Un enero eterno

Un enero que duró para siempre, no por la falta de dinero —bueno, también— sino porque desde los primeros días de este 2026 las noticias, especialmente las provenientes de Estados Unidos, nos han negado el descanso. Cada vez que cerrábamos los ojos nos llegaba un nuevo titular, a menudo más catastrófico y alarmante que el anterior.

En ese sentido, para quienes miramos el mundo desde la experiencia migrante, este goteo constante de información ha sido una fuente de profunda intranquilidad.

Iniciamos el año con la intervención estadounidense en Venezuela, un evento que en Chile desató polémica con una crítica necesaria al intervencionismo, y también con la demostración de xenofobia y antivenezolanismo desde diversos sectores incluyendo a la izquierda, cada vez más alejada de la causa migrante y más cerca del nacionalismo reaccionario. Luego vinieron las amenazas de anexar Groenlandia, las tensiones con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la creación de la polémica «Junta de Paz» (BoP) para Gaza y, de forma especialmente visceral, las redadas del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE).

El impacto de esas redadas, que ya suman diez muertes incluyendo la de dos ciudadanos blanco estadounidenses y una persona con discapacidad, han llenado nuestras redes sociales con imágenes de las protestas en Minneapolis, la represión policial y el ejemplo de una sociedad civil organizada en pro de defender a sus vecinos.

Además, entre todas estas noticias el 27 de enero ocurrió un ejemplo claro del nivel de persecución que están viviendo las comunidades migrantes allá: el intento del ICE de ingresar al consulado de Ecuador en Minneapolis. Esta vulneración de un principio diplomático básico —la inviolabilidad consular señalada en la Convención de Viena sobre relaciones consulares (1963)— nos mostró lo frágiles que son las relaciones diplomáticas incluso entre gobiernos alineados exponiendo a todos a la volatilidad de la política más agresiva.

Para las comunidades migrantes que históricamente han mirado hacia el sueño americano, estas no son simples noticias. Para muchos mexicanos, colombianos, venezolanos, peruanos y ecuatorianos —y también chilenos —, éstas representan un estrés constante. Hablamos de familias que han migrado a la jaula de oro y luchado por sus papeles, de amigos que podrían ser deportados, de la ansiedad de no saber si un

ser querido será el próximo en una redada. Es un miedo que sólo se entiende en comunidades transnacionales cuyos corazones y preocupaciones viven en dos o más territorios a la vez.

De esa angustia compartida se acrecentó el temor al futuro cercano – por no decir el próximo 11 de marzo- : el miedo a que en Chile pase lo mismo.

El fantasma de un «ICE chileno» ya ronda como un plan que no sabemos si será cierto o no. El plan de Escudo Fronterizo del próximo presidente de Chile, José Antonio Kast, ha sido señalado por organizaciones migrantes y de derechos humanos como un calco peligroso de las políticas trumpistas. Al revisarlo, los símiles son evidentes: la promesa de muros, zanjas y despliegue militar permanente; la creación de centros de internación y expulsión expedita; las sanciones a empleadores, arrendadores y a cualquier ONG que «entorpezca» las expulsiones.

También podemos ver los símiles en la tendencia que votó y dio victoria a ambos en ese entonces candidatos. Hablo de la retórica de «aquí mandamos nosotros» que se comparte entre políticos y ciudadanía. Más allá de su implementación literal, el plan legitima un deseo profundo en parte de la sociedad chilena: expulsar, sin matices, a quienes considera «ilegales».

Por ello, los peligros del plan de Kast son concretos. No se trata solo del miedo a una deportación masiva o a redadas espectaculares como lo que vemos en Estados Unidos, sino de la institucionalización de la hostilidad.

Una hostilidad que se nutre de un racismo y xenofobia social alimentando la creación de instituciones dedicadas a la (in)seguridad pública, e incluso del deseo de algunos migrantes que, en sus palabras, “lo hicieron bien y por las buenas”, de castigar a quien no pudo hacerlo.

¡Vaya! Si hablamos de castigo, de por sí quienes están en trámite o en situación de irregularidad ya viven la realidad de la obstrucción administrativa en el acceso a salud, vivienda, educación o trabajo digno. Ahora, la esperanza de una regularización extraordinaria se ha diluido con el tiempo, y ejemplos positivos, como el reciente anuncio regularización en España, se ven cada vez más lejanos en nuestro contexto.

Este enero eterno nos ha enseñado una lección cruda: la violencia de estado contra migrantes no es un problema distante. Lo que ocurre en Mineápolis y otras ciudades de Estados Unidos resuena con fuerza en las conversaciones y los temores de las comunidades en Chile. El miedo a que exista un ICE va de la mano con el temor a que sea la misma ciudadanía, inspirada de un nacionalismo excluyente, la que pida a gritos el alambre de púa y avale expulsiones sin garantías.

En estos tiempos que buscan separarnos entre “migrantes buenos y malos”, nos corresponde transformar esa lógica de creación del enemigo. La tarea es construir, celebrar las buenas noticias, apoyar a las organizaciones migrantes radicadas en Chile y, sobre todo, fomentar una vida comunitaria donde todas las personas se reconozcan como pares y dignas de ser tratadas como humanas.

En un tiempo donde nos enseñan a salvarnos solos, la solidaridad, el apoyo mutuo y la cooperación deben ser nuestra alternativa.

 

 

Fuentes:

Convencion de Viena sobre Relaciones Consulares

https://kast.cl/wp-content/uploads/2025/09/PLAN-ESCUDO-FRONTERIZO_compressed

-1.pdf

Tensiones en la OTAN por Groenlandia – La Tercera Minneapolis: tercer tiroteo de ICE en enero deja otro muerto

El ataque de Trump a Venezuela es ilegal e imprudente – The New York Times

Trump’s ‘Board of Peace’ puts rights abusers in charge of global order | Benjamin Netanyahu | Al Jazeera

Protestas e indignación en EE.UU. tras la muerte de un manifestante en Mineápolis a manos de agentes migratorios – BBC News Mundo