nos dieron alas, aunque ellas mismas quizás nunca volaron. Nos sostuvieron para que hoy podamos sostener a otras.