Vidas de frontera: Superando Imaginarios

La xenofobia y la aporofobia, entendidas como el rechazo a personas de escasos recursos, se multiplicaron de la mano con la migración venezolana y la actual crisis sanitaria. En Lago Agrio, zona de frontera con Colombia y capital de la Amazonía ecuatoriana, Fundación Redes con Rostro teje alianzas con otras organizaciones de la sociedad civil para dar vida a un proyecto que supone un giro en la forma en que abordamos los derechos y necesidades de las personas en situación de movilidad.  

“Sobre el manto de la noche está la Luna chispeando… Sobre el manto de la noche está la Luna chispeando. (…) Mi padre siendo tan pobre dejó una herencia fastuosa. (…) Samba landó, samba landó… ¿Qué tienes tú que no tenga yo? (…) La gente dice qué pena que tenga la piel oscura… Como si fuera basura que se arroja al pavimento… No saben que el descontento entre mi raza madura”. En la pantalla, alrededor de 20 chicos veían cómo Santi Recalde vociferaba emocionado la canción de Inti-Illimani Samba Landó, en un taller virtual donde los invitaba a encontrar o crear canciones y poemas que expresaran, desde diversos puntos de vista, lo que significa migrar.

Ese encuentro se realizó el 28 de mayo de 2020, cuando Ecuador llevaba más de dos meses en estado de emergencia por el Covid-19, y tuvo por objetivo reflexionar en torno a problemas como la xenofobia y la aporofobia con un grupo de chicos y chicas beneficiarias de FUNDER (institución educativa del Fondo Ecuatoriano Populorum Progressio ?FEPP?). En el taller, Monserrate Gómez y Santiago Recalde, cofundadores de Redes con Rostro y moderadores de la actividad, instaron a los participantes a sumarse a la campaña Somos Uno Somos Todos: #ApoyoSinFobia que recientemente había lanzado su fundación. “Samba landó, samba landó, ¿qué tienes tú que no tenga yo?”.    

El mensaje surtió efecto. Al cabo de unas semanas, uno de los participantes del taller, A.H. (identidad protegida), comunicó a la fundación la buena noticia de que, con su hermano y un primo, todos venezolanos con distintas situaciones migratorias en Lago Agrio, habían compuesto una canción. Esta creación musical, titulada Iguales (recuadro 1), pasó a convertirse en el himno de la campaña y tendrá su video oficial en noviembre de este año.

Canción Iguales (fragmento) 

Yo soy de allá, tú eres de aquí.
Yo soy de aquí, tú eres de allá.
No importa nuestra nacionalidad,
rompamos fronteras con hermandad. Yo soy de aquí, tú eres de allá,
aunque soy de allá y tú eres de aquí,
te ofrezco mi amistad y mi raíz.
Construyamos un mejor país.
Nací en suelo llano,
pero como me gusta
y me encanta cantar un vallenato,
si se prende una fiesta, un pasillo,
vamos a bailar.
Tu cultura y la mía
siempre se van a abrazar.
Somos seres humanos,
mortales terrenales,
aparentemente distintos,
profundamente iguales.

Paradojas  

Sucumbíos es una mucho más que verde y húmeda provincia en el norte de Ecuador. Colinda con el Departamento de Putumayo, sur de Colombia, una zona históricamente azotada por conflictos armados, y con otras cinco provincias de la Amazonía y Sierra ecuatorianas. Es una franja de territorio reconocida por su biodiversidad, única en el mundo, y –paradójicamente– por la industria del petróleo, a la cual debe su nombre su capital: Lago Agrio. En 1969, Texaco inició la explotación del oro negro y eso atrajo a miles de colonos inmigrantes del sur del país. En ese tiempo nadie imaginó que la migración podía suponer un problema.  

En medio siglo, como consecuencia de la progresiva llegada de desplazados colombianos, y más recientemente por el masivo éxodo venezolano, Lago Agrio se convirtió en la ciudad de mayor crecimiento poblacional del Ecuador y en una de las más multiculturales. Se estima que uno de cada 10 habitantes de Lago Agrio son personas en situación de movilidad, y que al menos el 20% de su población es colombiana. Además, según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, un 6% de los pobladores de Sucumbíos son afroecuatorianos, mientras que un 13% se autoidentifica como indígena, habiendo comunidades numerosas, como la Siekopai, que contra todo aún mantienen vivas sus prácticas ancestrales.       

