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¿La tele que nos merecemos?

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Recuerdo que en mi infancia, en plena dictadura, la televisión que teníamos era la que se nos permitía tener, sin libertad de expresión y con una amplia censura, que sólo dejaba espacio para exaltar las fantasmagóricas cualidades de un gobierno impuesto, que quería hacer creer al resto del mundo que vivíamos en un sueño de país, cuando la realidad distaba muchísimo de ello.

Con el tiempo y la lucha, llegaron las libertades. Por fin en televisión se podía “hablar”, decir lo que se pensaba sin temor. Sin embargo, con el paso de los años, éstas libertades se fueron malentendiendo y comenzaron a tomar un rumbo oscuro y superficial, terminando con una televisión que en vez de fomentar el espíritu crítico, nos lleva al olvido, al “no pensar”, y escudada bajo el lema de “televisión entretenida” nos hemos visto envueltos en lo que hoy conocemos como nuestra tv, una televisión plagada de programas de farándula, de cahuines varios, de entretenimiento bizarro, de matinales repetidos y de noticiarios que no informan. Me rehúso a creer que ésta sea la televisión que queremos.

No tengo ningún reparo en catalogar la oferta programática de la tv chilena como “telebasura”, porque para mí es lo que es, sobre todo cuando, para alcanzar más audiencia, se utilizan recursos tan ruines como la cosificación del cuerpo de las mujeres o el sensacionalismo puro y duro, entre otras muchas cosas.

No sé ustedes, pero me deprime ser testigo de cómo las mujeres en televisión necesitan un cuerpo para valerse –mientras menos ropa, más audiencia- . También estoy cansada del amarillismo del periodismo chileno, ese que intenta impactar al público por sobre todas las cosas, sin importar que para eso se utilice el dolor ajeno o se vulneren los derechos de las personas. Y todo por rating, porque gracias a estos elementos consiguen la atención de un público que parece estar dispuesto a ser “entretenido” con esta basura. Cuando esto funciona es porque algo anda muy mal en nuestra sociedad.

No hace mucho, tras el lamentable incendio de Valparaíso, fuimos testigos de la falta absoluta de criterio de varios medios de comunicación, que ante esta tragedia no tuvieron reparo alguno para mercantilizar el dolor de cientos de familias, vulnerar los derechos de decenas de niños y niñas, y de escoger con pinzas titulares macabros como si se tratase de una feria, en donde había que vender fuera como fuera.

En esta ocasión, muchos espectadores reaccionaron y no dudaron en censurar el espectáculo que se estaba haciendo con el sufrimiento de una ciudad. No tardaron las denuncias ante el Consejo Nacional de Televisión, ni los cientos de comentarios que circularon por las redes sociales que iban en la misma línea. Nadie daba crédito a lo que estaba sucediendo, pero ¿qué era lo diferente?, si una vez más la televisión hacía lo que por años viene haciendo, impactar.

¿Será que ésta vez habremos recuperado la capacidad de asombro?, ¿estaremos por fin desnaturalizando el modus operandis de nuestra televisión?, pues espero que sí, y me encantaría que en este “despertar crítico” exijamos a los medios un accionar ético, para no sólo acabar con el sensacionalismo, sino también con otras cosas, como por ejemplo, la explotación de la imagen que se hace de la mujer día tras día en las pantallas.

Quiero una televisión de verdad, que llegue a todo tipo de público, que sea de calidad, diversa, tolerante, con contenido, que informe. Quiero la televisión que nos merecemos, somos un pueblo inteligente, podemos exigir una tele mejor.

 

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Columnas

Psicóloga Educacional Infanto-Juvenil Universidad de Santiago de Chile. Máster en Intervención Psicosocial Universidad Autónoma de Barcelona

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