Cada año, el 8 de marzo convoca a miles de mujeres a marchar en las calles de Chile y de muchas otras partes del mundo. Las manifestaciones del movimiento feminista se ha masificado durante los últimos años, aún más luego de la Ola Feminista vivida en el 2018, permitiendo visibilizar desigualdades históricas, instalar demandas y hacer acto de memoria a los los derechos de las mujeres que han sido conquistados a través de la acción colectiva. Sin embargo, la fuerza simbólica del 8M también plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando una jornada de protesta comienza a ser absorbida por la lógica del espectáculo político o del ritual anual que el propio sistema puede tolerar?
La filósofa feminista Silvia Federici ofrece una clave importante para pensar este dilema. En «Calibán y la Bruja», Federici plantea que el capitalismo moderno se construyó a partir de una reorganización profunda del cuerpo y del trabajo de las mujeres. Durante la transición al capitalismo, sostiene, el trabajo reproductivo fue progresivamente naturalizado como una función femenina, invisibilizando su carácter económico y político. El cuerpo de las mujeres pasó a ser entendido como un recurso central para la reproducción de la fuerza de trabajo.
Si lo anterior se vincula a los postulados de Quijano, quién concibe el colonialismo como la implementación de una forma global de administrar el trabajo y sus frutos –llámese capitalismo– en función de una jerarquización social de la raza, obtenemos coordenadas que aún son lastimosamente muy vigentes para entender las dinámcias laborales en el mundo actual.
En el contexto de la conmemoración de la lucha por los derechos de las mujeres, y en vista de que hoy imperan discursos políticos insisten en situar la maternidad como destino social de las mujeres, y en concebir su cuerpo principalmente en función de su capacidad reproductiva, estamos frente a un paradigma conservador que ha sido funcional a determinados órdenes económicos y sociales.
En el Chile que comienza a transitar un nuevo ciclo político, con un gobierno que ha manifestado posiciones conservadoras respecto de los derechos reproductivos y del rol social de las mujeres, estas discusiones adquieren una relevancia particular. Pensar el cuerpo femenino como una máquina reproductiva no es una metáfora inocente. Tiene consecuencias concretas en la forma en que se diseñan las políticas públicas, en cómo se distribuyen las responsabilidades de cuidado y en quiénes cargan con el peso de sostener la vida cotidiana.
Además, estos procesos se manifiestan de manera profundamente desigual. Las mujeres migrantes, racializadas hy de sectores populares suelen enfrentar con mayor intensidad las consecuencias de estas políticas y discursos. La regulación del cuerpo femenino, como han mostrado múltiples estudios feministas interseccionales, rara vez afecta a todas las mujeres por igual.
En este contexto, la pregunta que emerge es si las formas actuales de movilización feminista son suficientes para enfrentar estos desafíos. La marcha del 8M es un gesto político que posee potencialidad, pero que en los últimos años ha perdido su caracter realmente disruptivo, bajo riesgo de convertirse en un evento predecible, fácilmente absorbido por el régimen neoliberal. Cuando la protesta se transforma en una fecha del calendario que el sistema puede anticipar, gestionar e incluso celebrar retóricamente, su potencial disruptivo comienza a diluirse.
Tal vez por eso resulta sugerente recuperar un concepto desarrollado por Gilles Deleuze y Félix Guattari en «Mil Mesetas», la idea de la «máquina de guerra». Para estos autores, una máquina de guerra no es necesariamente una estructura militar. Es una forma de organización que surge fuera de las instituciones establecidas y que tiene la capacidad de desbordar los marcos que el poder intenta imponer. Su fuerza no reside únicamente en la confrontación directa, sino en su capacidad de crear nuevas formas de acción, de relación y de organización.
Pensar el feminismo desde esta perspectiva invita a preguntarse si el movimiento puede seguir funcionando únicamente a través de grandes momentos de movilización o si necesita explorar estrategias más continuas, más impredecibles y más difíciles de capturar por la lógica institucional. La intención no es, necesariamente abandonar las marchas ni de restarles valor, aunque sí es importante enfatizar que el gobierno que se despide, hereda para la población una legislación que dificulta y reprime fuertemente las movilizaciones públicas, y que sin duda criminalizará con aún más fuerza a los que ya son vistos por el Estado como «peligrosos». Este escrito es sólo una de muchas invitaciones-advertencias sobre la importancia de la organización colectiva sostenida, ante la dificil situación que se avista en el horizonte.
Quizás el desafío del feminismo contemporáneo sea precisamente ese: pasar de la conmemoración a la construcción sostenida de redes, espacios y formas de organización capaces de disputar poder en la vida cotidiana. Si el capitalismo histórico necesitó transformar el cuerpo de las mujeres en un recurso reproductivo, como argumentaba Federici, entonces la respuesta feminista no puede limitarse a la visibilización simbólica de esa injusticia. Debe también abrir caminos para reorganizar la vida social de otra manera.
Esto es sin prejuicio de reconocer que día a día existen mujeres y colectividades reinventando la vida, sea en el cooperativismo de las labores reproductivas, las ollas comunes, las organizaciones barriales, los movimientos sindicales, la investigación académica con implicación ética y política, la educación popular, entre otras. Son múltiples las maneras de crear nuevos devenires posibles ante el autoritarismo.
En tiempos en que resurgen discursos conservadores sobre el lugar de las mujeres en la sociedad, el 8 de marzo puede ser algo más que una jornada de protesta. Puede ser un momento para recordar que las transformaciones profundas rara vez se producen en un solo gesto colectivo. Surgen, más bien, de la persistencia de movimientos que logran reinventar constantemente sus formas de acción.
La pregunta que queda abierta es si los feminismos estarán dispuestos a asumir ese desafío. Porque si algo ha mostrado la historia es que los sistemas de poder aprenden rápidamente a convivir con las protestas que pueden prever. Lo que les resulta mucho más difícil es enfrentarse a movimientos capaces de transformarse, de desbordar los marcos establecidos y de inventar nuevas formas de lucha.
