Abordajes en torno a la migración: la escucha ética del malestar

El pasado domingo 14 de diciembre trajo consigo la confirmación de una cruda realidad respecto a las aspiraciones de una significativa mayoría de los ciudadanos de Chile. Se elige conscientemente una forma de gubernamentalidad marcada por violencias simbólicas y estructurales que prometen arrasar con varias conquistas logradas mediante la articulación de los movimientos sociales y su trabajo de disputa e incidencia, reflejado en políticas públicas, instituciones, normativas y transformaciones que abrían las posibilidades –restrictas por la medida de lo posible– a emparejar una cancha que, desde sus inicios ha estado marcada por cuencas, montañas, valles y abismos.

El lunes que procedió aquel frío domingo, hablaba con un colega, en un intento mutuo de procesar en conjunto el ominoso devenir que divisamos en el horizonte, pensando desde nuestra humana tristeza, pero mediante el refugio de la reflexión política que suele caracterizar a aquellos que nos hemos (de)formado a través de las ciencias sociales. Mi colega dijo algo que me pareció notable de mencionar; el horror de la dictadura, sin duda inconmensurable, y aún vigente en el tejido social contemporáneo, usualmente es postulado como si fuese un hito que divide radicalmente una existencia republicana más civilizada, de una dictadura bárbara que intenta arrasar con los ideales de las personas que apuestan por lo justo y lo colectivo. Sin embargo, puntualiza con mucha razón que Chile ha estado marcado por la violencia impositiva desde su cuna, es decir, desde la constitución de los imaginarios y directrices políticas que subyacen la construcción del estado-nación chileno.

Un proceso ampliamente documentado, aunque invisibilizado por razones que pueden deducirse, es la «chilenización» de esta angosta y larga franja de territorio. Para las personas que no lo sepan, la chilenización se refiere a un proceso de homogeneización racial, étnica y cultural, que se ejerce mediante el asesinato, el destierro, la segregación y la colonización de las personas racializadas que habitaron Chile. Se censuran expresiones culturales de los pueblos originarios, se modifican apellidos y se castiga el uso de lenguas maternas distintas al castellano. Esto sucede en paralelo con la edificación de un mundo de ideas que plantea a Chile como un pedazo de Europa en América Latina. Se sirven de las dicotomías prevalentes del proceso de colonización-modernización para hacer de todo lo distinto, algo radicalmente inferior, perverso y primitivo. Esto trastoca los anhelos más íntimos de los seres humanos, quienes aprenden que el sinónimo de humanidad es la blanquitud eurocéntrica, tal como explica genialmente Frantz Fanon el «Piel Negra, Máscaras Blancas». Con esto, quiero enfatizar que el proceso de chilenización no se lleva a cabo «solamente» con la implacable violencia física y material perpetrada por el Estado, sino que también se complementa con aspectos simbólicos, morales y estéticos que terminan por intervenir en los más íntimos rincones del alma de sus súbditos. Este tipo de imposición avasalla también las pulsiones y afectos de los sujetos a los que se dirige.

La homogenización racial fue tan efectiva que hasta hoy es difícil hablar de raza y racismo en Chile, y muchas de las personas viven en un limbo donde no logran posicionarse respecto a los procesos de racialización que se viven en el país. Muchos creen ser más blancos que el resto de América Latina, y escudriñan en sus árboles genealógicos por un vestigio de España, Alemania, Francia, en fin, un rincón de Europa en sus cuerpos mestizos. Esto es crucial para comprender el fenómeno de la xenofobia en Chile, que no es solo rechazo a un ser que es de cualquier nación distinta, sino que, de una nación marrón-negra. El polémico mensaje que llega en el día de la votación mediante las comunicaciones de Lipigás hace énfasis en que son los caribeños los más indeseables en esta nación pura y blanca, o mejor dicho «weiße Nation».

Abdelmalek Sayad propone, en su teorización sobre la experiencia migrante y su doble ausencia, que una de las cosas que provee la xenofobia es una distancia psíquica y relacional que permite a los nacionales no tener genuinos encuentros con el otro-extranjero, puesto que dicho encuentro tiene la potencialidad de develar la similitud entre ellos. En este sentido, un buen manojo de psicoanalistas piensa que aquello contenido en el no-Yo, tan fundamental para la construcción de la identidad como aquello que decimos ser, son aspectos que no nos son del todo ajeno, pero que nos son insoportables. La fractura de esta idea de pureza europea es crítica, interpela demasiado, y echa abajo unos varios pilares que parecen ser cruciales para no despedazar la psique de los varios meritócratas neoliberales que anhelan ferozmente un mandato de nacionalismo, exclusión, destrucción e individualismo.