No deja de sorprender que en la capital petrolera de un país pequeño como Ecuador, poseedora de uno de los mayores PIB per cápita de la economía nacional (de acuerdo a datos del Banco Central del año 2017), un tercio de los habitantes viva en condición de pobreza. Pero sucede. También sucede que, durante la última década y muy a pesar de la historia de cómo se pobló y evolucionó demográficamente la ciudad, los discursos y actos de odio de la comunidad local hacia la comunidad extranjera se han intensificado a partir del crecimiento exponencial de esta última. En otras palabras, la migración y los migrantes pasaron a ser percibidos como un problema. Algo impensado en el país que acoge al mayor número de refugiados en toda la región: 69.897 personas, según datos del Ministerio de Relaciones Exteriores y Movilidad Humana actualizados a septiembre de 2020

Verónica Rodríguez, coordinadora y responsable del Área de Incidencia de Misión Scalabriniana en Sucumbíos, cree que la forma en que se ha dado la migración venezolana podría explicar los actuales brotes de discriminación y discursos xenófobos. Mientras la migración colombiana fue “por goteo”, la entrada de migrantes venezolanos ha sido explosiva y ha estado cargada de mitos que refuerzan determinados actores políticos y medios de comunicación: “El mito de que son personas peligrosas, que fueron entrenadas por el gobierno venezolano, o que son bandas que se dedican a delinquir”. Más allá de esto, Rodríguez asegura que el problema de fondo es la inexistencia de datos oficiales en torno a las comunidades extranjeras: “Es impresionante el nivel de invisibilización que hay. Tú no sabes exactamente cuántas familias migrantes están viviendo en el cantón y peor en la provincia. Los únicos registros son los de Cancillería”. Esta falta de información repercute en la ausencia de políticas públicas que efectivamente puedan garantizar los derechos y el acceso a servicios básicos de las personas migrantes, refugiadas y en situación de movilidad (en adelante, MRM).

En junio de 2019, después de tener oportunidad de trabajar en territorio y hacer su propio diagnóstico del tema (recuadro 2), Fundación Redes con Rostro (RCR) puso en marcha Vidas de Frontera, el proyecto con el que está dando una lucha frontal y holística contra la discriminación, la xenofobia y la aporofobia que sufren las personas MRM en la provincia de Sucumbíos. El proyecto se estructura a partir de tres grandes ejes de acción que interactúan y retroalimentan entre sí: el fortalecimiento de alianzas y redes de protección con otras organizaciones vinculadas a migración, refugio y movilidad humana; la realización de talleres participativos y activaciones comunitarias, y la creación de productos y campañas comunicacionales que buscan provocar un cambio cultural respecto al cómo vemos y acogemos a los hermanos extranjeros.

Según una nueva encuesta realizada en junio de este año por el equipo de Redes con Rostro a un colectivo de 170 miembros de familias venezolanas en situación de movilidad en la Provincia de Sucumbíos: el 91% de ellos(as) se concentra en la capital, Lago Agrio; el 76% se encuentra en edad económicamente activa; el 54% terminó la secundaria y el 75% ganaba menos de 200 dólares antes de que empezara la pandemia. Al momento de responder la encuesta, el 92% no tenía trabajo.

El rechazo al pobre    

Algo que diferencia a Vidas de Frontera, y más particularmente a su campaña Somos Uno Somos Todos, de otros proyectos que buscan combatir la discriminación y la vulneración de derechos de personas MRM tanto en Ecuador como en otros países de la región, es el hecho de apuntalar el concepto de aporofobia por sobre el de xenofobia. Este nuevo término, construido con dos vocablos del latín, fue acuñado por la filósofa española Adela Cortina con el fin de describir y explicar el temor o rechazo hacia personas de escasos recursos.

En su libro Aporofobia, el rechazo al pobre (2017), Cortina escribe: “Realmente no se puede llamar xenofilia al sentimiento que despiertan los refugiados políticos y los inmigrantes pobres en ninguno de los países. (…) Pero tampoco es un sentimiento de xenofobia, porque lo que produce rechazo y aversión no es que vengan de fuera, que sean de otra raza o etnia. No molesta el extranjero por el hecho de serlo. Molesta, eso sí, que sean pobres, que vengan a complicar la vida a los que, mal que bien, nos vamos defendiendo; que no traigan, al parecer, recursos, sino problemas. (…) No se odia al extranjero que compra un piso de medio millón, sino al que no tiene recursos y cruza el estrecho para escapar de la guerra y poder sobrevivir”.    