En este sentido, lo que sucedió el domingo es la consumación de un largo proceso, que es tan antiguo como la nación misma, e incluso más. Es tan antigua como la invención de la raza, el eurocentrismo, y el colonialismo capitalista que está colmado de contradicciones en su presunta búsqueda humanitaria de salvar a los salvajes de sí mismos, aunque para esto deba usar las tácticas más viles y deshumanas. Algo bastante doloroso es que, los modos del pinochetismo no retornan en un golpe a la democracia, sino que se ruegan a gritos por una significativa proporción de la población, que obvian la agresividad y el poco sustento lógico y factible que tienen estas propuestas que prometen arreglarlo todo para los verdaderos patriotas, la gente de bien.

Por supuesto, esto no sucede de forma absolutamente espontánea, ya que existe una poderosa maquinaria discursiva que acompaña el fortalecimiento del anhelo del totalitarismo. Observamos medios de comunicación oligárquicos y sesgados, noticias tendenciosas, afirmaciones fácilmente desmentidas con un poco de evidencia, y la alimentación de un sentimiento generalizado de pavor que no se condice con las estadísticas de criminalidad realmente vividas en el país. Redes sociales alineadas con unos cuantos billonarios que lo sacrificarían todo por romper nuevos records Forbes, y una tecnología de punta para manipular y favorecer ciertos candidatos mediante la cuidadosa elaboración de cámaras de eco que sólo proveen más de lo mismo todo el tiempo, como la infame Cambridge Analytica.

Aquellas contradicciones y falibilidades propias del capitalismo tardío son adjudicadas al chivo expiatorio de vez, que hoy se encarna, por ejemplo, en personas migrantes del sur global, que a su vez componen una parte significativa de la mano de obra más barata y precarizada que ergue los grandes imperios neoliberales. Se despliegan una serie de estrategias que buscan eliminar la memoria histórica y la genealogía de cada uno de los ladrillos que componen este sistema tal como opera hoy, y ofrece un flamante culpable, cuya erradicación será la panacea que nos retornará a la grandeza del antier, cuya existencia no resiste mucho escrutinio. ¿Qué se extraña cuando se demanda «Make America Great Again»? ¿Grandiosa para quién?

Hace algunos meses, en este mismo medio, propuse que el asesinato de Yaidy Garnica Carvajalino marcaba un nuevo escalón en el umbral de aceptabilidad de la brutalización de las personas migrantes, que seguiría aumentando caso no lográsemos tener una serie de conversaciones realmente incomodas sobre la violencia producida por este mortífero coctel de ira, descontento, e intolerancia. Es necropolítica de tomo y lomo, cuya voracidad no da con un fin. Hoy son estos otros que son sacrificados por el bien mayor, pero el umbral de otredad en los totalitarismos es polimorfo y se expande a conveniencia de la clase dominante.

Existe un sadismo en ver como el otro se jode. Esto es verdadero para todas las partes, y se observa, por ejemplo, en la izquierda que, cuando pierde, usualmente recurre en intentar humillar, o argumentar que quienes han votado por lo opuesto son estúpidos y deberán «disfrutar lo votado». Dicha lógica solo fortalece la polarización, y hace flaco favor a la posibilidad de repensar propuestas que realmente favorezcan a las clases populares y progresistas, más allá de la venta de humo que actualmente captura los anhelos de más de la mitad de los chilenos.

Urge el fortalecimiento de la conciencia de clases, que da cuenta de la cercanía de las realidades de las clases trabajadoras más allá de la nacionalidad. Asimismo, es necesario acompañar sin tanto moralismo la fractura que eventualmente llegará, cuando algunas de las personas que hoy apuestan por la mano dura se vean golpeadas y aplastadas por esta misma. Suplico que esto no lo lean como un relativismo del fomento a la violencia, sino que, como un genuino apelo a la organización, y a la posibilidad de encontrarse con otras propuestas y formas, para así no exiliar a las personas que, por diversos motivos, caen en una retórica que justamente está hecha para seducir y capturar.