Para Santi Recalde (RCR), “dejar de discriminar es un reto a la democracia; empezar a vernos desde la diversidad, desde el respeto al que es distinto”. Para él, el neologismo popularizado por Cortina tiene la capacidad de explicar el verdadero origen de la discriminación contra personas MRM, al menos en el contexto de Latinoamérica, Ecuador y su frontera norte: “Nosotros vimos que la discriminación iba más allá y que no respondía al origen o nacionalidad de las personas, sino a su situación socioeconómica. Cuando llega un inversionista venezolano, o un deportista extranjero fichado para jugar en algún equipo, es recibido como un ejemplo, pero si es un hombre o una mujer venezolana que cruza sin nada en los bolsillos, es discriminado, ¿por qué? Entonces ya no es xenofobia, es aporofobia”. Según Recalde, la erradicación de este tipo específico de discriminación demanda cambios estructurales que permitan superar gradualmente la pobreza, la exclusión y la inequidad, y simultáneamente exige la erradicación de los mitos y estereotipos que pesan sobre las personas MRM y de baja condición económica: “Para nosotros, los cambios estructurales arrancan con cambios en el imaginario cultural. Y te menciono como ejemplo el hábito de referirnos a personas según estereotipos. La aporofobia, la xenofobia y la discriminación son hijos no reconocidos de un racismo que tiende a folclorizar las diferencias para que sean tratadas con ternura, algo muy peligroso y dañino”.    

Sobre los mitos y estereotipos que se construyen en torno al migrante de escasos recursos, ese que normalmente viene huyendo de la muerte o la miseria y que con todo en contra busca mejorar sus condiciones de vida, es interesante revisar otro concepto que ha tomado fuerza en el mundo académico durante la última década: crimigración (en inglés, crimmigration). Éste fue acuñado por la criminóloga estadounidense Juliet Stumpf y hace referencia a las políticas y estrategias de criminalización que algunos países han adoptado con el fin de contener o expulsar los flujos migratorios.

Para Daniel Quinteros, investigador del Núcleo de Estudios Criminológicos de la Frontera (Universidad Arturo Prat, Chile), el endurecimiento de las políticas migratorias “va aparejado al aumento en la intensidad de los flujos. En el norte global, los flujos de movilidad humana se reactivan fuertemente durante la década de los 90 y el 2000, y es justamente a partir de ahí cuando comienzan a imponerse restricciones más fuertes, las que luego serían importadas en diferentes países de Sudamérica para contener y regular los flujos, particularmente de movilidad intrarregional, que vienen en aumento desde hace unos 20 años”.

En la práctica, la crimigración se traduce en una paulatina securitización de las fronteras y en el aumento sostenido de las expulsiones, los rechazos de ingresos y las denegaciones de refugios, entre otras acciones que muchas veces se ejecutan vulnerando derechos y garantías mínimas. Quinteros explica que toda estrategia política requiere legitimidad, por ello, “una política crimigratoria necesita construir un discurso legitimador, el que se ha centrado en la figura del extranjero pobre y delincuente, sobre quien pesan buena parte de los malestares sociales de nuestra era”. De ahí que aún podamos ver a numerosos actores de la industria mediática difundiendo crónicas rojas por cientos, narconovelas, diatribas nacionalistas y un largo etcétera de contenidos que estereotipan a las personas MRM e instalan en la opinión pública una sensación de miedo o amenaza que corre el riesgo de naturalizarse.          

#ApoyoSinFobia

En mayo de 2020, cuando en Ecuador se cumplían 60 días de aislamiento por el Covid-19 y la Defensoría del Pueblo alertaba sobre el aumento de los delitos de odio contra la población extranjera en situación de vulnerabilidad, RCR lanzó su campaña Somos Uno Somos Todos: #ApoyoSinFobia, en un intento por sensibilizar a la ciudadanía ecuatoriana en torno al concepto de aporofobia. Al poco andar se unieron ACNUR Ecuador, HIAS Ecuador y FUNDER-FEPP como colaboradores oficiales.    

En el marco de esta campaña, que forma parte de Vidas de Frontera y que hasta septiembre de 2021 se extenderá a toda la frontera norte y sur del Ecuador, se han realizado una serie de actividades que potencian la idea de que las personas MRM no son un problema, como pretenden hacernos creer algunos sectores minoritarios, sino sujetos que desde su propio trabajo e iniciativa aportan al desarrollo de las comunidades en que se insertan. Ante las restricciones de movilidad y reunión que impuso la emergencia sanitaria, estas actividades se han ido plasmando en redes sociales por medio de artes y afiches informativos, conversatorios online y microhistorias. Además, para noviembre de este año se prevé lanzar el video musical Iguales.