En relación a esto, uno de los motores de este escrito es una película que emerge como un primer paso hacia la escucha ética del malestar de las personas que habitan Chile, tanto desde el lugar de ser aquel inmigrante indeseado y antagonizado, como aquellas personas que, en su propia vivencia de precariedad y abandono, ven lo poco que tienen amenazado. Me refiero al documental «Si vas para Chile»[1], dirigido por Amilcar Infante y Sebastián González Méndez, y co-producida por Amilcar Films, Pejeperro Films, Someday Productions, que fue pre-estrenado en el SANFIC 21 en agosto del presente año. Tuve la oportunidad de ir a dicha instancia, gracias a la invitación del equipo de MIRADOC, quienes hacen una valiosa labor para distribuir documentales chilenos, fomentando la visibilización de una forma de cine muchas veces ignorada, y que posee gran potencia para proveer un punto de vista situado, histórico y político sobre las realidades que se viven en este país.

Volviendo al documental, este se sitúa en el año 2021, durante una época de álgidas manifestaciones contra la presencia de personas migrantes en el norte de Chile, que alcanza un nuevo ápice en la quema de carpas y pertenencias de algunos campamentos ubicados en Iquique. Sin embargo, algo que me parece extremadamente valioso de esta apuesta audiovisual es que emplea una narrativa coral que permite la escucha de distintas posturas y experiencias, sin nunca intentar homogenizar ni producir una contraposición maniqueísta y tendenciosa. Es una obra que se pone al servicio de las personas que habitan un territorio-momento situado, y que narran, de forma más o menos explícita, malestares singulares que emergen en un contexto compartido. Otro aspecto que me parece destacable es el uso del lenguaje visual para llevar a cabo una propuesta estético-poética que enfatiza lo bello y lo doliente de un territorio majestuoso, pero a su vez, marcado por el abandono y la precarización.

Una frase que se quedó conmigo es cuando uno de los entrevistados menciona que «[En Chile la riqueza está inequitativamente repartida, y que en la llegada masiva de migrantes] Nos toca repartir la pobreza». Esa enunciación, para mí, condensa esa desesperación voraz de la pobreza, que puede conducir a conductas de extrema violencia para salvaguardar aquello que se percibe amenazado. Personas precarizadas, abandonadas a su suerte, disputando algo que podría gestionarse de forma colectiva, principalmente a través de la desprivatización y el fortalecimiento del Estado, que lamentablemente es lo contrario de lo que estamos prestes a vivir. No obstante, no hay que olvidar la posibilidad de organizarse más allá del Estado, una práctica que no debe perderse, y que es parte de la história de resistencia chilena contra los totalitarismos.

Para conmemorar el Día Internacional del Migrante, este jueves 18 de diciembre, les invito a ver este documental en el Centro Arte Alameda, al cual aprovecho de agradecer por su incansable labor en exponer cine inédito y con sustancia a precios muy accesibles. «Si vas para Chile» será exhibido a las 18:45, de forma totalmente gratuita, y será complementado por un conversatorio con la presencia de sus realizadores. A las personas que no logren ir y están interesadas, este film debería estrenarse en selectas salas de cine a inicios de abril. Recomiendo que no se lo pierdan.

Para terminar, reitero que los procesos antirracistas y antifascistas no se fortalecen recurriendo al ostracismo de quienes han sido capturados por la retórica totalitaria, sino que, desde mi perspectiva, debe ser enfrentada con una escucha ética que permita discernir las particularidades del momento histórico y los malestares que alimentan el fortalecimiento de la ultraderecha. Lo político tiene un eje afectivo crucial, que usualmente es obturado por la sobre-racionalización de los fenómenos. Esto, lejos de inhibir el pensamiento, busca enfatizar los aspectos relacionales, deseantes y libidinales de los procesos sociopolíticos, para que podamos ingeniar una manera de hilvanar un tejido social que priorice la colectividad por sobre el individualismo incentivado por la lógica neoliberal. No hay respuestas fáciles, pero si estrategias con sentido, que deben devenir del diálogo, del conflicto, y del encuentro, acogiendo e intentando paliar el malestar que se observa en esta nación.