“Esta campaña (Somos Uno Somos Todos: #ApoyoSinFobia) va buscando las raíces de la discriminación y resalta el hecho de que la aporofobia está ligada a la idea que tiene la mayoría de la gente sobre las personas refugiadas: que viven únicamente de la asistencia, que necesitan ayuda y nunca aportan”, dice Camilla Riva, oficial de terreno de ACNUR en Lago Agrio, organización aliada. “Nosotros no nos limitamos a un mero apoyo humanitario, nuestro trabajo consiste en ayudar a los refugiados a progresar, y no solo a sobrevivir, y por eso nos focalizamos en fomentar la autosuficiencia de una forma que también beneficie a las comunidades de acogida. Somos conscientes de que para lograr este resultado es clave sumar esfuerzos”.

Además de la activación y consolidación de redes interinstitucionales, otra de las claves de la campaña, y del proyecto Vidas de Frontera en general, es el no revictimizar a las personas MRM, para lo cual se busca potenciar constantemente sus propias voces y conocimientos. “Lo que podemos hacer es escuchar, observar, percibir y coparticipar con ellos para poder encontrar un camino conjunto a partir de su realidad. (…) Queremos entender a las personas desde su contexto, comprendiendo que su caminar es un proceso, no algo fijo o estático, y siempre pensando en sus posibilidades de empoderamiento y reagenciamiento”, dice Monse Gómez (RCR), quien también lidera el proyecto.

Estos principios se materializan en los talleres que la fundación realiza, aún en el contexto digital que impone el virus, con distintos grupos de extranjeros y comunidades de acogida en Sucumbíos, con el fin de fortalecer las capacidades organizacionales e iniciativas sociales y económicas de los mismos beneficiarios. En esa línea, RCR y un numeroso grupo de organizaciones públicas y de la sociedad civil se han vinculado en mesas de trabajo que ya han dado sus primeros frutos: previo a la pandemia, en diciembre de 2019, se celebró la 1° Feria del Activismo de Lago Agrio, con un marcado enfoque inclusivo y de género, en la que 33 personas, venezolanos y colombianos de escasos recursos, mostraron sus emprendimientos productivos a la comunidad local. Durante la pandemia, la Mesa de Medios de Vida no ha dejado de reunirse para monitorear y analizar la situación de las personas MRM en la provincia, dando impulso a acciones que buscan atender las necesidades urgentes ?y crecientes? de esta población vulnerable. Un ejemplo fue la creación de canastas inclusivas con las que se apoyó a pequeños proveedores locales y a emprendedores en situación de movilidad a través de la entrega a domicilio de sus productos.

Vidas de Frontera es la suma de esfuerzos entre organizaciones. Se plantea como una propuesta que, desde distintas voces, se va estructurando por sí sola y eso se debe a la capacidad de adaptación característica de la dinámica del proyecto: un organismo compuesto por varias piezas y tejidos que generan sinergia”, comenta Gómez (RCR). No por nada, varios de los mismos migrantes y colectivos que participaron en los talleres se convirtieron en los protagonistas de una serie de microdocumentales en los que narran, en primera persona, sus vidas de frontera.   

Líderes solidarios  

Uno de esos colectivos es Líderes Solidarios, cuya historia se relata en el quinto y penúltimo microdocumental de la serie Vidas de Frontera. El video gira en torno a la visita que este grupo de chicos, nacido del programa Jóvenes Constructores de FEPP, hizo a la Unidad Educativa del Milenio Dr. Camilo Gallegos de Lago Agrio, para impartir charlas acerca de la discriminación que sufren los adolescentes y alumnos de otras nacionalidades. Un taller de Redes con Rostro sobre el mismo tema fue el punto de partida.

“De ahí salieron varias historias porque, aunque no parezca, muchos somos hijos de migrantes y no todos son conscientes de que la discriminación es como la lluvia: varias gotas que van mojando a la persona. Así son los comentarios dañinos, van afectando poco a poco”, dice Flor Montiel, lideresa del colectivo con el que planeaba ir a más escuelas cuando el Covid-19 y el estado de emergencia dijeron otra cosa. Muchos de los líderes solidarios tienen dificultades para acceder a Internet y las clases presenciales están suspendidas hasta próximo aviso. Flor estaba en la universidad y tuvo que “darse de baja”. Hoy está emprendiendo con su negocio de blusas. En lo que respecta a la canción Iguales, esta fue compuesta por J.H., primo del chico venezolano que asistió al taller del 28 de mayo (A.H.). Ellos dos, junto al hermano de este último, M.H., grabaron su creación en formato audio y la pusieron a disposición de la campaña #ApoyoSinFobia. No podemos revelar sus identidades, A.H. es refugiado y la exposición pública podría ponerlo en riesgo. Pero sí podemos decir que sus voces irradian esperanza. Somos ellos, somos Flor Montiel, somos uno, somos todos.

        

        

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